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UN1VER3ITY OF NO RTH r AP n, m 

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¡ BOOK CARD 

* Please keep this card ¡n 

book pocket 



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en £.' 





THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THB 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



F2235.3 
.M984 



This book is due at the LOUIS R. WILSON LIBRARY on the 
last date stamped under "Date Due." If not on hold it may be 
renewed by bringing it to the library. 


dÍÍ E ret 


DATE 

DUE '• 


































































































































... 

















Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/bolvarOOmuoz 










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BOLÍVAR 



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ERRATAS 



corríjanse las siguientes : 

Página 47 — línea 19 ;dicp entre por entra. 

a 48 — » 7 » como » con. 

n 95 — Las líneas 8, cj i 10 síistitúyanse asi: Doi es- 

puelas á mi bruto ; de nuevo me espera el 
veterano apuntándome, i cuando apenas disto 
de él doce ó quince varas, dispara, etc. 

>> 106 — linea 6 dice pueda por puede. 

a 10S —a 7 » sus a esas. 

a 122 — » 6 » nuestros » vuestros. 

» 129 — » 6 dígase contar i no referir. 



crrEíXjs ^diTjisroz te:b_a.:r, 



I 



BOLÍVAR 



VJSSSLr 



ILUSTRACIONES POR LUMET 






CARACAS 

tipografía americana 

(CASA EDITORIAL) 

1900 




ANFILOQUIOLJVEL, 

GOBERNADOR DEL DISTR^O FEDERAL, 
Hago saber! 

Que el ciudadano doctor Jesús Muñoz TPar, se na presentado ante mí recla- 
mando el derecho exclusivo para publicar i ynder una obra de su propiedad, cuyo 
título ha sido depositado en este Despach/ i es como sigue: "BülIVAR;" i que 
habiendo prestado el juramento requerido p/ la Lei sobre propiedad intelectual, le 
pongo en posesión del derecho que concedía mencionada Lei. 

Dada en el Palacio de Gobierno del ü/trito Federal, á nueve de enero de mil 
ochocientos noventa i nueve.— Año 8S 1 ? d/la Independencia i 40? de la Federación. 



[L. S.] 

Refrendada. 



El Se/etario de Gobierno, 



ANFILOQT'IO Level. 



J. I. A mal. 



I , 



¿j.¿psfosfrtfccfcgfctfr cfrcfcifrcfc tfccfc «&&&&& &&&&<& '*' &'£&&&&'£ ifctfccfclfcsfc tfocfcefr tfc .-p jitj-., rf-.tfc'fr"fr 




CASACOIMA 

Ef río Orinoco, uno de los más grandes del 
mundo, larga distancia antes de llegar rectamen- 
te al' mar, perdido el declive de su cauce, ya in- 
suficiente para el inmenso volumen de sus aguas, 



4 ETAPA PRIMERA 

lanza gran parte de ellas al norte por laberinto de canales 
tan enlazados entre sí, como aparecen, á la mitad de la tar- 
de, las sombras que proyecta deshojado ramaje sobre el cés- 
ped de la llanura. 

En el punto donde comienza á formarse el espléndido 
delta i á la boca de un caño nombrado Casacoima, que de- 
sagua sobre la margen derecha del dilatado río, mírase una flotilla 
de ligeras embarcaciones, cuales que esperan, cuales que lan- 
zan á tierra soldados con sus armas. 

A lo largo de ese caño, algo distante de su boca, se 
ve, que atisba, otro grupo de soldados, i frente á ellos, so- 
bre las aguas, cinco pequeñas embarcaciones que alistan su 
salida al Orinoco. Más adentro, pero á la margen opuesta 
de este mismo desagüe de la selva, á la sombra de espeso 
i alto bosque, platican descuidados, Bolívar, aclamado el Li- 
bertador, y los Jefes Arismendi, Soublette, Torres, Lara i 
Briceño-Méndez. De improviso sobre este grupo descarga sus 
armas la tropa desembarcada á orillas del gran río ; i Bo- 
lívar i sus compañeros se arrojan al agua i por el caño 
huyen, dispersándose en una dilatada expansión que forma 
allí magnífica laguna. 

Ignorantes los que atacan de quienes fueran los que hu- 
yen, no se ocupan en perseguirlos, i continúan su marcha 
hacia la boca del caño, donde á poco se oye un vigoroso 
tiroteo que sostienen las opuestas guerrillas i quienes tripu- 
lan los botes, i luego entran á él las embarcaciones que 
esperaban en el río el estrépito del combate para venir á 
decidirlo. Ante tan superiores fuerzas combinadas la débil 
escuadrilla que Bolívar i sus compañeros alistaban, se rinde 
i sale al punto prisionera á las aguas del inmenso Ori- 
noco. — 

Sobre la tierra que fecundando cruza el Casacoima, su- 
cede luego, á la algazara de la pelea, el pavoroso silencio 
que reina en los bosques vírgenes cuando los vientos reposan. 

Bolívar, solo, con sus vestidos mojados, sin saber fija- 
mente el lugar donde se halla, sale á una orilla i toma pen- 
sativo el primer estrecho sendero que se presenta á su vista. 
Allí mismo, al pie de corpulento i majestuoso árbol de la 
familia de los mirtos, que ofrece al hombre grandes semi- 
llas con el sabor de las almendras, divisa sorprendido, cua- 



bolívar 



drada tienda de campaña de ricas telas i vistosos recamos, 
i dentro, moviéndose, formas de mujeres vestidas á usanza 
de las antiguas griegas. 

— Qué puede ser ésto? se dice el Libertador, acercándo- 
se á la misteriosa tienda. — Si no estoi soñando estoi loco, 
prorrumpe, pasando por la frente su diestra. 

— Ni soñando, ni loco, le dice voz dulcísima de bella 
mujer que sale un paso fuera de la tienda. Entra en aquel 
pabellón, le agrega, señalando uno pequeño de listada i 
gruesa lona, que allí cerca exhibe su cónica silueta, i per- 
manece en él mientras la esfera de oro que en su centro 
hallarás montada gira cuatro veces sobre su eje. Durante ese 
tiempo quedarán secos tus vestidos i cesará la nerviosa agi- 
tación que te conmueve. Ven entonces aquí donde te espe- 
ramos. 

Bolívar, desconfiando de su propia existencia marcha si- 
lencioso al sitio que se le designa. Vuelto á la misteriosa 
tienda, tres arrogantes damas que le esperan sentadas, le brin- 
dan una silla frente á ellas en torno á una mesa de ópalo 
con pies de cincelado bronce que sostiene un jarrón i copas 
de oro. 

Es una de las damas de cabe- 
llos rubios i crespos, ceñidos por 
diadema de áurea lúnula engastada 
de preciosa pedrería ; ondulantes ri- 
zos caen sobre la tersa i sonrosada 
.frente : las cejas morenas i delga- 
das forman dos arcos sobre ojos 
grandes con iris de azul celeste : la 
nariz recta, delgada i pequeña : la 
boca de labios angostos i rojos, 
también pequeña : la faz graciosa- 
mente ovalada, cuello largo i ergui- 
do sobre hombros de suaves curvas : 
brazos robustos i bien torneados : manos delicadas con de- 
dos que van adelgazándose hacia sus extremidades : pecho 
turgente i delgada cintura : cuerpo alto i esbelto Su ves- 
tido es blanco como la nieve, oprimido con cinturón del co- 
lor de sus encantadores ojos. 




ETAPA PRIMERA 




Tiene la otra dama cabellos ne- 
gros i brillantes, que salen fuera 
en contorno del frigio gorro que 
cubre su cabeza : sus cejas i el iris 
de sus ojos, negros como su cabe- 
llera : la boca grande, pero bella, tez 
morena, también esbelta, i va ves- 
tida del color de sus labios i ce- 
ñida con dorado cinto. 

I^a tercera dama, de frente an- 
cha i de herniosa cabeza, ostenta 
la cabellera blanca dé una octoge- 
naria, i como diadema, en lámina 

de oro, el simbólico sol alado que ve- 
neró Egipto. Contrasta noblemente 
aquel signo de ancianidad con una fi- 
sonomía bella aunque severa, que 
tiene toda la frescura de la juven- 
tud. Su nariz i su boca son como 
las de las diosas griegas ; i sus 
ojos, garzos, expresivos i mui gran- 
des. Su vestido, del color del cie- 
lo con ceñidor blanco. 

l,as tres ninfas llevan como in- 
dispensable distintivo, cada una gran 
broche plano i circular colocado so- 
bre el vestido en el centro del pecho. El de la ninfa de los 
rubios cabellos deja ver sobre campo azul un disco de oro 
central que lanza rayos á todo su contorno : el de la que 
tiene negra cabellera, campo azul arriba que simula el cielo 
i verde abajo, que representa una llanura, i en esta, desnu- 
do i arrogante caballo galopando Es, sin duda, enigmático 
el disco de la ninfa de cana cabellera, porque no se descu- 
bre el sentido de lo que representa : sobre campo azul, que 
llena todo el círculo está inscrito un triángulo equilátero con 
un vértice hacia abajo, formado por tres líneas rojas : den- 
tro de este triángulo inscrito á él un trébol, también de lí- 
neas rojas, i en el centro del trébol que es necesariamente 
el centro del círculo, una estrella de cinco puntas, color 
de oro. 




bolívar 7 

— Os suplico, adorables ninfas, me digáis quienes sois 
para salir de la horrible confusión en que me encuentro, 
dice Bolívar, al ocupar el asiento que se le brindaba. No al- 
canzo á explicarme como podéis estar aquí en estos bosques 
vírgenes que ninguna planta humana ha hollado todavía. Si 
viviera en los tiempos del paganismo diría que erais diosas i 
os ofrecería mi adoración. 

7— Solo hai un Dios, dice la dama de la blanca cabe- 
llera : el Ser increado i eterno, autor de la materia i de la 
fuerza. Nosotros, como vosotros los hombres, somos también 
criaturas de Dios i habitamos la Tierra ; pero de naturaleza 
superior á la vuestra, poseemos cualidades que no podéis al- 
canzar ni comprender. Después de nacer, no moriremos sino 
cuando la humanidad desaparezca de la haz del mundo. Por 
un acto de nuestra voluntad nuestros cuerpos se hacen al 
instante visibles ó invisibles á los ojos humanos ; i tan poco 
densos, que podemos elevarnos como las águilas i movernos 
con más facilidad i con ma}'or rapidez que con sus alas la 
inquieta golondrina. Pero no te empeñes en saber más por 
ahora de nosotras sin que antes nos digas quién has sido i 
quién eres. 

Ocupa Bolívar el asiento que se le ofrece i habla de 
este modo. 




— Nací en la bella ciudad de Caracas, que regada por el 
murmurante Guaire, bordado de sauces, se reclina al pie de 



8 ETAPA PKIMERA 

magestuoso monte, en valle siempre fresco i verde, mui ele- 
vado sobre el nivel de las aguas del vecino mar. Hijo de 
padres ricos, visité alegre, cuando joven, las principales ciu- 
dades de la opulenta Europa. Feliz amante luego, Himeneo 
me bendijo, pero la Parca envidiosa dejó viuda mi alma cuan- 
do todavía tenían fragancia los nardos de la corona nupcial. 
Hoi soi caudillo de la independencia americana i me apellidan 
el Libertador. 

Un lustro hace que vengo presidiendo la formidable lu- 
cha que estas colonias de España han emprendido para lograr 
su soberanía. I ¿podré acaso fatigaros con la dolorosa re- 
lación de los sucesos ocurridos en mi patria en esos terri- 
bles años? 

— Prosigue que te oimos con interés, dice la ninfa de los 
rubios cabellos. 

— El quinto día del mes de Julio del undécimo año de 
este siglo, un Congreso insigne declaró desde la ínclita Ca- 
racas, á la faz de todas las naciones de la Tierra, que Ve- 
nezuela asumía su natural soberanía invistiéndose con todos 
los atributos i prerrogativas de nación independiente. Aquel 
día mi noble patria dejó de ser colonia sumisa de la remo- 
ta España. Culpa de España misma fue esta resolución de 
Venezuela, que tomaron casi simultáneamente, todas sus de- 
más colonias de América, porque, después de descubrirlas, sólo 
pensó en explotarlas. Sacrificó impía á todos sus aborígenes 
en aras de una codicia desenfrenada i torpe : las empobreció 
luego, arrendándolas á mercaderes corrompidos : las gobernó 
con magistrados ignorantes : las juzgó con jueces crueles i 
venales : les prohibió el comercio con las otras naciones de 
la Tierra ; i crió á sus nuevos hijos con el pan ázimo de la ig- 
norancia i con el amargo brebaje del servilismo. 

Al finalizar el pasado siglo, ya germinaba en el corazón 
de los venezolanos el airado sentimiento de la insurrección ; 
i para entonces hubiera dado en Venezuela su primera i te- 
rrible sacudida, si la trama revolucionaria no hubiera sido 
revelada al Gobierno de Caracas, i el ardid sujerido 
por un obispo, no hubiera puesto en manos del Gobernador, 
por propia delación, á casi todos los tímidos é incautos re- 
volucionarios, menos á los que huyeron del país. El proto- 
mártir de mi patria, que tenía el mismo nombre de la na- 



bolívar 9 

ción que nos oprime, huyó entonces á la vecina isla de Tri- 
nidad, i allí pudo salvarse ; pero frustrado por completo el 
patriótico propósito i atraído por el ardiente amor que tenía 
á su esposa, volvió luego oculto á su abandonado i lloroso 
hogar, 'i disfrazado, burló por algún tiempo la incansable 
vigilancia de las autoridades españolas ; mas, al fin, descu- 
bierto, fue ahorcado con ruidoso aparato en la pla¿a prin- 
cipal de Caracas para escarmiento de independientes. 

El calamitoso estado de España i de todas las naciones 
de Europa, señalaba entonces la hora de la redención ame- 
ricana. Perder aquella hora era exponerse á nuevos siglos 
de servidumbre. 

A Inglaterra, la poderosa nación de donde ha salido para el 
mundo tanta luz i tanta libertad, se ocurría con empeños i con- 
fiados en solicitud de auxilios para la independencia ameri- 
cana. Ella tenía que Cobrar vengativa á España los favores 
que ésta prodigó á los Estados Unidos. Miranda los pedía 
para Venezuela ; Nariño para la Nueva Granada ; Caro para 
el Perú. Yo mismo fui luego á implorarlos, i aunque sólo 
se lograron promesas, no era posible esperar ya más tiempo 
•i sobrevino la insurrección i el glorioso Cinco de Julio para 
Venezuela. 

Miranda, el famoso caraqueño que había combatido al 
lado del gran Washington, i dejaba célebre su nombre en 
toda Europa, como experto i valeroso general, fue nombrado 
,por el Congreso, Jefe del patriota ejército venezolano. 

Pero el infortunio presidió el nacimiento de la revolución 
americana en todas partes ; i era que no podía sin quebran- 
tos dolorosos pasarse violentamente de la noche i pesadum- 
bre de la colonia, al día i contento de la independencia. 
Lucha muy desigual había de trabarse entre la impericia de 
los republicanos i sus nobles ideales; i la felonía i ferocidad 
de los españoles. 

L,a naturaleza misma al principio de la brega pareció 
ponerse del lado de nuestros opresores Los Andes sacudie- 
ron convulsivamente su gigantesco lomo, como serpiente qué 
corre, i volcando en uíi^ instante nuestras ciudades, i enterran- 
do bajo sus muros vidas i riquezas innumerables, difundie- 
ron el espanto en el pueblo, i el pánico llenó de frío pavor 
el corazón de las multitudes. 



IO ETAPA PRIMERA 

Serie terrible de deslealtades i cobardías disminuyen hora 
por hora nuestras fuerzas i aumentan las del enemigo. Yo, 
que guardaba la importante fortaleza de Puerto Cabello, la 
pierdo porque mis compañeros me traicionan. 

El gran Miranda tiene que capitular tristemente ante el 
improvisado Monteverde ; i cargado de cadenas, se le lleva 
de calabozo en calabozo á morir solitario i miserable sobre 
áspero jergón en la Carraca de Cádiz. 

Por qué este grande hombre prefirió la humillación i el 
martirio á la muerte gloriosa del combate, es todavía para 
mí un misterio inexplicable. — ¿Pudo acaso tanto en su ánimo, 
educado i altanero, ver á la mayor parte de sus compatriotas 
irresolutos y desconfiados en la alta labor de la independen-, 
cia nacional? 

Fortuna fué para la causa americana que los españoles, ce- 
gados por sus triunfos, se enloquecieran con los furores de las 
venganzas, i que su espantosa crueldad hiciera quede nuevo se 
formase núcleo resuelto i pujante para la lucha. 

El gallardo Marino, los valerosos hermanos Bermúdez, el 
esforzado Piar, el instruido Ascúe i cuarenta patriotas más, al- 
zan de nuevo en el Oriente de Venezuela la bandera de la patria. 

Un monstruo humano (no quiero nombrarlo) llegó allí á 
encender más con sus crímenes el fuego sagrado que ardía en los 
nobles pechos republicanos. Para aquella fiera, que se decía de- 
fensora de los derechos de España, todo americano merecía el tor- 
mento i la muerte, sin que el sexo ni la ancianidad, ni la niñez 
detuvieran la saña de su alma : á muchos cortó las orejas ; á mu- 
chos desolló vivos. El tristísimo quejido de las víctimas lo de- 
leitaba. Con espantosa carcajada, propia de Satanás, veía los 
martirios de aquellos á quienes hacía quitar la piel de la plan- 
ta de los pies i obligaba luego á que caminasen sobre caliente 
arenal, ofreciéndoles por este dolor la vida, que siempre les qui- 
taba. 

— ¡ Cuánta ferocidad cabe en el corazón de los hombres ! ex- 
clama indignada la dama de los canos cabellos. 

— ¡ Horrible ! dicen á un tiempo sus dos bellas compañeras. 

Bolívar continúa : 

— El ejército patriota acampado en la heroica ciudad de Ma- 
turín, castigó allí en diversas ocasiones á los que enviaba España 



bolívar i i 

á combatirlos. ¡ Bendecida ciudad, ante cuyos muros mordió el 
polvo tantas veces el furioso enemigo ! 

^Mientras tanto yo en Nueva Granada servía con gran fortu- 
na la causa americana ; i gracias á ello i á mis fervientes súpli- 
cas, logré que el Congreso que fundaba los destinos de aquella 
patria hermana, me diese autoridad i auxilios para emprender 
campaña libertadora sobre mi amada Venezuela. 

Grandes patriotas me acompañaban : el constante é infatiga- 
ble Urdaneta, el arrojado Rivas, los valerosos D'Eluyar i Gi- 
raldot. 

El furor de la represalia hacía hervir mi sangre i la de todos 
mis compañeros. I ¿cómo soportar serenos tanta ferocidad ejer- 
cida por los españoles ? Quisimos hacer imposible para siempre 
la idea de una reconciliación entre nosotros. Mi decreto decla- 
rando que la guerra sería á muerte, definió ante el mundo entero 
la resolución de nuestros propósitos i el coraje con que íbamos á 
defenderlos. 

La victoria de Niquitao, en que el atrevido Rivas con su 
tropa de cuatrocientos indios merideños, bisónos en la guerra, 
combate durante todo un día con los ochocientos soldados de 
Martí, con encarnizamiento sin igual ; i luego, la victoria de Hor- 
cones, en que el mismo Rivas vence en un solo i rudo choque á 
Oberto i á su legión de mil combatientes, me abrieron el camino 
hasta San Carlos, donde reuní todo el ejército republicano, cons- 
tante de dos mil quinientos soldados briosos i entusiastas, que 
puse en marcha contra el ejército de Izquierdo, que me cerraba 
el paso á la ciudad de Valencia. 

Urdaneta mandaba la vanguardia, i después de atravesar las 
sabanas de Tinaquillo, divisó sobre las alturas que las limitan 
por el norte, tropas avanzadas del enemigo. Sin vacilar subió la 
cuesta, atacó las guerrillas, las dispersó i desde la cumbre vio al 
otro lado la hueste enemiga en línea de batalla. Envióme aviso 
de lo que observaba : apresuré la marcha de mis tropas, i cuan- 
do llegué con todas ellas á incorporármele, ya el temor dominaba 
á Izquierdo, que, cambiando su formación de batalla, emprendía 
marcha por columnas hacia Valencia. — ¿ Cómo obligarlo á com- 
batir? — Varias veces lanzé sobre él masas de caballería en la es- 



12 



ETAPA PRIMERA 



peranza de que aceptase la provocación ; pero no se logró dete- 
nerlo, ni desordenarlo. Nuestras cargas fueron rechazadas con 
habilidad i energía. Quedaba ya mui poco espacio de llanura 
donde nuestra caballería podía combatir con ventaja ; la enemiga 
tropa iba pronto á entrar en la fragosa sierra. Acercábase el sol 
á su, ocaso : la noche iba á imposibilitar nuestros movimientos: 
aquel ejército salvado era quizá la perdición del nuestro, obra de 
tantos sacrificios. ¡ Qué horrible desesperación conturbaba nues- 
tros ánimos en aquel angustioso momento ! 




Ocurrióseme entonces montar un in- 
fante á la grupa de cada caballo para des- 
montarlos, tan ordenadamente como 
fuera posible, frente al enemigo ; i apro- 
vechar el .: desorden que produjeran los 
inesperados fuegos sóbrela línea contra- 
ria, para que nuestra caballería diese una 
última i suprema carga, que la rompiese 
i pbligaseá combatir. Urdaneta, D'Elu- 
yar„, Fjgueredq i otros bravos oficiales 
iban en aquella legión de centauros de 
tres cabezas, ,á .dirigir el atrevido movi- 
miento ; i todo resultó como lo .anhelaba 
el deseo. ¡ O día glorioso ! ¡ O campo 
memorable de Taguanes ! ¡ Cómo todavía tu recuerdo hace pal- 
pitar de alegría mi corazón ! ¡ Cómo te bendigo aún con el mis 
rno santo entusiasmo de aquella hora sublime ! 

En tierra los infantes i en línea de batalla sobre el costado de 
las columnas enemigas que marchan apresuradas, disparan la 
imprevista descarga. I antes que hubiesen los españoles reco- 
brado el aplomo que les quitó aquella sorpresa, la inmensa masa 
de nuestra caballería cayó sobre ellos con la fuerza del huracán, 
desordenó las, filas, acuchillólas furiosa i pasó al otro lado deján- 
dolas, en .medio de ..cuerpos enemigos. El combate duró poco 
tiempo : Izquierdo quedó gravemente herido en el campo i toda 
su tropa derribada ó prisionera : sóJo un oficial en desbocado ca- 
ballo se salvó déla general. catástrofe para ir á dar, en Valencia la 
terrífica noticia á Monteverde, que con los suy¡os; fué¡ medroso á 
encerrarse en las fortificaciones de Puerto Cabello. 



bolívar * 



13 




Valencia me recibe alboro- 
zada, . i después Caracas me tri- 
buta los honores del triunfo i 
me aclama Libertador. Ningún 
mortal tuvo jamás dicha mayor 
que la mía, cuando entraba vic- 
torioso á mi ciudad natal des- 
pués de tantos desvelos i fatigas. 

Marino había ocupado á Cu- 
maná. Esta ventaja nos costaba 
la vida de uno de nuestros hé- 
roes, é hizo ver que todavía la 
saña española no había sido do- 
meñada por la uuestra. 

El valiente Bernardo Ber- 
múdez había caído prisionero en 
el golfo de Güiria ¡ en un com- 
bate de esquifes, i llevado á 
Carúpano se resolvió fusilarlo allí en el acto. Los disparos 
que sobre él hicieron llenaron su cuerpo de profundas heri- 
das ; pero no le arrebataron la vida, i el cariño de algunos 
amigos logró que no se le rematase, sino que se le- llevara 
al hospital con la dulce esperanza de salvar tan preciosa exis- 
tencia. Al saber el feroz jefe español que mandaba en aque- 
lla ciudad, la ocupación de Cutnaná por el ejército patriota, 
ordenó que el postrado héroe fuese en su propio lecho asesi- 
nado ; i al punto se ejecutó la infame orden. Su valeroso 
hermano José Francisco, al saber la espantosa desgracia, juró 
ante su afilado sable exterminar á cuantos enemigos encon- 
trase en su camino ; i cumplió de modo terrible su jura- 
mento. 

En la isla de Margarita, sus hijos, acaudillados por un 
joven entusiasta, proclamaron valerosos la República, ataca- 
ron el Castillo de Pampatar, lo rindieron é hicieron prisio- 
nero al cruel jefe que allí mandaba en nombre de España. 
El temido caudillo Arismendi, preso en aquella fortaleza, ob- 
tuvo con su libertad el mando de la heroica isla que sus 
compatriotas le confiaron. 

Cuando finalizaba el año tercero de nuestra contienda, 



14 ETAPA PRIMERA 

aparecieron sobre el horizonte de la naciente República, como 
amenazadores espectros, por una parte, la expedición armada 
que enviaba España á Venezuela en socorro de sus aniqui- 
lados defensores, que llegó felizmente á Puerto Cabello ; i 
por la otra, las siniestras personalidades de Boves i Morales, 
que juntaban i armaban en las llanuras guariqueñas, legiones 
numerosas contra la conquistada independencia de la Patria. 

Reforzado Mouteverde, atrevióse á salir de sus castillos 
i vino amenazante camino de Valencia. Se combatió frecuen- 
temente con ventajas para la República, en Bárbula, en Las 
Trincheras, en Vigirima ; pero en Bárbula perdió la Patria 
al valiente Giraldot. que cayó herido en la frente al tremo 1 
lar en la cumbre de la colina el pabellón tricolor. 

No había remedio : debía prepararme á continuar sin 
descanso la formidable lucha. 

Dispuse que Urdaneta marchase al Occidente, como jefe 
de aquella parte de la República, mientras lanzaba sobre Bo- 
ves al bravo Campo Elias i á la bizarra hueste que tan arro- 
gante i dignamente comandaba. En el campo de Mosquitero 
se encontraron estos dos adalides. Campo Elias llevaba mil 
quinientos ginetes i, mandados por el bravo Ustaris, mil in- 
fantes. Boves tenía dos mil ginetes i quinientos infantes, 
estos últimos á la orden del cruel Morales. Ambos genera- 
les desplegaron sus fuerzas en línea de batalla la una frente 
á la otra. 

Campo Elias, arrogante sobre blanco corcel, avanzado en 
el centro de sus filas, llama á los jefes de las dos alas de 
su hueste, i les dice: "Espero que Boves para empezar el 
combate atacará primero una de nuestras alas. Si esta resis- 
tiera al choque, él lanzaría sin demora toda su fuerza sobre 
nosotros i el resultado de la batalla sería entonces dudoso 
predecirlo ; pero si el ala atacada cede i huye, él. esperará, 
lo que es natural, que tratemos de defenderla, desorganizan- 
do nuestra formación de batalla i dándole oportunidad de 
cargarnos con ventaja. Huyendo una de nuestras alas no es- 
perará Boves que le vayamos encima con todo el resto de 
nuestro ejército, i por eso mismo quiero ejecutar tan ines- 
perado movimiento. Es, pues, mi orden, que el ala que sea 
atacada combata perdiendo terreno ; pero al lanzarnos todos 
los demás sobre el enemigo, hará pie firme ante quienes la 



bolívar 15 

persiguen, mientras nosotros destruímos, amparados por la 
sorpresa, la indisciplinada caballería de Boves. 

Boves, en efecto, lanzó parte su caballería sobre el ala 
izquierda del campo patriota, que al punto se alejó como 
derrotada i perseguida. Entonces Campo Elias con todo el 
resto de su fuerza se precipitó como una sola onda sobre la 
asombrada caballería de Boves, que cedió al empuje i huyó 
destrozada. 

Junto con la noticia de tan famosa victoria en el campo 
de Mosquitero, recibí la de haber Yáñez ocupado á Araure, 
donde esperaba á Ceballos, que venía á reunírsele. 

Emprendí la campaña sobre Occidente con Urdaneta á la 
vanguardia, formada de tres divisiones que regían Manrique, 
Palacios i Villapol ; con Campo Elias i su hueste, recien ve- 
nidos á San Carlos de su brillante campaña del Guárico ; i 
con Rivas Dávila i Briceño i sus famosas caballerías. 

Llegados á las cercanías de la ciudad de Araure, donde 
muere la serranía sobre la pampa, bajando por colinas á los 
terromonteros, á las galeras i á los petriles, se descubrieron 
fuerzas enemigas sobre las circunvecinas alturas ; pero al pun- 
to acampamos por estar ya mui entrada la tarde. Al ama- 
necer del día siguiente habían desaparecido de las galeras 
las avanzadas enemigas ; i subidos á ellas, vimos que la ciu- 
dad estaba también abandonada i gozosos la ocupamos 

Manrique, que se había adelantado en exploración con 
sólo sus quinientos valerosos cazadores, hacia las márgenes 
del río Acarigua, descubrió allí al enemigo, que al instante 
descargó sobre él sus cañones i lo envolvió con grandes cuer- 
pos de caballería. En medio de la llanura vióse forzado á 
aceptar el desigual combate, i lo sostuvo gloriosamente, que- 
dando muertos ó heridos casi todos sus compañeros, porque 
llegaron tarde en su auxilio las otras divisiones que corrie- 
ron desde la ciudad al oir el lejano cañoneo. 

En aquel campo, dadas las tristes circunstancias que nos 
rodeaban, debía obtenerse una victoria decisiva ó una com- 
pleta derrota. 

Puestos en línea de batalla los cuerpos de nuestra infan- 
tería al mando del sereno Urdaneta, allí donde yacían tendi- 
dos los quinientos valerosos cazadores de Manrique, coloqué 
detrás la caballería de Campo Elias con orden de lancear á 



i6 



iKTAPA PRIMERA 



quien volviese la espalda en el combate. Mas lejos me situé 
con- el escuadrón de Rivas Dávila para dirigir la batalla. 




Bajo los fuegos de la artillería española, nuestra infan- 
tería emprendió gallarda i ordenadamente su marcha en ba- 
talla hasta llegar á cincuenta pasos del enemigo, i fué en- 
tonces *que rompió sus fuegos sobre el mismo pecho de la 
contraria hueste. Simultáneamente, con este brillante movi- 
miento de nuestros veteranos infantes, por un lado Briceño, 
i por otro Salcedo, con cuerpos de caballería, "cayeron sobre 
los cañones españoles i se apoderaron de ellos, hiriendo sin 
piedad á los aterrorizados artilleros. El ala izquierda del 
enemigo se movió entonces para atacarnos por la espalda i 
le salió al encuentro el cuerpo que formaba nuestra segunda 
línea. El choque fué rudo i sangriento : observé que nuestra 
caballería vacilaba : dispuse el avance de los dragones de Ri- 
vas Dávila, que restablecieron el orden i la confianza en 
nuestras filas, las cuales, rechazando la carga que sufrían, 
llevaron á las contrarias la confusión i la derrota. Ceballos 
huj'ó de allí hasta Guayana, i Yáñez fué á fijar sus reales 
á San Fernando de Apure. 

El Oriente de la República estaba sin enemigos, coií 



bolívar i 7 

Marino al frente de numerosa i bien provista tropa; García 
de Sena ocupaba á Barinas, i Urdaríeta, desde Barquisimeto 
preparaba su campaña sobre la resistida Coro ; pero Boves, 
el hombre-demonio, reapareció formidable en las llanuras del 
Guárico al frente de cuatro mil ginetes. Aldao, que guarne- 
cía á Calabozo con mil infantes, le salió al encuentro, i en 
el paso de San Marcos se abocó de improviso con aquella 
inmensa caballería que ocupaba gran parte de la dilatada 
llanura. Aldao resolvió perecer allí con todos sus compañe- 
ros ; i comenzada la desigual batalla, la sostuvo temerario, 
terrible, imperturbable. Mientras hubo un soldado con vida, 
disparó su arma ante aquella avalancha de caballos que Bo- 
ves arrojaba sobre tan esforzados enemigos. 

¡ Horrible hecatombe que cubrió de duelo la República ! 

Así, espantoso, se anunciaba el año fatídico de 1814. 

Rehecho Yañes en San Fernando volvió á la campaña 
con dos mil ginetes. Mil envió con el feroz Pui sobre Ba- 
rinas, que fué abandonada por García de Sena, i con los 
otros mil se dirigió él mismo á Ospino, que defendía el pa- 
triota Rodríguez. El activo é infatigable Urdaneta, sabien- 
do la apurada situación de Ospino, despachó en su auxilio 
un batallón al mando del brioso Gogorza para auxiliar á los 
bravos defensores de la ciudad. Gogorza llegó á tiempo, pe- 
leando bizarramente : el fuego de sus fusiles i la punta de 
sus bayonetas sujetaron las diversas i furiosas cargas de la 
caballería de Yañes, i penetró á Ospino desplegada la bandera 
de la Patria, dando Víctores á la República i acogido por 
atronadores hurras de sus bravos defensores. 

De improviso la tropa realista cesó de combatir i se re- 
tiró, con grande admiración de los patriotas. Era que Ya- 
ñes, su valeroso caudillo, había caído muerto de un balazo 
en el combate 

Boves marchó con siete mil hombres sobre Villa de Cura, 
donde le esperaba Campo Elias con solo tres mil, quienes 
durante el combate, heridos de pánico por el nombre de Bo- 
ves i lo numeroso de su fuerza, se dispersaron i huyeron de- 
jando á su jefe apenas acompañado de pocos leales oficiales 
i soldados. 



18 ETAPA PRIMERA 

Boves siguió de allí á Ea Victoria, que defendía el he- 
roico Rivas ; i desde la mañana atacó furiosamente la ciudad. 
Ya en la tarde, Rivas i sus compañeros estaban reducidos al 
recinto de la plaza, luchando desesperadamente ; mas, á esa 
hora, los que combatían desde lo alto de la torre divisaron 
tropa amiga que venía á auxiliarlos por el camino de San 
Mateo. Llenos de alegría la declararon con vivas á la Pa- 
tria, i abandonando por un instante el fusil, echaron á vuelo 
las campanas, que tan á mano tenían. El imperturbable Ri- 
vas ordenó á Montilla que con cien ginetes i cincuenta ca- 
zadores saliese del recinto á apoyar la entrada de los que 
llegaban tan oportunamente á su defensa. Era el temido 
Campo Elias que penetraba en la arena del combate con su 
habitual bravura, infundiendo espanto en las filas del enemi- 
go, el cual pensando que pronto llegarían nuevos auxilios 
enviados por mí, abandonó el campo i se retiró á Villa de 
Cura. 

Eos nombres de Montilla, de Soublette i de Ayala bri- 
llarán con aureola de gloria al lado del legendario Rivas 
en la furiosa defensa de Ea Victoria. Ea patria lloró allí 
con amargura la muerte del eximio patriota Rivas-Dávila. 

Año sangriento ! Nubes de odio cubrían el cielo de la 
patria. Españoles i venezolanos ejercíamos con furia espan- 
tosa las venganzas. Eramos implacables : se tenía por de- 
lito la misericordia, i nos atraía como vorágine .el exter- 
minio. 

Mientras Boves, después de descansar algunos días en 
Villa de Cura, volvía sobre mí con sus siete mil hombres, 
yo apenas había logrado reunir en San Mateo, dos mil para 
hacer frente á tan empecinado i animoso combatiente. Mas 
como casi toda la fuerza de Boves era de caballería i casi 
toda la mía de infantes bien pertrechados i atrincherados en 
inui buenas posiciones, el poder de esas dos masas militares 
se, equilibraba para sostener larga i encarnizada lucha. Sin- 
embargo, había de pensarse que sabiendo Boves que yo es- 
taba allí, serían inauditos sus esfuerzos para vencerme i 
adueñarse de mi cadáver ó de mi persona. 

Repetidas veces había ordenado á Marino que viniese á 



bolívar 19 

auxiliarme con su ejército de Oriente, i confiado en que pron- 
to había de llegar, resolví soportar el cerco que Boves in- 
tentaba ponerme en aquella villa, hasta quemar el último 
cartucho i dar á mi tropa el último bocado. 

Kl 28 de febrero Boves lanzó sobre mi campo con 
horrible algazara su numerosa hueste, que llegó hasta las 
extremas calles de San Mateo, ya convenientemente prepara- 
do para mi defensa i abastecido para un largo sitio. La re- 
sistencia que le opusimos lo detuvo con horrible estrago en 
sus filas. La altura del Calvario, defendida por Campo Elias 
resistió con denuedo la furiosa embestida de la tropa de Bo- 
ves. Herido mortalmente Campo Elias, lo reemplazó en el 
mando de tan interesante posición Villapol, que á poco cayó 
muerto en la terrible lucha. Su hijo, joven de diez i ocho 
años, que yá. herido se había separado de las filas comba- 
tientes, al saber la muerte de su amado padre, vuela al 
Calvario, toma el mando de sus defensores i cargando con 
ellos desesperado i formidable, desaloja de los inmediatos mu- 
ros al enemigo, i, desangrado por el supremo esfuerzo, se 
desmaya en brazos de sus nobles soldados. 

Al declinar la tarde una bala hirió á Boves en una 
pierna i tuvo que abandonar el campo ; i el ala derecha de 
los realistas, que Morales dirigía, fue al fin rechazada con 
muchas pérdidas por el denodado republicano Gogorza. 

El enemigo suspendió el combate i acampó en sus posi- 
ciones de la mañana. 

Como Boves fuese á Villa de Cura á curarse de su he- 
rida muchos días pasaron sin que se intentase de uno ú otro 
bando nuevo ataque. 

En aquellas apuradas circunstancias recibí aviso de que 
el bandolero Rósete con una turba de foragidos amenazaba 
á Caracas. ¿Cómo no mandarle algún auxilio á la ciudad 
amada, aunque yo también lo necesitase? Ordené, pues, que 
Montilla con trescientos soldados escogidos entre los mejores, 
marchase en auxilio de la capital. 

Noticioso el enemigo de haber salido déla plaza, considerable 



20 ETAPA PRIMERA 

número de soldados, resolvió el once de marzo atacarla otra vez ; 
pero fué, como en la primera, rechazado con rudeza. 

Seis días después dispuse un ataque de madrugada á va- 
rios cuerpos de caballería que acampaban inmediatos, i se 
logró sorprenderlos, desordenarlos i perseguirlos largo trecho. 

El día 20, grande algazara recorre toda la línea enemi- 
ga, i víctores á Boves denuncian la vuelta de este incansa- 
ble jefe al frente de su hueste. 

Bien probado tenía ya el caudillo español que su nume- 
rosa caballería nada era ante las trincheras de los patriotas 
de donde llovía hierro i plomo mortíferos lanzado por nues- 
tros cañones i fusiles, i por esto trajo pensada, al volver, 
una hábil estratagema, que al punto quiso poner en eje- 
cución. 

Ordenó secretamente que una fuerte columna, marchando 
por caminos extraviados i difíciles, llegase á ocupar en la 
noche del 24 la cumbre de los cerros que se levantan al nor- 
te de San Mateo, i que de allí bajase de improviso en la 
madrugada del 25 sobre la casa alta del ingenio, donde Ri- 
caurte custodiaba el copioso parque republicano, tesoro de in- 
finito valor para nuestras armas en aquel grave trance. A 
la misma hora de ese día Boves, por su parte, atacaría aba- 
jo, furiosamente sobre toda la línea de batalla. 

Así se efectuó. Al iluminar el campo la aurora de aquel 
día, Boves, arrogante sobre su brioso caballo negro, enjae- 
zado de plata, recorría por entre la muchedumbre de sus 
escuadrones, animados por las alegres cadencias de la diana, 
enardeciéndolos al combate, seguro como estaba que la más 
completa victoria iba á llenar su alma de inefable regocijo. 

Yo i todos mis leales i bravos compañeros pensamos 
también que San Mateo sería nuestra gloriosa tumba, cuan- 
do vimos descender la columna enemiga sobre la casa del 
parque, i salir de ella sin combatir, i bajar hiendo hacia 
nosotros, los oficiales i la tropa que lo custodiaba. 

¡O momento de suprema angustia! 

Vimos penetrar la columna realista al interior de la casa, 
i oimos un hurra atronador salido de toda la línea espa- 
ñola. 




BOLÍVAR 21 

Pero el sublime amor á la patria 
realizó en aquel instante un milagro 
de heroísmo. Siéntese una explosión 
espantosa '; conmuévese la tierra ; sus- 
péndese en ambos campos ia pelean 
una columna de espeso humo sube de 
la casa del parque ; i apenas salen de 
ella pocos realistas á escape por donde 
habían venido de sorpresa, 

Ricaurte había despedido á todos 
sus compañeros, después de haber pre- 
parado los pertrechos de modo que pu- 
diese él mismo quemarlos en un instan- 
te luego que la casa estuviese llena 
de enemigos. 
"j Víctima heroica, inmolada por tu propia mano en aras 
de la patria, yo te nombro con veneración I 

Sublime! sublime! sublime! dicen una después de otra 
las tres divinas mujeres que oyen á Bolívar con intensa 
atención. 

Pocos días después, continúa diciendo el Libertador, sabe 
Boves que Marino marcha en nuestro auxilio i se aproxima 
á la Villa de Cura ; i el 30 de marzo levanta el sitio de 
San Mateo i va á encontrar al aguerrido oriental. Este, ai 
tener noticia de la aproximación de Boves, había tomado po- 
siciones ventajosas en Bocachica, donde le halló el intrépido 
caudillo realista al mediodía siguiente, comenzando en el ac- 
to la batalla que prolongó hasta el anochecer, cuando falto 
de pertrechos, decidió retirarse ; pero dejando tan quebran- 
tado á su experto contendor que este no se atrevió á perseguirlo. 
El temible caudillo siguió su retirada por Güigüe hasta 
Valencia, sitiada entonces por las falanges de Ceballos. 

Pero en Valencia estaba el constante i valeroso Urdane- 
ta, resuelto á cumplir la orden que le había dado de defen- 
der la plaza hasta morir. Había llegado allí después de 
ejecutar prodigios de valor i astucia en Barquisimeto i en 
San Carlos. Penetró casi solo al recinto de esta última pia- 
ra cuando estaba sitiada por numerosas tropas enemigas ; i 
combatió en ella muchos días ; i de ella salió, por una há- 
bil estratagema, con los batallones republicanos, hasta Va- 



22 ETAPA PRIMERA 

leticia. En esta ciudad con solo trescientos soldados re- 
sistió el estrecho cerco i los incesantes ataques de cuatro 
mil hombres al mando de Ceballos. La sed i el hambre se 
hicieron sentir en la exhausta ciudad á los pocos días del 
sitio, i el 2 de abril, cuando se incorporaba Boves, la de- 
sesperada situación de los patriotas era alarmante ; pero la 
noticia que llegó á los sitiados de la aproximación del vic- 
torioso ejército libertador, dio fuerzas á los moribundos ánimos 
para resistir á la última, feroz embestida de los realistas. 
Asomaba por el oriente el sol del 3 de abril cuando el ejér- 
cito español abandonaba el cerco de Valencia i se ponía en 
marcha para Tocuyito. Ese mismo día me adelanté, acom- 
pañado de varios oficiales, á dar mis aplausos en nombre 
de la patria á los constantes i heroicos defensores de la 
ínclita ciudad. 

Ordené la inmediata i activa persecución de las divi- 
siones de Ceballos i de Boves por el ejército de Marino ; i 
seguro de los buenos resultados que habían con ella de ob- 
tenerse, me entregué tranquilo al pensamiento de asaltar á 
Puerto Cabello i arrebatar al enemigo plaza tan importante 
para la República. 

Pero ¡o desventura inaudita! Pocos días trascurren, i me 
sorprende i anonada la nueva de una inexplicable dispersión 
de la hueste de Marino en Arao, cerca de San Carlos. Re- 
greso á Valencia á saber lo cierto de lo ocurrido, i era 
verdad que el pánico había dispersado nuestras tropas, 
i que gracias á la serenidad i pericia del gran Urdaneta, 
casi todo el ejército republicano se había salvado i se reor- 
ganizaba. 

Cagigal asumió el mando de las falanges realistas i vino 
á acamparse á Tocuyito. Le salí al encuentro, i con él avis- 
tado el 17, en estensa i limpia llanura se desplegó en batalla 
nuestro ejército frente al del enemigo que hizo lo mismo. 
Pero en aquel momento, plomizas i grandes nubes que ve- 
nían apiñándose sobre nuestras cabezas, ocultaron el sol i obs- 
curecieron el campo. Viento de tempestad empezó á sentir- 
se tremolando rápida i rudamente las banderas de ambas 
filas ; i luego lluvia torrencial cayó furiosa, durante una hora 
entera, é impidió que la batalla comenzara. Serenado luego 



bolívar 23 

el tiempo, era tarde para trabarla, i ambos ejércitos perma- 
necieron inactivos. 

Entre los jefes orientales de la caballería patriota esta- 
ban Carvajal i José Gregorio Monagas, i de Barquisimeto. 
Vásquez, quienes ardiendo en bríos, seguros de su destreza 
en el manejo del caballo i de la lanza, i deseosos de apro- 
vechar aquella extensa i limpia llanura, vinieron á pedirme 
permiso para salir solos i desafiar á lucha singular á los 
que se juzgasen más hábiles i valientes en las filas enemigas. 
Negué al principio el permiso, aduciendo que á semejante ca- 
pricho i vanidad no podía arriesgar la vida de jefes tan impor- 
tantes, como eran ellos ; pero suplicando con nuevas ins- 
tancias, i asegurándome que en la falange española no había 
ninguno que pudiese tocarlos en semejante lucha, convine en 
que se diese luego el arrogante espectáculo de un torneo. 

Distantes uno de otro marcharon los tres valerosos lance- 
ros hacia la enemiga fila, hasta poder ser en ella oídos, i 
desde allí hizo cada uno su desafío. 




Frente á Carvajal apareció sobre negro i brioso caballo 
un arrogante húsar, que saludó con su lanza en señal de 
que aceptaba el reto. Avanzaron galopando uno sobre otro ; 
pero al encontrarse evitaron ambos el golpe, i cruzadas por 
un instante las astas, vióse fulgurar sobre sus cabezas el 
hierro de sus armas. A una segunda acometida ningún daño 
se hicieron ; pero á la tercera, Carvajal se defendió diestra- 



24 ETAPA PRIMERA 

mente del golpe de su enemigo, i al pasar á su lado le hi- 
rió profundamente sobre el hígado. 

— ¡ Herido ! gritó el húsar, arrojando soberbio á larga 
distancia su arma, que fué á clavarse vibrando en el verde 
suelo ; i oprimiendo con su diestra la herida, de donde bro- 
taba á torrentes sangre i bilis, dirigió su caballo á las filas 
de su ejército. 

Carvajal, ufano i arrogante, volvió á las suyas, donde 
le recibieron tremolando todas las banderas al ruido anima- 
dor de las marciales dianas. 

Salió luego un justador á Monagas i otro á Vásquez. 
Quien atacó á Monagas fué volcado de su caballo, herido 
en el hombro derecho. Quien atacó á Vásquez se retiró con 
la lanza de este clavada en el arzón de grupa, después de 
desarmado i herido ligeramente en el muslo derecho. Vás- 
quez, blandiendo su asta sola, reñía á quien tan mal en ella 
había encabado el hierro ; i de su brazo derecho corría al- 
guna sangre porque había sido tocado por su hábil contendor. 

Llegó la noche entonces, i dispuesta la más escrupulosa 
vigilancia en ambos campos, entregáronse todos á satisfacer 
el hambre con frugal alimento, i á dormir con sobresaltos so- 
bre el verde césped del humedecido prado. 

Al asomar la aurora del siguiente día, observé que la 
contraria hueste se conservaba tranquila en sus posiciones de 
la víspera ; i como yo no estaba contento de las que ocu- 
pábamos, ordené la retirada á Valencia, que realicé sin ser 
molestado de modo alguno por el enemigo ; pero al amane- 
cer el 20 presentóse formado en batalla en las afueras de la 
ciudad, aunque á poco se retiró de nuevo, camino de To- 
cuyito. 

El 26 salí nuevamente en su solicitud, i al amanecer el 
28 le hallé en la llanura de Carabobo. Conmigo estaban 
Urdaneta, Rivas, Marino, Bermúdez, Valdéz i Palacios, todos 
jefes sobresalientes por su valor i táctica. Eramos cinco mil 
soldados. Cagigal tenía seis mil. 

Acababa el ardiente sol de pasar el meridiano cuando 
Urdaneta rompió los fuegos con las divisiones de Bermúdez, 
Valdéz i Palacios, avanzando ordenado é imperturbable so- 
bre el enemigo. A su espalda con Rivas i Marino observa- 
ba }'o el proceso de la lucha. 



BOLÍVAR 25 

Lanzó Cagigal sobre nuestras filas grueso escuadrón de 
caballería, que cayó en ellas como despeñado torrente, las 
rompió i pasó á su retaguardia. Nuestros valerosos infantes 
recobraron pronto la perdida formación i poniéndose espalda 
con espalda atacaron por los dos frentes al ensoberbecido 
enemigo. Desconcertada la caballería española con esta vale- 
rosa i firme maniobra de nuestra disciplinada infantería, que- 
dó vacilante en la incertidumbre de lo que debiera ejecutar ; 
i aprovechando su indecisión hice que la nuestra resuelta- 
mente la cargase. El desorden en que cayó luego el escua- 
drón realista, comunicóse á toda la hueste enemiga, que hu- 
yó poco tiempo después á la desbandada, dejando en nuestro 
poder famosísimo botín de bestias, armas i municiones. 

Pero decidme, bondadosas ninfas, no os' tiene ya fatiga- 
das la relación de tantos sucesos sangrientos ? I^o que ahora 
debo referiros son desastres. ¿ A qué con la triste enumera- 
ción de ellos mortificar vuestros apacibles ánimos? 

— O ! no temas por nosotras, dice sonriente la de negra 
cabellera, que nuestros ánimos no sufren jamás fatigas. Con- 
tinúa sin interrumpiros : observa que te oímos con el mayor 
agrado. 

— Pero antes, dice la de dorados cabellos, levantándose 
i vertiendo del hermoso jarrón sobre las copas un líquido del 
color del topacio, bebamos este sabroso licor que animando 
las fuerzas dá alegría al espíritu. 

Todos liban, i Bolívar siente al instante agradable calor 
que circula con la sangre por todo su cuerpo, i continúa ha- 
blando así : 

— El terrible Boves apareció de nuevo en las guarique- 
ñas llanuras, seguido de más numerosa hueste. Con cinco 
mil ginetes i tres mil infantes marchó desde Calabozo en 
busca nuestra. El 15 de junio llegué al infortunado sitio de 
L,a Puerta, donde ya en plan de combate esperaba Marino á 
aquel indomable demonio. Ignorante nosotros de la numerosa 
tropa pue conducía el temido caudillo, i aleccionado como él 
estaba ya en las estratagemas de la guerra, nos acometió se- 
rena i resueltamente con su infantería al mando de Morales, 
hasta que la nuestra hubo de sentir algún quebranto, i lue- 
go nos envolvió con su numerosa caballería. 



26 



ETAPA PRIMERA 






El desastre fue com- 
pleto para la Patria. 
Allí perecieron más de 
mil republicanos : allí 
cayeron exánimes al 
bote de la furiosa lan- 
za el desgraciado Ja- 
lón, i García de Sena, 




i Mendiri, i Mufíoz-Tébar, el 
famoso Secretario de Estado desde el naci- 
miento de la revolución, joven lleno de gracia, de talento i 
de instrucción, incansable en el bufete, impávido en las ba- 
tallas, á quien el pueblo, el ejército i yo amábamos con sin- 
gular cariño. 

¡Día espantoso!! Marino, otros jefes i 3^0 escapamos 
milagrosamente i seguimos á Caracas. 

¡ Cuan dolorosamente desaparecían en uu momento las 
conquistas en favor de nuestra independencia, logradas con 
tanta constancia, tanto sacrificio i tanto valor ! 

¡ Cómo no pensar que el desaliento más profundo habría 
de adueñarse del ánimo de los patriotas i aniquilar su de- 
cisión ! 

¡ Cómo impedir que el prestigio de Boves i de Morales 
creciese día por día i les diese numerosos prosélitos ! 

Mi presencia en Caracas i la noticia de mi derrota tú- 



bolívar 27 

fundieron pánico en la ciudad. I<a llegada de los feroces 
caudillos realistas era pavorosa para sus habitantes. 

Después de -la nefanda batalla de La Puerta, Boves, con 
su infatigable actividad, marchó á poner estrecho sitio á Va- 
lencia, i despachó para Caracas á Morales con orden de con- 
tinuar sin descanso en mi persecución. Así lo etectuó el 
sañudo capitán realista, mientras yo iba seguido de numerosa 
emigración de mujeres, niños i ancianos, que era fatigante 
embarazo para las marchas i espantoso desconsuelo para los 
ánimos. 

Heroicamente resistió Valencia al implacable Boves duran- 
te veinte días ; mas al cabo de ellos su impertérrito defensor 
Escalona, sin municiones ni víveres, i muerta la esperanza de 
todo auxilio, cuando supo mi marcha de Caracas al Oriente, 
entregó al enemigo la ínclita plaza en honrosa capitulación, 
que muí en breve violó groseramente el jefe realista 

En la villa de Aragua de Barcelona, después de recio 
combate soi otra vez derrotado. Allí exhaló el último aliento, 
estrechando entre sus fornidos brazos un cañón que acababa 
de conquistar al enemigo, con su terrible lanza, el famoso 
Carvajal, el atrevido centauro de aquellos llanos. Con parte 
de la tropa me retiré á la ciudad de Barcelona, mientras 
Bermúdez, los hermanos Monagas, Zaraza i Cedeño fueron 
con los restos del ejército á la perínclita Maturín. El feroz 
Morales, sanguinario como un puma, degolló sin piedad ese 
día, i más de cuatro mil venezolanos perecieron. 

Deseando salvar un tesoro que llevaba para emplear su 
valor en servicio de la República, me embarqué con Marino 
para la heroica isla de Margarita en la escuadrilla de Bian- 
chi. Este nos cobró mui caros sus servicios, i hubimos de 
cederle parte de lo que constituía nuestra riqueza. 

Zarpamos luego á Campano ; i allí mi autoridad i la de 
Marino fueron desconocidas por Rivas i por Piar, que se de- 
declararon los jefes del ejército. 

Mi desgracia los enloquecía. 

Bianchi mismo nos dispensó el favor de conducirnos á 
Cartagena ; mas ¡ ai ! ¡ cuan pronto dio sus amargos frutos la 
insubordinación de que había sido yo víctima ! 

Morales atacó á Maturín, que Bermúdez defendía con su 



28 ETAPA PRIMERA 

ingénito valor ; i el ejército de los tiranos quedó ante los 
gloriosos muros destruido. 

La desunión entre Rivas, Piar i Bermúdez hi^o, sinem- 
bargo, infructuosa para la Patria aquella gran victoria. 

El incansable Boves atacó i venció en Cumaná ; i unido 
luego á Morales, aniquiló completamente el ejército republi- 
cano en la memorable llanura de Úrica. Memorable, sí, por- 
que allí perdió España á su esforzado defensor, á Boves, ra- 
yo de la guerra : allí cayó muerto, atravesado por la lanza 
de un soldado desconocido. 

La Patria tuvo que lamentar en aquel estrago la pérdida 
irreparable del sabio Sanz, decano del patriotismo venezola- 
no, que en aquel duelo á muerte acompañaba al egregio 
Rivas. 

Morales sucedió á Boves en el mando, i fué dueño del 
Oriente. El centro i el occidente cayeron también luego en 
poder de los realistas ; i Urdaneta, el imperturbable capitán, 
con los restos que había, podido salvar de su ejército, fué, 
como yo, á buscar amparo á la Nueva Granada. 

Rivas, el terror de los ti- 
ranos, es vejado i asesinado 
en el Valle de La Pascua ; 
i su hermosa cabeza, envia- 
da como trofeo á Caracas, 
es exhibida en la plaza ma- 
yor encerrada en oprobiosa 
jaula. 

Di cuenta al Congreso de Nueva Granada de mi con- 
ducta en Venezuela, i merecí la aprobación i aún el aplau- 
so del Soberano Cuerpo ; pero ingratas i mezquinas rivali- 
dades me hicieron apurar en aquellos días amarquísimo cáliz. 
Súpose entonces la llegada de Morillo con una grande 
expedición á Venezuela. Renuncié el cargo militar que se 
me había dado en Nueva Granada, i me embarqué para la 
isla inglesa de Jamaica. 

¡ O días crueles del destierro ! ¡ O bondadoso Hyslop, 
que me diste la mano en la mayor miseria, i me salvaste de 
la muerte que hubiera preferido á una iudigna humillación ! 
¡ O Providencia divina, que allí me amparaste del puñal pa- 
gado á un feroz asesino, bendita seas ! 




bolívar 29 

La noticia que allá nos llegó de que los bravos marga - 
riteños, levantados en masa, hacían heroica resistencia en su 
isla al despotismo español, reanimó mi abatido espíritu, i 
le volvió sus antiguas energías. 

Organiza, ayudado del generoso Briou, una expedición en 
Cayos de Haití, i en siete goletas tripuladas por trescientos 
hombres nos hicimos á la vela para las ansiadas riberas de 
la Patria. 

Allí venían Marino, Piar, Soublette, Mac Gregor, Brice- 
ño Méndez i el sabio Zea. 

El 3 de marzo de 18 16 arribamos felizmente al puerto 
de Juan Griego. L,os realistas asustados por mi llegada, i 
suponiendo mui poderosa la expedición, abandonaron el Cas- 
tillo de Santa Rosa, que Arismendi ocupó al momento, ha 
ciéndolo demoler en seguida. 

Reconocido como Jefe Supremo del Ejército Venezolano, 
seguí sin demora á Carúpano con Marino, q\ie partió para 
Güiria, i con Piar, que lo hizo para Maturín, ambos á orga-. 
uizar tropas. 

Pensé después en una invasión por el puerto de Ocu- 
mare a los Valles de Aragua, i di me á la vela para efec- 
tuarla, logrando desembarcar sin inconvenientes i llegar con 
nuestra vanguardia al mando de Soublette, hasta ocupar la 
ciudad de Maracai ; pero súpose allí que Morales había lle- 
gado á Valencia, enviado desde Nueva Granada por Morillo, 
i que Caracas estaba bien defendida. 

Habiendo tomado posiciones en la cumbre de los Agua- 
cates, fuimos atacados por Morales i obligados á contramar- 
char á Ocumare. 

Decidióse entonces que la expedición fuese puesta al 
mando de Mac Gregor, siguiese á Choroní, donde Piñango orga- 
nizaba un batallón, i que luego, tomando la vía del valle de 
Onoto, cerca de Maracai, siguiese por L,a Victoria á San Se- 
bastián i Chaguaramas i buscase en los llanos las caballerías 
de los hermanos Monagas i de Zaraza. Quise conducir yo 
mismo la -expedición ; pero á ello se opusieron tenazmente 
mis compañeros. — -¿Queréis, me dijeron, dificultar la rapidez 
de nuestras operaciones con la obligación de cuidar vuestra 
persona i vuestra vida, tan caras ala Patria? ¿Queréis pri- 
varnos de los recursos que podéis organizar en el exterior i 



30 ETAPA PRIMERA 

enviarnos oportunamente, por oir los consejos de vuestro te- 
merario arrojo? — I viendo que yo vacilaba en dejarlos, con- 
certaron que un ayudante de campo viniera á escape á anun- 
ciar la aproximación del enemigo, i que el jefe de la escuadrilla 
levase anclas i se pusiese al pairo á esperar mi embarque, 
que al cabo verifiqué siguiendo á Bonaire, donde me reuní á 
Brion. 

L,a expedición de Ocumare llegó sin gran novedad á los 
llanos, donde se le unieron los Monagas i Zaraza Todos 
entraron á la ciudad de Barcelona el 13 de setiembre, á cu- 
ya ciudad llegó á poco Piar i tomó el mando de aquel ejér- 
cito patriota, que dos semanas después obtuvo glorioso triunfo 
en el campo del Juncal sobre el ejército de Morales. Ha- 
biendo llegado á Güiria, acompañado de Bermúdez, tuve que 
sufrir allí la más amarga humillación. Me insultó Bermúdez 
i me desconoció Marino. 

Con el ánimo agobiado por la pesadumbre de mi tristeza, 
me embarqué para Haití ; mas allí, sublevada el alma al re- 
cuerdo de la Patria esclava, organizé nueva expedición inva- 
sora, i con ella surgí en Juan Griego el día 28 de diciembre, 
i seguí inmediatamente á Barcelona. Intenté abrir operacio- 
nes sobre Caracas ; pero (desventurado comenzaba para mí 
el año de 18 17) fui derrotado en Clarines. 

Resolví entonces marchar á esta Guayana providente, 
donde Piar sitiaba á Angostura, i hacer de esta vasta i rica 
Provincia la base de todas las operaciones militares en la re- 
conquista de nuestra independencia. 

Las criminales disidencias entre varios jefes republicanos 
del Oriente eran terrible cáncer que carcomía, con espantosa 
voracidad, la necesaria disciplina de los ejércitos, i los lleva- 
ba á su destrucción. 

Por eso la ciudad de Barcelona fué tomada por Aldama, 
que pasó á cuchillo á todos los vencidos i envió aherrojado 
á Freites, el bravo defensor de la plaza, á Caracas, donde 
el feroz Moxó lo sacrificó en la horca. 

Para fortuna de la dolorida Patria surgía ya en los lla- 
nos del Apure el intrépido Páez, brazo formidable de la Re- 
pública ; i aquí en esta espléndida Guayana, el brioso Piar 
hacía morder el polvo al ejército de La Torre (hace apenas 



BOLTVAR 3 1 

dos meses, el día once de abril) en la sangrienta batalla de 
San Félix. 

Hoi había venido á este sitio, amables ninfas, á despa- 
char una escuadrilla en busca del almirante Brion, que de- 
be traernos con sus buques nuestro definitivo triunfo en 
Guayana ; i ya debéis saberlo, se ha perdido este esfuerzo 
i yo he escapado milagrosamente. 

— Bolívar, dice la dama de los rubios cabellos, eres dig- 
no de nuestra colaboración : á decírtelo es que hemos veni- 
do hoi á este sitio : así son los designios del Omnipotente. 

Luego la de blanca cabellera, con tono magestuoso i se- 
.vero énfasis, dice : 

— L,a terrible mensajera de faz adusta i flaca, ojos pe- 
queños i hundidos, la de cabellos fojos, que lleva séquito de 
odios i camina i crece como la sombra ; aquella que lanza 
Dios á quienes violan sus leyes para activar el fermento del 
mal i precipitar el castigo de los culpables, Diconoa, hace 
cinco lustros recorre la Europa esparciendo terrores i ruinas. 
Sólo la discreta i sabia Inglaterra se ha salvado del maléfico 
genio. 

Sobre la Francia desató la implacable Diconoa una locura 
feroz. Sacó de una isla del Mediterráneo á un soldado de 
insaciable ambición, sin fijeza en sus ideas políticas, sin res- 
peto á nada, sin amor á la fama pura, infatigable, valero- 
so, de impetuosas pasiones, con inteligencia vasta é ilustrada 
i de enérgico carácter, i lo lanzó, energúmeno, jefe de ejér- 
citos inconcientes, á devastar la Europa entera. Era el Cas- 
tigo á quien el mismo Pecado puso la diadema de Empera- 
dor. Tú, Bolívar, cuando eras mui joven, le viste aclamado 
en París, i quizás tuviste entonces envidia de aquella falsa 
gloria. 

— Sí, dice Bolívar, primero lo admiré como al héroe de la 
República ; pero después, coronado, le vi cual malvado hipó- 
crita que se sentaba en el trono de los tiranos. 

— Pero las leyes de Dios, continúa diciendo la ninfa que 
antes hablaba, le llevaron, hace apenas un año, á un campo 
de escarmiento cuyo nombre será eternameute célebre en los 
fastos de las naciones de Europa. I hoi está solitario l 
sombrío sobre una roca del Océano, vigilado por los ojos de 



ETAPA PRIMERA 



Albión, espiando, ¡hasta que 
muera, los delitos que consumó 
su soberbia. 

Con las víctimas inmoladas en 
los campos de Europa sobre el 
altar de las más abominables 

pasiones en los úl- 




timos años, podría levantarse una pirámide más alta que la 
famosa de Egipto. 

— ¿ I vale la pena, dice Bolívar, de tantos dolores i víc- 
timas, el miserable placer que experimenta un hombre de 
aparecer momentáneamente superior á los demás hombres en 
la obra de la destrucción? ¿I hai multitudes que sigan á 
semejantes malhechores? 

— Esa no es, ni puede ser jamás, la obra de un hom- 
bre, continúa diciendo la ninfa de la blanca cabellera : esa 
es la obra secular de una sociedad corrompida. Dios ha da- 
do á los hombres inteligencia para juzgar lo bueno i lo 
malo, i libertad para que escoja entre lo uno i lo otro. Sa- 
be el hombre que en lo malo está su desdicha i que en lo 
bueno está su felicidad ; i sabe que es esta lei inmutable en 
su existencia sobre el mundo. Ea corrupción en que cayeron, 



bolívar 33 

desde hace medio siglo, las cortes europeas ; la miseria é 
ignorancia de los pueblos que ellas debían guiar por el ca- 
mino de la virtud i de la prosperidad, llegó á su colmo al 
finalizar el pasado siglo. Reyes i noblezas empleando el fruto 
de sus privilegios en estupendo lujo, en frivolidad estúpida 
i en criminales cohechos, colgaban deudas sin consideración 
alguna sobre el eje de la administración pública, hasta pro- 
ducir su ruptura i desconcertar la sociedad ; i el pueblo ig- 
norante i famélico, vivía en la prostitución i el envilecimien- 
to : la literatura, rastrera, se reía á carcajadas de todo lo 
noble i despreciaba bufona todo lo venerable : las ciencias i 
las artes, con supremos esfuerzos i sacrificios lograban lanzar 
sus claridades sobre esas sombras. Las más bellas virtudes 
se refugiaron en esta América de grandioso porvenir. Fran- 
kliu, el sabio i patriota norte-americano, sencillamente ves- 
tido en medio del fausto soberbio de la corte francesa, sig- 
nificaba el poder efectivo de la virtud ante el brillo ficticio 
de la opresora opulencia. L,as alboradas de este siglo son 
por eso de felicidad i gloria para la humanidad en América, 
como son de duelos i vergüenzas para la humanidad en Eu- 
ropa. Ya en el norte de este venturoso continente nació la 
gran República i produjo á Washington, la más noble figura 
de la Historia. 

— Estoi encantado con el estilo i la sabiduría de vuestra 
peroración, dícele Bolívar ; pero no soi dueño de mí mismo: 
estoi como delirante mientras no os dignes decirme quienes 
sois vosotras : haced que caiga siquiera en parte el misterioso 
velo que os cubre ante mi inteligencia. 

— Nací á orillas del Nilo i mi nombre es Sofía, dice la 
que acaba de hablar : la de los rubios cabellos es Eroclea, i 
esta del gorro frigio es Eleutera, ambas nacidas en la bella 
Grecia. Pertenecemos á la especie de los catágelos, diferen- 
te de la especie humana i á ella superior. Hoi debes elegir 
á una de las tres para que sea tu espiritual esposa mientras 
vivas en el mundo. Elige libremente según los impulsos de 
tu corazón : nada temas, que en alma de seres como nosotras 
no se abrigan las mezquinas pasiones que acibaran la exis- 
tencia de los hombres. I,a que elijas te acompañará como 
inseparable compañera : las demás serán tus fieles amigas. 



34 ETAPA PRIMERA 

Las tres colaboraremos en la obra inmortal porque vienes lu- 
chando. Tiende, pues, tu mano á aquella con quien deseas 
ligar íntimamente tu suerte en este mundo. 

Bolívar, absorto, enagenado, contemplando aquellas tres 
divinas mujeres, vacila un instante. Luego con movimien- 
to de firme resolución tiende á Eroclea su diestra. 

Ella sonriente la toma, la estrecha i la retiene entre sus 
dos preciosas manos, mientras con acento dulce i arrobador, 
le dice : Bolívar, ninguno más decidido que tú ; ni más cons- 
tante en la lucha ; ni más valeroso en el peligro ; ni más 
sufrido en la adversidad ; ni más firme en la virtud : eres 
digno de mi amor. El más ferviente deseo de tu alma es 
la independencia de América. Será. 

— Luchas heroicas i grandes sacrificios se necesitarán para 
conquistarla ; pero la independencia de América será, excla- 
ma Eleutera. 

— I Sofía agrega luego : Errores i faltas graves se co- 
meterán : Dicouoa tendrá mucho campo abonado donde sem- 
brar sus furias ; pero la independencia americana será. Des- 
pués preparemos el camino para que venga Teronoma 

— I quién es Teronoma ? pregunta Bolívar. 

— Es una bella catágela que nació á orillas del Táme- 
sis, dice Sofía, i allí ha vivido siempre presidiendo aquel 
gran pueblo i haciéndolo feliz i poderoso. Hoi preside tam- 
bién la naciente república del norte. 

— I no vendrá á presidir las nuevas repúblicas ameri- 
canas? pregunta Bolívar. 

— La inflexible severidad de su carácter, dice Sofía, su 
implacable justicia, su amor á la disciplina, son las cuali- 
dades que dan garantía segura i estable á la vida ordenada, 
pacífica i próspera de los pueblos : pero éstos no saben so- 
portar esas cualidades convencidos, sino después que adquie- 
ren las ideas i las costumbres que forman la única atmósfe- 
ra en que Teronoma puede respirar i vivir. No es posible 
plantar esas ideas i esas costumbres repentinamente en nin- 
guna nación, i es mui difícil conseguir tan supremo bien 
cuando hai que destruir primero hábitos perniciosos arraiga- 
dos por siglos. En un campo de abrojos no nace la provi- 
dente semilla del cereal, i si llega alguna á nacer, no pros- 
pera sino que presto languidece i muere. Tampoco el ba- 



bolívar 35 

nano, que da suculento pan á los pueblos, ni la mise- 
ricordiosa palmera, pueden vivir en las alturas de vuestros 
páramos ; como no crece la bella i sabrosa manzana en las 
siempre abrasadas playas de vuestros mares. Para el árbol 
sagrado de Teronoma son demasiado frías las regiones del des- 
potismo, i demasiado cálidas las del libertinaje. Las desgra- 
cias i las ignominias os irán enseñando á todos el camino de 
estas saludables reformas ; pero mientras ellas no se consoli- 
den, Teronoma no vendrá á presidiros i á haceros felices. 

— ¿I tardará mucho ese advenimiento ? pregunta Bolívar. 
La severa Sofía contesta : 

— Tú no lo verás, ni lo verán tres generaciones después 
de la tuya. Mientras no se cambien las costumbres invete- 
radas de servilismo en estos pueblos, provenientes de la edu- 
cación colonial española, haréis de vuestros magistrados, dés- 
potas ; pero el abuso de estos en las intemperancias de la 
tiranía, sublevará i armará á los pueblos para castigarlos. 
Los pueblos vivirán temiendo de sus gobiernos ; i estos, de 
los pueblos ; i ese recíproco temor será el funesto criterio 
que guiará á entrambos en todos sus procederes. En tan 
tristes i vulgares represalias entre gobernantes i gobernados 
pasarán muchos años, porque ignoráis que la libertad sólo 
subsiste en un estado social que está en un medio entre la opre- 
sión i la licencia ; i no conocéis bien los límites en donde co- 
mienzan esas dos calamidades públicas. Pero tales sacudi- 
mientos que creeréis primero remedio á vuestros males, os 
convencereis luego que sólo son convulsiones de la misma 
enfermedad política, que seguirá quebrantando la pública sa- 
lud : sabréis que las revoluciones no corrí jen los errores de 
la política, sino los agravan i aumentan ; i que es por evo- 
luciones sucesivas i lentas, sabiamente dirigidas, que se lo- 
gran reformas provechosas i durables. Sinembargo, siempre 
marchareis, más ó menos dolorosamente, según vuestros propios 
i naturales esfuerzos, á la perfección i estabilidad de la Repú- 
blica, porque no pueden resultar inútiles tantos sacrificios ge- 
nerosos ofrendados para fundarla ; ni puede dejar de germi- 
nar con sazonado fruto el árbol de la democracia regado con 
tanta sangre i con tantas lágrimas. No son los hombres 



36 ETAPA PRIMERA 

monstruos tan horribles que no sepan apreciar los esforzados 
servicios que para su bien hicieron sus padres, i olviden apro- 
vecharse de ellos i honrarlos ; ni serán tan torpes, al volver 
atrás la vista, después de una experiencia secular, para dejar 
de avergonzarse por haber malgastado casi todas las energías 
de una nación joven i vigorosa ; i para perseverar en sus prác- 
ticas i costumbres depravadas. 

Así dice la majestuosa ninfa ; i luego agrega : 

— Bolívar, es tiempo de que ceses de vernos : tus com- 
pañeros llegarán pronto á buscarte. 

I cual se borran del blanco telón las figuras en él pro- 
yectadas por la linterna mágica al quitarse el pintado vidrio 
del frente de la luz, así desaparecen en un instante para 
Bolívar, ninfas i tiendas. Queda solo, pensativo, sentado so- 
bre abatido tronco en medio de aquel bosque, de donde sa- 
len las últimas luces de la tarde al mismo tiempo que entran 
las primeras sombras de la noche. 

Escúchase luego ruido de pisadas que se acerca ; i dos 
ginetes acompañados de soldados que traen el caballo del Li- 
bertador, al verlo, prorrumpen en alegres exclamaciones.. 

¡ Viva la Patria ! grita Bolívar : ¡ viva la independencia 
de América ! Triunfaremos, infaliblemente triunfaremos ; i sal- 
tando sobre el noble potro : vamos al campamento, les dice, 
i se despide al trote de aquel sitio. 

Síguenle sus compañeros, viendo aquel entusiasmo con 
asombro. 

Reunido, después de frugal comida, á todos sus amados 
compañeros, bajo el pajizo techo de humilde campesino, dí- 
celes de improviso : 

— Soi el desposado con la gloria : en nuestra empresa nos 
ayudarán la sabiduría i la libertad. 

— Está loco, murmuran todos, verdaderamente afligidos. 

—El día ha sido mui fatigoso, continúa diciendo Bolívar ; 



bolívar 



37 



i las últimas impresiones que he recibido han agotado las 
fuerzas de mi espíritu. Dejadme dormir tranquilamente. Ha- 
blaremos mañana. 

— Sí, general, dormid confiado, dice Soublette : el cam- 
pamento está bien defendido : nosotros también necesitamos 
descansar. Manda en seguidas al corneta de órdenes que dé 
el toque de silencio, i después de la nota prolongada i que- 
jumbrosa del guerrero clarín, todo queda callado i en reposo. 




efe efe ¿fe efe <fe efe .-fe ¿fe -ja ¿fe ¿fe ¿fe efe ¿fe ja efe, efe efe ¿fe ¿fe efe -fe efe -fe .-fe ¿h ¿fe ¿fe ¿fe .-fe ¿fe ¿fe .fe -fe -fe £ -fe ¿fe «fe ¿fe .fe -fe -fe ¿fe ¿fe «fe ¿fe ¿fe 




ElííP^ ^EGÜND^ 



Levántase magnífico el sol en uno de 
los primeros días del mes de junio del 
año mil ochocientos diez i siete, ha- 
ciendo brillar con sus matinales rayos 
las esparcidas bocas del Orinoco, inmen- 
sa arteria del mundo que después de recojer 
en cuatrocientas leguas de arrogante curso el 
tributo de cuatrocientos treinta i seis ríos i de 
dos mil abundantes arroyos, bota al Océano, 



40 ETAPA SEGUNDA 

cuando exhausto, tres millones i medio de azumbres' de agua 
en cada segundo de tiempo ; i cuando caudaloso, más de 
diez millones ; i cuya hoya hidrográfica de treinta mil leguas 
cuadradas podría cubrir dos Espafias. 

Obsérvase que el noble río en los últimos días de cada 
marzo comienza á aumentar el volumen de sus linfas, que 
crecen hasta junio, manteniendo entonces alto su rizado lo- 
mo hasta el ardiente agosto, cuando principia á abatirlo len- 
tamente, de modo que los primeros meses del nuevo año lo 
encuentran enflaquecido i fuerzas. 

L,a boca mayor de este río tiene seis leguas de ancho : 
en medio de ella apenas se divisan á uno i otro lado, como 
angostas líneas obscuras, las selvas de sus márgenes ; i cuan- 
do se está en una ribera se creería tener por delante el mar, 
si no delatasen el río lo turbio i lo dulce de sus aguas. 

Tres balandras vienen remontando por la ancha boca i 
en el inmenso zic-zac que forman al ir i venir de una á 
otra orilla, parecen tres grandes garzas blancas que juguetean 
sobre la líquida llanura. En el tope del único mástil que 
cada nave lleva, ondea la tricolor bandera de la Patria vene- 
zolana, i el largo i delgado gallardete que la acompaña, in- 
dica que son buques que forman en la armada de la Repú- 
blica. 

Un punto obscuro, como el de un gran tronco flotante 
se ve que baja por el río al encuentro de las balandras. 
Es una flechera que hace andar el acompasado empuje de 
veinte remos. Una de las naos orza al divisar el diminuto 
esquife, pone á él la proa i en poco tiempo le da caza. 

— ¡ Ea ! compañeros, ¿qué significa esto? pregunta, quien 
es sin duda jefe de la balandra. 

— Capitán Díaz, venimos derrotados, responden los del 
esquife. 

—¡I mi hermano? interroga Díaz, con ojos abiertos por 
el terror. 

— Ha muerto, Capitán: una bala le hirió en el corazón. 

— ¡ Ira de Dios ! grita Díaz, enfurecido por el dolor, me- 
sándose los cabellos. ¿ I los barcos ? 

— En poder de los españoles. 

— ¿ Cuándo i dónde fué el combate ? 

— Ayer, frente á la boca del Macareo. 



BOUVAR 41 

—¿I peleasteis bien? 

— Como leones, Capitán. 

— Vamos ahora, catnaradas, al encuentro de esos malva- 
dos, á vengar la muerte de mi hermano i de sus valientes 
compañeros. 

— Pereceremos también, porque son once sus buques, más 
nuestras tres balandras ; i están entusiasmados por su triunfo. 

— Pereceremos, dice soberbio Díaz : no importa, si damos 
muí caras nuestras vidas. A morir venimos cuando no po- 
demos vencer. Id volando, dice á los del esquife, á comu- 
nicar á mis otras dos naves lo ocurrido i lo resuelto, i em- 
barcaos en una de ellas. 

Sigue la remontada sin novedad alguna hasta la mitad 
del día, hora en que, costeando la isla de Pagayos, descubren 
la escuadrilla española que baja el río clamorosa por su triunfo 
i segura de uno nuevo. 

Poco tiempo pasa i los tres barcos republicanos quedan 
rodeados por los del enemigo, de los cuales cinco atacan por 
.una banda, cinco por la otra i por el frente la nave capita- 
na de la engreída escuadrilla. 

— El valeroso Díaz dispara á diestro i siniestro sus caño- 
nes i sus fusiles ; i cae de improviso sobre tres de las naves 
enemigas, que juzga más débiles, i en peores condiciones para 
la defensa por el viento con que todas maniobran. Las abor- 
da : acuchilla sin piedad á cuantos las defienden, las rinde i 
las deja tripuladas con parte de su gente, cuando vuelve cara 
á los que vienen á acometerlo. Esquivando el ataque que 
puede dañarle, atisba la oportunidad que le es favorable pa- 
ra embestir i descargar certero golpe. Así logra recobrar 
pronto las tres fustas quitadas á su hermano, i que venían á 
remolque i sin defensa, como demasía que no se necesitaba 
para la que se creyó fácil victoria. A las tres reconquista- 
das naves hace Díaz que salten distribuidos en tres grupos 
los sobrevivientes á la rota del Macareo. 

—Con ellas, camaradas, díceles, irguiéndose, el desnudo 
sable alto en la diestra, con ellas á cobrar á esos bandidos 
la sangre de vuestros compañeros. 

Superior ya en número de buques la escuadrilla repu- 
blicana, el furioso margaritefío da la orden de nuevo abor- 
daje, lanzando antes, sobre los más cercanos enemigos, el 



42 



ETAPA SEGUNDA 



fuego de sus fusiles i de sus cañones ; pero aterrorizados los 
españoles ante la furia de aquel temerario valor, i con miedo 
de caer en manos del iracundo capitán, que á gritos lamen- 
ta la muerte del querido hermano, no esperan el ataque i 
huyen á todo trapo hacia Guayana la Vieja á ponerse allá 
al amparo de las fortalezas. 

Gran trecho los va siguiendo el implacable Díaz ; pero 
sin poderles dar alcance : tan maltratados quedaron sus 1 ba- 
jeles, i tan causados sus defensores en la terrible i desigual 
refriega. 

Aquella flotilla es la vanguardia de la escuadra que trae 
Brion á Bolívar para completar la republicana conquista de 
Guayana. 

El día siguiente, cuando la aurora tiñe de reluciente car- 
mín las nubes del horizonte oriental i enrojece las amarillen- 
tas aguas del Orinoco, se divisa entrando por la gran boca, 
como bandada de blancos cisnes, numerosas velas que tur- 
gentes arrastran diversas naves de alto bordo. 

L,a bandera de la República tremola sobre los topes. 
¡ Es la escuadra de Brion ! 

¡ Salve, salve mil veces á los que vienen á redimir la 
Patria del opresor dogal de la colonia ! Majestuosa procesión - 




la de esos buques, tripulados de héroes i cargados de ele- 
mentos para la guerra, surcando las anchas aguas del ma- 



bolívar 43 

jestuoso río que en breve tiempo será línea divisoria entre 
republicanos i realistas, i para estos por siempre inabordable. 

Avisado el almirante Brion de la hazaña de Antonio 
Díaz, por comisionado que este le envió anunciándole que 
esperaba en la boca del Macareo, ordena á todos sus buques 
se estén al pairo al encuentro de la victoriosa escuadrilla, i 
que al llegar Díaz á bordo de la capitana, cada buque haga 
un disparo de cañón i salude á los bizarros marinos con la 
enseña de la Patria. 

Así se verifica aquella escena de arrobador entusiasmo, 
pues nunca fueron más justos los honores que aquellos tri- 
butados al héroe de Pagayos. 

El trueno de los cañones llevado en alas de los vientos, 
llega hasta Casacoima á anunciar á Bolívar la fausta nueva 
del arribo de la escuadra republicana por él tan ansiosamente 
esperada. 

Ordena Brion á Díaz que vaya con su escuadrilla á Güi- 
ria á repararla i á esperar allí nuevas órdenes, i sigue con 
sus buques á soltar anclas frente á la boca del caño Casa- 
coima. Sobre sus dormidas i engolfadas aguas aparece ligero 
bote bogando hacia la escuadra. Un ¡ viva el libertador ! 
sale de todas las bocas de los tripulantes al reconocer entre 
los que llegan al egregio caudillo. El solemne bramido del 
cañón lo saluda también en cada navio, que por un instante 
adorna su arboladura con blanquísimo penacho de espeso 
humo. 

Inmensa alegría conmueve dulcemente el corazón de to- 
dos los patriotas allí congregados. 

— "Compañeros, dice Bolívar, gracias á esta escuadra que 
nos trae el entusiasta i esforzado Brion, Guayana será toda 
nuestra pasados pocos días, i constituirá el cimiento in- 
conmovible de la independencia de la Patria i de sus más 
puras glorias." 

El contento de los republicanos sólo podrá ser igualado 
con el desaliento que el arribo de esta escuadra infiltrará en 
el ánimo de los realistas de Angostura, tiempo ha sitiados 
estrechamente por tierra, i recibiendo escasos recursos por el 
Orinoco. 

I*a infatigable actividad del Libertador no permite que su 



44 



ETAPA SEGUNDA 



propia alma, ni la de sus compañeros se extasíen en el re- 
poso por aquella felicidad. Apenas desahogado el entusias- 
mo por las estrechas válvulas de la discreción, dase Bolívar 
al trabajo de recibir los elementos de guerra que se traen, 
de disponer el desembarque de algunos i su distribución en- 
tre las tropas que más cerca de allí acampan. Quienes fa- 
brican la esférica bala de plomo, quienes el cartucho de pa- 
pel que la contiene lleno de negra pólvora ; unos limpian los 
fusiles i prueban si el pedernal golpea bien en el rastrillo i 
arroja certero el manojo de chispas sobre la cebada cazoleta ; 
Otros untando con aceite los ejes i los muelles del mecanis- 
mo, logran que ejecute suave i seguramente sus movimientos; 
estos limpian la aguda bayoneta i prueban, armándola i des- 
armándola sobre la boquilla del fusil, lo justo del enganche : 
aquellos cuentan i organizan cartucheras, tahalíes i vestuarios ; 
i los marineros remedian cuanta avería traen los buques de 
la salvadora escuadra. 




Pocos días trascurren en estas faenas, que á bordo de las 
naos parecen afanes de gigantezco colmenar, cuando un es- 
quife apostado aguas arriba del fondeadero, corre á dar la 
voz de alarma, porque viene navegando hacia aquel punto 
toda la escuadra española. 

Tócase en cada buque á zafarrancho de combate : cár- 
ganse todos los cañones ; alístanse velas i cabos para las ma- 



bolívar 45 

niobras : cada marino toma un arma i ocupa su puesto ; 
ízanse banderas i gallardetes ; i se espera al enemigo con la 
resolución de escarmentarlo. 

Favorecidos por una brisa fresca i sostenida que sopla 
del oeste i por la corriente de las crecidas aguas del río. vie- 
nen los barcos españoles enfilados deslizándose con rapidez so- 
bre la superficie ligeramente encrespada del Orinoco. Lle- 
gando ya á Casacoima por el medio del río, lánzanse de 
improviso hacia la orilla izquierda sobre Barrancas, ponién- 
dose lejos del alcance de los tiros republicanos. Estos espe- 
ran que den frente de batalla para romper los fuegos ; pero 
tarda poco en descubrirse que el más remoto pensamiento en 
ellos es el de combatir, porque hiendo van á escape. ■ 

Reconocida la fuga, toda la escuadra de Brion, aunque 
algo tarde, leva anclas, desata lonas i se lanza á perseguir. 

En los primeros i mejores buques han posado i salvádo- 
se el General La Torre, sus tenientes i cuanta tropa tenía la 
causa española en Guayana. De los más atrasados alcáuzau- 
se muchos que llevan numerosa emigración. 

Al amanecer el día siguiente sábese que los castillos de 
Guayana están abandonados, i Bolívar dispone que el cons- 
tante i valeroso Urdaneta vaya con suficiente fuerza á ocu- 
parlos ; i en la tarde llega esquife enviado por Bermúdez 
desde Angostura, anunciando que ocupa la importante ciu- 
dad por abandono que de ella ha hecho el enemigo. 

Guayana, . la vasta i opulenta provincia venezolana, el 
recinto formidable de la República está todo libre de espa- 
ñoles. Tiene la Patria su baluarte inexpugnable, de donde 
van á partir los rayos destructores de la ibérica opresión. 

Angostura se transfigura en. Sinaí. A amarrarse á sus 
orillas va la gallarda i numerosa escuadra : á laborar en su 
recinto va el Libertador i su ejército de patriotas. 

Dos meses trascurren en la febril agitación de los traba- 
jos ordenados por Bolívar, para prepararlo todo á golpes de- 
cisivos en las próximas batallas. Mil inconvenientes surgen 
como obstáculos á sus planes ; pero nuevas decisiones de aque- 
lla voluntad formidable los destruyen ó los evitan. 

Los primeros días del mes de agosto lo sorprenden en 
San Félix. Cuando fatigado de la terrible labor del mando 



46 ETAPA SEGUNDA 

se prepara á descansar algunas horas en su habitación, el 
ayudante de guardia le anuncia la llegada de varios impor- 
tantes jefes que desean hablarle sobre asunto grave. 

Recibidos por el Libertador, uno de ellos habla así : 
— Excelentísimo señor, venimos á comunicaros un asunto 
de la mayor importancia para la salud de la Patria, i á 
pediros una resolución eficaz para salvarla de inminente pe- 
ligro. Sabéis, señor, que Piar, el héroe de San Félix, ten- 
tado por el demonio de la soberbia, os ha venido exigiendo 
persistentemente su separación del ejército. Por complacerle en 
parte os dignasteis concederle una licencia temporal el último 
día de junio. Después de ese permiso, i aunque pertenece 
hoi como ayer al ejército nacional, su ocupación diligente i 
favorita, en Upata primero i hoi en Angostura ha sido i es 
promover en nuestras filas el desconocimiento de vuestra au- 
toridad. Sembrada la insubordinación en el ejército, germi- 
nará i dará sus venenosos frutos, i la Patria, todavía tan 
combatida, será llevada á una ruina total i bochornosa. Mu- 
chos otros jefes seguirán el pernicioso ejemplo si no se de- 
tiene con el dique de un ruidoso escarmiento, este torrente 
de maldad. Piar es una figura encumbrada i brillante en el 
ejército libertador ; pero la eminencia de su posición da á 
sus golpes mayor violencia en los estragos, i por eso mismo 
la severidad del castigo que lo postre tendrá eco grande, i el 
rumor de su desgracia repercutirá clamoroso en toda la Re- 
pública. Traemos aquí irrefutables pruebas de cuanto os de- 
cimos. • 

Quien así habla coloca un montón de papeles escritos 
sobre la mesa en que el Libertador apoya el brazo derecho 
para sujetar con su diestra la frente inclinada i pensativa. 
Hojea los papeles uno á uno, i luego entrégase á leerlos, 
mientras sus tenientes, apartados al opuesto extremo de la 
sala, platican en voz baja. 

— ¡ Bien ! exclama Bolívar, poniéndose rápidamente de pie : 
probemos todavía. I nombrando á uno de los presentes para 
que escriba, dicta una orden al jefe de la plaza de Angos- 
tura para que reduzca á prisión al General Manuel Piar i lo 
envíe, sin demora, debidamente custodiado al cuartel del Es- 
tado Mayor del Ejército Libertador. Escrita la orden, fír- 



bolívar 47 

mala Bolívar i la da á un oficial, que al punto ha de po- 
nerse en marcha para Angostura. 

Satisfechos se muestran los ánimos de aquellos jefes con 
lo decidido por el Libertador ; dan gracias al amado caudillo 
i mutuamente se felicitan. 

Cuando van á despedirse de Bolívar, anunciase el arribo 
de un comisionado de Margarita con buenas noticias para la 
Patria. Acójesele con inmensa alegría, i Bolívar i sus compa- 
ñeros quieren que relate al momento cuanto hubiere aconte- 
cido en la benemérita isla. 

"Con veinte grandes buques i tres mil soldados españo- 
les, dice el recienllegado, apareció Morillo en las costas de 
Margarita ; i en los días diez i seis i diez i siete de julio de- 
sembarcó sin oposición en los Varales. Nuestras tropas eran 
solo mil trescientos hombres mal armados al mando del Ge- 
neral Francisco Esteban Gómez, i nos retiramos al Carauai 
para alejar á los españoles del apoyo de su escuadra. Mo- 
rillo ocupa á Porlamar el 23 ; domina el Valle del Espíritu 
Santo i entre á Pampatar el 25. Pensaba sin duda Mori- 
llo, lleno de inefable satisfacción, por la poca resistencia que 
se le había opuesto hasta entonces, que el terror se había 
apoderado al fin del corazón margariteño ; i ansioso de com- 
pletar la reducción de la isla entera, puso en marcha su ejér- 
cito sobre nuestra capital remontando por el cerro de Mata- 
siete, desde cuya altura podía reconocer .enteramente nuestro 
campo. Sus avanzadas fueron atacadas allí por las nuestras 
con tanto denuedo que Morillo tuvo necesidad de reforzarlas. 
Reforzadas igualmente las nuestras, lo que había sido esca- 
ramuza tomó aspecto de rudo combate. La soberbia de Mo- 
rillo exasperada por nuestro arrojo, i alentados nuestros bríos 
con las defensas que nos daban las intrincadas quiebras del 
terreno en que se peleaba, fueron enardeciendo más i más 
cada vez la lucha, hasta que llegó á ser batalla desespera- 
da. El fuego más nutrido que jamás hayamos escuchado for- 
maba como un solo é interminable trueno, que repercutía en 
todos aquellos campos empapados en sangre ; i las impreca- 
ciones de la rabia, los ayes de los heridos, las enérgicas 
voces de mando, el metálico clamor de la corneta, iban mez- 



48 ETAPA SEGUNDA 

ciados á confundirse en los aires al ruido del tiroteo, al bra- 
mar de los cañones i á los silbos de lasábalas. I allá en todos 
los hogares marga riten os, subía también la exclamación de 
dolor i desesperación de todas nuestras madres, de todas 
nuestras esposas amenazadas del más horrible infortunio." 

"Cuando nos faltaban pertrechos, mientras estos llegaban, 
para no dar tregua á la matanza, alzábamos como ambas 
manos sobre nuestras cabezas, piedras enormes que lanzába- 
mos como cíclopes sobre los españoles espantados." 

"Siete horas duró aquel rabioso pelear. El número de 
muertos i de heridos en el ejército español fue tan grande, 
que Morillo pensó que por aquel lado no le era posible ren- 
dirnos, suspeudió la batalla i se retiró á Pampatar. Movió- 
se de allí el seis de agosto por la vuelta del sur, i el 7 
ocupó á San Juan i al Portachuelo. Mientras marchaba con 
todas sus fuerzas al puerto de Juan Griego, envió gruesa 
columna, camino de la Aguada, para oponer resistencia á 
cualquier auxilio que Gómez quisiera enviar al amenazado 
recinto, donde la escuadra española que surgía en aquellas 
aguas, ayudaría al cruento sacrificio que la ferocidad espa- 
ñola había decretado. El día ocho ocupó Morillo ese puer- 
to ; pero después de una reñidísima defensa de los marga- 
riteños. El Coronel Juan Bautista Cova i el Capitán Juan 
Bautista Figueroa, fueron los héroes de ese día. Arrojados 
de sus atrincheramientos al furioso empuje de las tropas 
realistas, volvieron sobre ellos desesperados i lo? reconquista- 
ron con asombroso estrago en la hueste enemiga, soportan- 
do allí por mucho tiempo, la tempestad de hierro i plomo 
que sobre ellos se lanzaba. Agotadas nuestras fuerzas en 
la prolongada i ruda fatiga, i nuestros pertrechos en el nu- 
trido fuego, nos retirábamos atravesando unas ciénegas ba- 
jas que allí existen, cuando fuimos cargados i acuchillados 
sin piedad por el mismo Morillo i su caballería. Mui pocos 
escapamos con vida." 

"Exhaustos ya de lucha tan desigual, sin elementos para 
combatir, sin esperanza de auxilios, conservábamos únicamente 
el valor para morir con gloria, cuando al mes cabal del pavoroso 
desembarque, vimos reembarcar á Morillo i á la mayor par- 



BOU VA R 49 

te de sus tropas, i alejarse de nuestras costas, silenciosa, aque- 
lla grande escuadra. ¿A. qué causa atribuir tan feliz suce- 
so para nuestros desfallecidos ánimos? Lo supimos luego. 
La noticia de la completa ocupación de Guayana por el Li- 
bertador desconcertó los planes de Morillo i lo dispuso á em- 
presa más formidable." 

El margariteño termina su animado informe con una son- 
risa en que muestra mezclados el noble orgullo i la justa 
satisfacción. 

Avisado el Libertador por un soldado asistente de estar 
lisia la comida, fueron invitados por Bolívar los que en la 
sala estaban á compartir con él aquella tarde el frugal ali- 
mento de campaña. Hizo traer vino i sirvió sendas copas ; 
i alzando la suya antes de bebería á la altura de la frente 
"Gloria á Margarita i á sus heroicos hijos," exclama i toca. 
con su copa la del comisionado margariteño. 

Sentados después en torno de la modesta mesa, cómese alegre- 
mente i se platica con entusiasmo sobre las luchas por la patria i 
sobre las halagüeñas promesas que parece le guarda lo porve- 
nir, hasta que avanzada la noche, el deseo del reposo lleva á 
cada cual á disfrutarlo en los brazos de la fatiga i del sueño. 

Pasan diez semanas en la eterna rueda del tiempo ; i en 
la infinita sucesión de los días, nace el diez i seis de octu- 
bre de mil ochocientos diez i siete, no como casi todos sus 
hermanos, de entre los carmíneos pañales de la aurora, sino 
envuelto en el opaco tul de una densa niebla. 

¡Día triste! Los ánimos de todos los habitantes de la ciu- 
dad de Angostura están taciturnos : se habla poco i en voz. 
baja : los gestos son de melancolía. 

Asoma de cuando en cuando el sol por la abertura que 
le dejan espesas i obscuras nubes, i ocúltase al instante, su- 
mergiéndose de nuevo en ellas como si no quisiese ver algo 
sombrío i terrible sobre la tierra. El viento, cargado de 
humedad, pasa en repetidas ráfagas mugiendo en las entrea- 
biertas ventanas i susurrando en el ramaje de los árboles. 

A las tres de la tarde, la plaza mayor aparece llena de 
tropas formadas en batalla sobre sus cuatro lados. En el 
rincón que forma la fachada lateral de la iglesia catedral 
con su torre, alístase lugar para un suplicio. 



50 



ETAPA SEGUNDA 



A las cuatro i media sale de una de las casas que dan 
frente á la plaza, escoltado por un piquete de infantería, el 
reo á quien van á ajusticiar, el General Manuel Piar, que 
llegado al cuadro de la bandera de parada, se detiene, da 
frente á ella, la saluda, i oye la lectura de la sentencia dicta- 
da contra él por un consejo de guerra, de ser pasado por las 
armas por los delitos de insubordinación, deserción, sedición 
i conspiración. Marcha luego al sitiq 
donde debe ser ejecutada, i en él es- 
pera sereno la voz de mando del ofi- 
cial de una guerrilla, cuando los sol- 
dados que la forman le apuntan el pe- 
cho con sus fusiles. Fuego ! dice aquél ; 
estalla la mortífera descarga ; i el ven- 
cedor en el Juncal i en San Félix, cae 
á tierra exánime. El redoble del tambor 
óyese luego retumbante en medio de 
un silencio aterrador. Cesa, i la voz 
de mando del Jefe ordena la marcha 
de todas las tropas desfilando al lado 
del inmóvil i pálido cadáver que mana 
sangre. Alejadas después, en camino 
á sus distintos cuarteles, el vibrar de 
los parches, acompañado de los que- 
jumbrosos clarines guerreros, se mez- 
clan en los aires, se difunden i se ex- 
tinguen como suspiros. ínterin, con 
escaso séquito es llevado en caja mor- 
tuoria cubierta de negro i tosco paño, 
el cuerpo ya rígido del infortunado 
General para ser enterrado en el ce- 
menterio de la apesarada ciudad. 

Húndese el sol en el horizonte occidental, i deja á la 
noche su imperio sobre los campos que riega el Ori- 
noco. 

Bolívar, pensativo, paséase solo á lo largo de una de las 
salas de la morada que le sirve de de habitación : apenas da 
luz allí una pequeña lámpara que arde sobre la mesa central. 
Breve rato después, como agobiado por la carga de una ho- 




bolívar 51 

rvible preocupación, reclínase sobre un sofá arrimado á 
una de las paredes. 

Claridad de alba ilumina de improviso la estancia. Apa- 
recen Eroclea i Eleutera : la primera triste el semblante ; la 
segunda con él adusto. 

— Dichoso yo, exclama Bolívar, arrojándose á ellas, di- 
choso yo, porque venís en estas horas de mi angustia i de 
mi dolor ; en estas horas en que el peso de la misión de 
mi vida oprime con inmensa energía mis fatigados hombros. 
Así me demostráis vuestro amor, porque los que no aman se 
alejan de aquellos á quienes el peligro amenaza ó hiere la 
desdicha. 

Ya lo sabéis : por la salud de la patria ha sido necesa- 
rio ejecutar hoi una sentencia dolorosa para mi alma : el fu- 
silamiento de Piar. Embriagado por los favores de la fortu- 
na i tentado de desordenada ambición, pretendió sepultar en 
ruinas á la patria, que había sido pródiga al recompensar 
sus espléndidos servicios. Desatendió á mi clamor : desobe- 
deció mis órdenes ; huyó lejos á ponerse fuera de mi alcan- 
ce, promoviendo la insubordinación, conspirando contra la 
república. Estaba allegando tropas en Maturín cuando se le' 
redujo á prisión. Sometido en esta ciudad á un consejo de 
guerra, se le ha juzgado legalmente con la formación de un 
voluminoso expediente : el tribunal le ha sentenciado con toda 
la severidad de las leyes militares. 

Diez veces más ponderables he sentido mis deberes de 
libertador al confirmar la sentencia dé Piar, que cuando 
dicté la terriblemente famosa declaración de la guerra á 
muerte. Eu ambas ocasiones, lo sabe Dios, he pensado solo 
en salvar la independencia de la patria. 

— El bien de poseerla es precioso por lo mucho que 
cuesta, dice Eleutera. No hai sacrificio que por lograrlo 
deba dejar de hacerse, á menos que sea el sacrificio de la 
virtud. La muerte legal de Piar, aunque dolorosa, será la 
muerte de toda ambición infame i de la insubordinación fe- 
cunda en catástrofes, que venía corroyendo la estabilidad na- 
cional á la faz misma de implacable enemigo. Semillas mal- 
ditas que germinan voraces al calor de los odios que alienta 
la terrible Diconoa. 



52 KTAPA SEGUNDA 

— L,a bella i graciosa Eroclea dice : No quiero que mi 
inteligencia hable, sino mi amor, en estos solemnes trances : 
ojalá no hubiera sido necesario apurar este cáliz de amargu- 
ra, porque tus pesares, Bolívar, son mis pesares : quiero para 
tí éxito admirable i gloria refulgente, sin nieblas en ningún 
punto, sin nube obscura que proyecte lunar en el rutilante 
nimbo, aunque á ello se opongan todas las fragilidades hu- 
manas. Consumado está el hecho: que lo juzguen Dios i la 
Historia. 

— Sí, dice Eleutera, ante la excelsa figura de la patria, 
yérgase ella, i cubramos á sus pies compasivos el sangrien- 
to cadáver de Piar. Urge ahora que sepas, Bolívar, que 
Marino se muestra también insubordidado, i que importa 
mucho á la patria, ganarlo para la militar disciplina. 

— Será declarado disidente, dice Bolívar, i Bermúdez 
marchará á las Provincias Oriénteles para sustituirlo como 
Jefe de ellas. 

— Confía al leal á inteligente Urdaueta, agrega Eleutera, 
el mando de las tropas que regía Piar : él sabrá adiestrarlas 
para la lucha tenaz que todavía será necesario sustentar por 
mucho tiempo. 

— I yo te aviso, Bolívar, dícele Eroclea, que debes aho- 
ra desplegar todas las energías de tu carácter. Morillo mue- 
ve poderoso ejército en contra tuya, dividido en tres cuer- 
pos : uno sobre Apure al mando de Calzada i Aldama ; otro 
sobre los llanos barceloneses al mando de La Torre ; i otro 
que él mismo guía en línea intermedia al rumbo de los otros 
dos, para auxiliar con presteza á aquel que llegue á necesi- 
tarlo. 

— Sabes, amada Eroclea, que todas las energías de mi 
alma i de mi cuerpo están prontas á emplearse i aún á con- 
sumirse en el servicio de la gran causa americana. Para ella 
estoi siempre listo al trabajo, á la lucha i al sacrificio. Que 
vengan para mí penas innúmeras si por ellas ha de venir al 
fin la ansiada independencia. 

— I por qué Sofía no está hoi con vosotras ? pregunta 
Bolívar ; cuánto me agradaría en esta ocasión oir su palabra 
severa, pero sabia i llena de magestad. Sus consejos serían 
mandamientos que obedecería con veneración. 



BOLÍVAR 



53 



— Sofía, dice Eroclea, da actualmente aliento á sus hijos 
predilectas, los que en Europa i en los Estados Unidos se 
consagran al profundo estudio de la Naturaleza i de las le- 
yes qne en ella rigen el movimiento i la vida. Bástate por 
ahora con tu propio talento i tu experiencia. Mi nmor dará 
vigor i encantos á tu alma, i Eleutera te comunicará la fuer- 
za de su entusiasmo. 

— Vamos á dejarte. Bolívar, dice Eleutera. 

— Oh ! no, por Dios : acompañadme algunos instantes 
más: me es tan dulce i consoladora vuestra compañía. 

— Llegamos solo á traer la calma á tu agitado espíritu, 
dice Eroclea : pero tu cuerpo debe reposar de las fatigas de 
este día, porque muchos otros te esperan de titánica labor. 
Dejamos saturada tu estancia de suave i delicioso perfume 
que hará lentos los latidos de tu corazón, i cenará pesados 
los párpados á tus negros i chispeantes ojos, i hará huir 
de tu cerebro el febril calor que lo exalta. Duerme, espo- 
so mío. 

Mientras habla Eroclea, Bolívar se reclina en el sofá, 
cierra lentamente los ojos ; mueve los labios sin fuerza para 
hacer vibrar la palabra ; deja caer como muerta la mano que 
antes extendió á las bellas ninfas, i queda rendido al 
sueño. 




54 



ETAPA SEGUNDA 



La luz como de alba se extingue al desaparecer las di- 
vinas mujeres, i en la sala en que Bolívar duerme torna á 
brillar como luciérnaga la gualda luz de la pequeña lampa- 
rilla. 

El último día del año mil ochocientos diez i siete, des- 
pués de setenta días de incesante i afanoso trabajo por par- 
te de Bolívar i del ejército que organizaba i había ido des- 
pachando en diferentes buques i también por tierra, se em- 
barca el mismo i comienza la remontada del gran río. 

Le trae todavía apesarado la derrota sufrida por Zaraza 
el dos de diciembre en el sitio de La Hogaza, no tanto por 
las pérdidas sufridas, que fueron muchas i lamentables, sino 
por el honor de las armas republicanas allí humillado triste- 
mente por el bravo español La Torre. 

Pero le anima lo fuerte del ejército que ha logrado or- 
ganizar, i que unido á las temidas caballerías de Páez en 
el Apure, constituirán el formidable ariete que golpeará pri- 
mero sobre los muros de San Fernando para arrebatar á 
España este último baluarte al Sur de Venezuela ; i después 
sobre los de Calabozo para sepultar bajo ellos á Morillo i 
.su ejército, último resto de la opresión colonial. 




bolívar 



55 



La navegación se hace con desesperante lentitud, porque 
se va contra la corriente, i los vientos, tardíos en aparecer soplan 
sobre la vela débilmente. 

De una margen á la otra la vista se entretiene en la 
contemplación de las mil maravillas que allí ha derramado 
la naturaleza con asombrosa prodigalidad. 

Primero la ancha playa ó el alto barranco que se des- 
tacan con roj iza-amarillez al pie de la verdura del bosque, 
formando el lindero de las aguas, revelan que el nivel de 
éstas, ha comenzado á bajar desde hace muchos meses: des- 
pués, como empalizada hecha por cuidadosa mano, hileras de 
arbustos que nunca llega« á la altura de un hombre : mas 
al interior, el brillante i gárrulo penacho de palmeras con 
espinosos troncos ; i detrás de ellas, el bosque obscuro don- 
de crecen corpulentos los cedros i los caobos, los coposos 
tamarindos, los copaibos, ricos en aceite, i los algorrobos, en 
resina, entrelazados todos por caprichosas trepadoras que for- 
man arquerías i templetes, ventanas i balcones, donde quisie- 
ra la imaginación que se asomasen sonrientes las hadas de 
los cuentos. 




Ora sobre alto i desojado ra- 
maje aparece grupo de mo- 
nos que ahulla cuando pasan 
los barcos ; ora bandadas de loros gritando, donde brilla ca- 
da ave como esmeralda herida por los rayos del sol ; ya por 
boquetes abiertos en la selva ¿parece cauteloso el jaguar ace- 
chando el dorado i tímido agutí que mitiga la sed en las lili- 



5 6 



ETAPA SEGUNDA 





fas del río ; ya la danta, el 
enano elefante de América, i 
el cerdo almizclado, que hu- 
yen al más leve ruido, asustados i veloces ; aquí cocodrilos 
que despiertan, se arrastran lentamente descendiendo en la 
inclinada playa, i se hunden silenciosos en el agua ; allá 
garzas blanca« que vuelan á lo largo del río, i más lejos 
garzas rojas que parecen nubéculas de crepúsculo. 

Cuaudo la luna llena brilla en el cielo de la media no- 
che, i las brisas duermen, i el río apenas murmura en la 
proa i en las bandas del bajel, i tendidos sobre la cubierta, 
se descansa, desvelados, del fatigoso día, óyese arriba en los 
aires, ruido incesante de gritos i ahullidos que sale de la sel- 
va, i abajo, en la superficie del río, el acomoasado bufar de 
las manadas de delfines que pasean las aguas. 

Dos semanas emplea Bolívnr en remontar de Angostura á 
Caicara. Allí está Cedeño. 

De Caicara continúa la marcha del ejército para L,a Ur- 
bana. Bolívar sale cinco días después de su llegada con las 
últimas tropas acompañado del valiente Cedeño. Detiéuese 
en el camino en el sitio de L,a Encaramada para contemplar 
las rocas gravadas por antiquísimao buril que dejó . allí en 
toscas figuras i torcidas líneas la expresión de una idea, que 
es hoi la mortificación de un enigma. ' 

Más adelante atraviesan el río que va á desaguar al 
Oriuoco, en medio de las célebres playas á donde cada año 
acude muchedumbre innumerable de tortugas á escabar en la 
arena los nidos que reciben millones de sus huevos. 



BOLÍVAR 



57 




El día veinte i uno está reunido en La Urbana todo el 
ejército republicano : dos mil infantes i mil ginetes, numero- 
so parque, algunas piezas de artillería, caballos de repuesto, 
muchas reses, sal, vestuarios i botiquín. 

Tres días se emplean en trasladarlo todo á la opuesta 
orilla, cerca fiel lugar en que el río Arauca rinde su tri- 
buto al Orinoco, después de atravesar los dilatados llanos 
apúrenos. 3 

Desde aquel sitio se emprende la marcha hacia San Fer- 
nando ; pero solicitando antes una entrevista con Páez, quien, 
de orden de Bolívar, debía estar reconcentrando todas sus 
fuerzas. Marcha esta más lenta que la remontada del Ori- 
noco, porque, arreando gran número de acémilas i de novillos, 
había que cruzar muchos ríos. 

El día treinta de enero del nuevo año de mil ochocien- 
tos diez i ocho, descansa Bolívar en el hato de Cañafistola 
para continuar la marcha hacia San Juan de Payara, cuando 
descubre lejos en esa dirección un cuerpo de giuetes que 
marcha acercándose. Advertido de que aquel es el General 
Páez con su comitiva, monta su caballo i acompañado desús 



58 ETAPA SEGUNDA 

edecanes, sale al encuentro del esforzado caudillo llanero. 
Desmontados ambos al encontrarse, se abrazan estrechamente. 
Es la primera vez que se ven aquellos adalides de la inde- 
pendencia. La energía de la inteligencia i la energía de la 
fuerza se juntan para sumarse en beneficio de la naciente 
patria. 

Vueltos al lomo de sus briosos caballos de guedejudos 
cuellos, se dirijen á San Juan donde queda establecido el cuar- 
tel general de la república. 

Mientras se prepara la comida para el Libertador, este 
quiere que Páez refiera los sucesos de la guerra que ha 
presidido hasta este día, i Páez, complaciéndolo habla así : 

"Después de mis sufrimientos en la ciudad de Barinas, 
bajo el poder de Pui. de cuyas manos escapé vivo milagro- 
samente, i después de vagar perseguido por mucho tiempo, 
me incorporé en aquella misma ciudad á García de Sena que 
la ocupó con fuerzas republicanas. Este jefe me nombró co- 
mandante del pequeño escuadrón que formaba su caballería, 
i con él marché á Mérida, donde aquel pequeño ejército que- 
dó disuelto. Allí permanecí sin servicio hasta que decidí ve- 
nir á los llanos de Casanare, donde lo tomé á las ór- 
denes de Olmedilla, i el último día de diciembre del año mil 
ochocientos quince, combatí al lado de Nonato Pérez i á las 
órdenes del comandante Miguel Guerrero contra el ejército 
de Calzada en el Banco de Chire. El general Ricaurte me 
nombró, después de esta acción de armas, jefe de quinien- 
tos hombres de caballería ; i habiendo salido con ellos en 
en busca del enemigo, á poco andar, encontré la guerrilla de 
vanguardia observando una gran nube de polvo que se le- 
vantaba allá lejos sobre la llanura ; i no tardé mucho en des- 
cubrir que era el ejército español que marchaba sobre noso- 
tros. Se acercaba ya la noche ; pero no era posible evitar 
el combate sin esponernos á ser completamente destrozados. 
Convencidos de nuestra apurada situación, cargamos furiosa- 
mente sobre la caballería enemiga i luchamos con ella has- 
ta derrotarla. Derrotados i envueltos los e c cuadrones españo- 
les, su infantería quedó sin apoyo i buscó refugio en el 
bosque que crece á la margen del Apure. El sitio de ese 
combate nocturno es el llamado de Mata de Miel, i costó al 



bolívar 59 

enemigo cuatrocientos muertos, quinientos prisioneros i más 
de tres mil caballos, Sobresaliaron en él por su extremado 
valor Genaro Vásquez, Nonato Pérez, Miguel Autonio Fi- 
gueredo, Antolín i Hermenegildo Mujica, Francisco Hurtado, 
Gregorio Brito i Juan Ant? Romero." 

"Por este combate el Gobierno de Nueva Granada me envió 
el despacho de Coronel de sus ejércitos. 

"¡Cuántas penalidades hemos sufrido después! Por único 
alimento durante meses enteros hemos tenido la carne asada 
sin sal i sin pan. Los caballos para las remudas eran cerri- 
les, i antes de utilizarlos había que ejecutar con ellos el ru- 
dísimo trabajo de amansarlos. El vestido se redujo muchas 
veces á un simple guayuco ; por zapatos se tenían cotizas de 
cuero crudo ; i por sombrero, un pañuelo arrollado á la cabe- 
za. Se buscaba en los combates la muerte como dulce alivio 
á tanto sufrimiento. La emigración de mujeres i niños que 
con frecuencia nos seguía huyendo de la ferocidad española, 
embarazaba dolorosamente nuestras marchas, aumentaba nues- 
tras necesidades i desconsolaba nuestros ánimos. ¡Cuántas ve- 
ces de nuestros ojos, que lucían feroces, saltaban lágrimas ! " 

"Al finalizar el setiembre de aquel año nos dirijimos al 
Bajo Apure por el camino de La Trinidad i Rincón Hondo i 
de allí á Achaguas. Al tener de ello noticia el español Ló- 
pez salió á mi encuentro, i acampado en el hato del Yagual, 
se defendió brillantemente de nuestro rudo i empecinado ata- 
que, que sinembargo le dejó extenuado." 

— "Después de un año, fecundo en peripecias i combates 
de poca importancia, que sería largo relatar, eu los últimos 
días de enero del año diez i siete, reunido á Nonato Pé- 
rez, acampamos en el sitio de Mucuritas, para esperar allí á 
La Torre, que había dormido con sus fuerzas una legua dis- 
tante de nosotros. Tres mil infantes i mil setecientos ginetes 
componían el ejército español : el nuestro lo formaban mil 
cien ginetes que dividí en tres líneas : la primera al mando 
de Nonato Pérez i Antonio Rangel ; la segunda al de Ra- 
fael Rosales i Doroteo Hurtado ; i la tercera al de Cruz Ca- 
rrillo, todos valientes hasta el asombro." 

La Torre avanzaba en formación de batalla : su infante- 
ría en medio de dos grandes cuerpos de caballería. Deja- 



6o ETAPA SEGUNDA 

mos que llegasen á tiro de fusil, i á su primera descarga 
nuestra primera línea avanzó al galope dividiéndose en tíos 
mitades para cargar á derecha é izquierda la caballería ene- 
miga, que formaba las alas del campo español. Nuestra 
segunda línea cargó luego en la misma forma ; i poco tiem- 
po después toda la caballería realista estaba derrotada i dis- 
persa, i su infantería amenazada por todos lados. En aquel 
momento, verdaderamjtne conflictivo para La Torre, cincuen- 
ta hombres, que de antemano había apostado en diferentes 
puntos de la llanura, dieron fuego al alto i seco pajonal 
que la cubría, i en pocos instantes, unidas todas las llamas, 
formaron una alta muralla de fuego que el viento empujaba 
velozmente sobre el ejército español pora devorarlo. Este pu- 
do huir, sinembargo, aprovechando la salida que le propor- 
cionaba una cañada que aún conservaba agua i pasto verde. 
Su retirada fué mui precipitada, i durante ella tuvo que sufrir 
repetidas i terribles cargas de nuestra caballería, que saltaba 
muchas veces por sobre las llamas para atacarlos." 

" Yo creo, Libertador, que las acciones de Mata de la 
Miel, Yagual i Mucuritas han sido fecundas en bienes para 
la independencia de la Patria. Si es verdad que hemos sido 
implacables i terribles durante los combates, hemos tenido 
empeño en ser generosos i aún magnánimos con el vencido 
para conquistarlo á nuestras banderas ; i es por eso que hoi, 
los mismos diestros i bravos ginetes que acompañaron á Bo- 
ves, forman en las filas de la Patria luchando por su inde- 
pendencia." 

"Libertador, yo i todos los valientes que me han acom- 
pañado en estas incesantes i peligrosas luchas, os aclamamos 
con placer jefe de la República, i con orgullo i alegría os ve- 
mos en los llanos de Apure." 

— Vuestros servicios, Páez, i los de vuestros valerosísi- 
mos compañeros, dícele Bolívar, en medio de tantas priva- 
ciones, dificultades i peligros, son dignos no solamente de 
aplausos sino de admiración. Yo espero que con igual cons- 
tancia, abnegación i valor continuareis prestándolos para bien 
de la Patria i para eterna gloria de vuestros nombres. 

He venido resuelto, agrega después de breve pausa, en 
que queda un instante pensativo, he venido resuelto á rendir 



bolívar 6 i 

á San Fernando para quitar á tos españoles esta importante 
i única plaza que retienen en su poder en el Sur de la Re- 
pública ; pero al mismo tiempo debemos marchar á comba- 
tir á Morillo que ha fijado en Calabozo su cuartel general. 
Si no se nos rinde inmediatamente San Fernando, debiéra- 
mos dejarlo amagado por tierra con fuerzas suficientes, i por 
agua con la escuadrilla de Antonio Díaz, que debe llegar 
pronto al río Apure, i marchar á Calabozo en busca de Mo- 
rillo. 

— Este último plan será el que habrá de adoptarse, dice 
Páez, porque la plaza está defendida por un oficial tan va- 
liente como pundonoroso, que no se rendirá á simples ama- 
gos de fuerza, i sería hasta crueldad hacer sacrificar ante 
sus bien defendidas trincheras gran número de nuestros com- 
pañeros, cuando el sitio bien sostenido nos dará la ciudad 
en poco tiempo, si nuestra marcha á Calabozo le quita toda 
esperanza de auxilio. 

— Pero la más grande actividad en estos movimientos es 
lo que puede hacerlos beneficiosos para nuestras armas ; i te- 
mo mucho que nuestra escuadrilla no llegue pronto ; i en- 
tonces ¿cómo pasa el ejército el ancho río Apure si no te- 
nemos para ello siquiera una sola embarcación ? 

— Despreocúpese vuestro pensamiento, Libertador, respecto 
á las embarcaciones, dícele Páez, porque espero poder pro- 
porcionar naves al ejército al llegar al río. Podéis, General, 
disponer la marcha cuando gustéis. 

— ¿ Pero dónde tenéis, Páez, esos bajeles ? 

— En el paso del río los tiene el enemigo i se los arre- 
bataremos. 

— ¿I cómo? ¿Con la caballería? 
— Sí, Libertador, con la caballería. 
— ¿ Os chanceáis, Páez ? 
— Allá lo veremos, Libertador. 

Cuatro días permanece Bolívar en San Juan de Payara, 
mientras se remonta la caballería, se da algún reposo á la 
infantería i se organiza ei ejército. Confía al coronel Gue- 
rrero el mando de los cuerpos volantes que deben bloquear 



6 2 KTAPA S EG U N D A 

por tierra á San Fernando, defendido con espartana firmeza 
por el coronel realista Quero. 

El coronel Sánchez con las tropas de Barcelona queda 
allí á las órdenes de Guerrero. 

El cinco de febrero marcha el ejército en dirección á un 
punto del río Apure, al oriente de la sitiada ciudad, frente 
al lugar donde tiene su boca el Apurito ; i en la mañana 
del seis, la vanguardia hace alto al divisar con claridad sobre 
el horizonte del llano la línea obscura que forman los margi- 
nales bosques del célebre río, obedeciendo al efectuarlo, orden 
dada anticipadamente por Bolívar. Este i Páez se adelantan 
hasta aquel sitio, donde el ultimo con mirada de águila re- 
corre todo el campo que tiene por deiaute. Después de ha- 
cer algunas preguntas á un llanero que trae a su lado i que 
en aquella madrugada había ido hasta orillas del río, "Bien, 
exclama, ve i di á Aramendi que se venga al instante con 
los cincuenta ginetes que tengo escogidos para que nos acom- 
pañen al río." 

Poco tardan en llegar los centauros, que forman en ba- 
talla con Aramendi á la cabeza. 

— "Venid acá, dice Páez á otros llaneros, desmontaos i 
desatad completamente las cinchas á esos cincuenta caballos 
i quitad también á todos las gruperas : haced lo mismo con 
mi caballo. — Ahora, amigos, mui al paso hasta la orilla del 
río, donde á mi voz de mando arrojaremos las sillas al sue- 
lo i en pelo nos lanzaremos al agua, i como sabemos hacerlo, 
iremos á nado á tomar los buques españoles que están en 
la otra margen para traerlos al Libertador, que necesita pa- 
sar en ellos el ejército de la Patria.— En marcha." 

Bolívar contempla extasiado aquellas extrañas evolucio- 
nes, aquella rara arenga, aquella marcha elegante i graciosa. 

Cual si de paseo anduviesen por las calles de populosa 
ciudad, míraseles atravesar lentamente el espacio llano i lim- 
pio que los separa del río. 

Quienes tripulan las naves han visto á los que se acer- 
can ; pero ¿qué temor puede inspirarles aquel grupo de cin- 
cuenta ginetes? 

Ya en la ribera, á la vibrante voz de Páez "boten si- 
llas i al agua," ruedan aquellas al suelo á un mismo tiempo, 



BOLÍVAR 



i los caballos desnudos son lanzados al río, que salta i los 
envuelve un instante en espumosos chorros. Desmóntanse los 
ginetes, i agarrados cada cual con la mano izquierda á la 
crin del noble animal que conduce, i llevando en la diestra 
la afilada i enastada lanza, nadan veloces hacia las españolas 
naves. Sus tripulantes comprenden, ya mui tarde, que vie- 
nen sobre ellos los atrevidos llaneros de Páez : asombrados 
disparan algunos cañouazjs i descargan sus fusiles sobre aque- 
llos nuevos monstruos de las a^uas ; i creciendo su pavor, 
mientras los llaneros se acercan, lánzanse al agua los más i 
procuran ganar ligeros la cercana orilla. Ya entre las embar- 
caciones caballos i ginetes, estos saltan á los lomos de aque- 
llos, i de los lomos á la cubierta de las naves, abriendo con 
sus lanzas ancha herida á los que se atreven á desafiar aún 
el enojo de su valor 

Rotas las amarras de las catorce naves que allí había, 
tráenlas Páez i sus compañeros á la opuesta orilla, desde la 
cual Bolívar ha contemplado el extraordinario episodio, i don- 
de, admirado i entusiasta, abraza estrechamente al jefe invic- 
to cuando todavía ruedan al suelo de todos sus vestidos las 
aguas del Apure. 



S^- 




Mientras se efectúa por el ejército, durante tres días, el 
paso del anchuroso río, Bolívar envía por dos veces parla- 
mentarios al defensor de San Fernando, le describe la deses- 
perada situación que va á sobrevenirle si no procura la paz 
i le ofrece generosos términos para una capitulación. Anún- 



64 ' ETAPA SKGUNDA 

ciale en cada vez que al día siguiente le atacará con todo 
el ejército, queriendo con estas palabras, más que acobardar 
al imperturbable Quero, "esconderle el verdadero rumbo que 
tiene decidido seguir. 

El nueve de febrero empréndese la marcha sobre las lla- 
nuras del Guárico. A la vanguardia va Páez con la caba- 
llería apureña : sigue luego la Guardia de Honor, bi/.arro 
cuerpo de infantes que comanda An/.oátegui : después los ba- 
tallones 'Barlovento i Angostura, que manda Valdéz : siguen 
luego los batallones Valerosos i Barcelona, á las órdenes de 
Pedro León Torres : detrás de estos batallones vienen la ar- 
tillería, el parque i los equipajes ; i por último, cubriendo la 
retaguardia, las caballerías de Cedeño i de Mouagas. 

Once leguas se marchan aquel día en la ardiente llanu- 
ra, mortificados por abrasadora sed, porque ahora el agua es 
escasísima en estos parajes que en otra época del año apare- 
cen inundados. El día diez el ejército atraviesa el seco cau- 
ce del río Guárico i duerme á orillas del caño de Pavones ; 
i el once, la marcha es también de ,once leguas, i la descu- 
bierta del ejército hace prisionera en el paso del Orituco á 
una avanzaua del enemigo, que da á Bolívar informes preci- 
sos de la situación de Morillo eu Calabozo. 

Al siguiente día el Libertador forma en batalla su ejér- 
cito frente á la hermosa ciudad de los llanos guariqueños, 
con inaudito asombro de Morillo, quien suponía á Bolívar eu 
Angostura lamentando el desastre vergonzoso de La Ho- 
gaza. 

Es ese el primer campo de batalla en que se encuentran 
las dos figuras prominentes de esta guerra : Bolívar i Mori- 
llo, el uno frente al otro, son la república frente á la mo- 
narquía prontas á chocarse. ¡ Cuan rudo ha de ser el embate ! 
Masas enormes, con velocidades inmensas : Bolívar, huracán 
que va á lo porvenir ; Morillo, huracán que viene de lo pa- 
sado. 

Morillo tiene en la ciudad dos batallones del regimiento 
de Navarra, i todo el regimiento de La Utiión : fórmalos eu 
tres columnas dando cara al enemigo que acaba de sorpren- 
derle, i frente á esta fuerza i sobre sus flancos, guerrillas 
ligeras de tiradores. El regimiento de Castilla, acampa á su 



bolívar 65 

izquierda en la Misión de Arriba ; á corta distancia de la ciu- 
dad ; i el regimiento Húsates de Fernando VII, en la Misión 
1 de Abajo, á su derecha, á poco menos de una legua. 

Pundonoroso empeño muestra Morillo en salvar aquellos 
cuerpos apenas se descubre la presencia del enemigo ; pero 
los republicanos maniobran al mismo tiempo para atacarlos i 
destruirlos, antes de que logren el amparo de la ciudad. 

Morillo en persona, aguijoneado por la vergüenza, sale 
valeroso á la llanura á dirigir las operaciones de salvamento. 

El cuerpo de Húsares, que aparece á la izquierda de los 
patriotas, es atacado, puesto en completa derrota i persegui- 
do hasta las afueras mismas de la ciudad por el intrépido 
Páez i sus bravísimos llaneros. Morillo mismo es arrollado 
por los que huyen, i debe su vida á la ligereza de su caba- 
llo i á la abnegación del coronel Navas i demás oficiales de 
su escolta, que ofrendan las suyas por salvarlo. 

El batallón de Castilla puede entrar á la plaza con po- 
ca pérdida. 

Morillo se encierra en la ciudad i atisba la ocasión de 
escapar con los suyos de aquel lazo en que tan inesperada- 
mente ha caído. 

Ea necesidad de pasto para la numerosa caballería repu- 
blicana obliga á Bolívar á marchar al siguiente día al cer- 
cano pueblo del Rastro con todo el ejército, dejando al coronel 
Iribarren con un cuerpo ligero, inspeccionando los mo- 
vimientos del enemigo para que dé aviso de ellos inmedia- 
tamente. 

Eisto Morillo para aprovechar la primera puerta que se 
abra á su escape, abandona cauteloso con su tropa la ciu- 
dad á la mitad de la noche, i toma el camino del Sombrero, 
aprovechando el descuido de aquel á quien se encomendó la 
vigilancia. 

Después de salido el sol del siguiente día, viene á des- 
cubrirse el abandono de la plaza, i se avisa á Bolívar, que 
vuela á Calabozo á disponer la persecución. Ea caballería al- 
canza al enemigo en la Uriosa i lo entretiene con amagos 



66 ETAPA SEGUNDA 

de cargas en espera de la infantería ; pero esta, que se ha 
extraviado, tiene que desandar gran parte del camino hecho 
antes de continuar en una marcha provechosa. El enemigo 
no desperdicia este nuevo error, i puede completar en la ma- 
drugada del siguiente día hasta quince leguas de camino en 
su admirable retirada ; i sigue, después de breve descauso, 
hasta el Sombrero, donde respira alegre, porque ya está sal- 
vado. De allí en adelante la caballería republicana, por lo 
quebrado del terreno i el boscaje, es cuerpo que no puede 
obrar ventajosamente sobre él ; i toda la infantería de Bolí- 
var, después de las inmensas marchas que acaba de realizar, 
no puede continuar en una activa persecución. 

El Libertador, desesperado de que se hubiese tan misera- 
blemente perdido la más propicia ocasión de aniquilar á Mo- 
rillo, ordena atacarlo en sus bien escogidas posiciones del 
Sombrero, i es rudamente rechazado. 

¡ O veleidosa suerte de los ejércitos ! Viene muchas ve- 
ces sonreída hacia nosotros á darnos el laurel de la victoria, i 
cuando alargamos la mano para cojer la gloriosa rama, cam- 
bia en torva mirada la sonrisa, vuélvenos la espalda i nos 
entrega á la derrota. 

Morillo sigue tranquilamente su marcha hasta Valencia, i 
Bolívar vuelve desconcertado á Calabozo. 

El día veinte i tres de febrero sale Páez de esta ciudad 
con su división de caballería en marcha para San Fernando, 
á reforzar i estrechar el asedio de la ciudad, hasta lograr su 
ocupación por las armas republicanas ; i el tres de marzo se 
mueve Bolívar con los demás cuerpos de su ejército hacia el 
hato de San Pnblo, á donde llega el día cinco. Reúne en 
aquel sitio una junta de generales para decidir el derrotero de 
la campaña, que venía siendo motivo de agria discusión entre 
todos los jefes. Allí están Urdaneta, Cedeño, Anzoátegui, 
Monagas i Zaraza. Prevalece en aquel Consejo la opinión de 
penetrar á los valles de Aragua ; i en la mañana del siete se 
emprende hacia éflos la marcha. 

El once llega el ejército patriota á Villa de Cura. Mo- 
rillo reconcentra en Valencia todas las fuerzas de las inme- 
diaciones ; i La Torre abandona La Victoria i el Consejo i va 



bolívar 67 

á tomar posiciones en la cumbre de Las Lajas, camino de Ca- 
racas. 

Zaraza i Monagas llegan sin obstáculos hasta La Cabrera, 
i reciben orden de fortificarse en aquel sitio para defender tan 
importante paso, mientras Bolívar sigue hasta el Consejo en 
busca de La Torre. Delirando va con la próxima derrota de 
este bravo jefe español i con su nueva entrada triunfal á Ca- 
racas, cuando, con posta que llega á escape después de ma- 
tar dos caballos en el camino corrido, recibe aviso de haber 
Morillo sorprendido i dispersado las fuerzas de La Cabrera, 
i de ir huyendo Zaraza i Monagas hacia Villa de Cura. — ¡ Pe- 
ligrosísima situación para el Libertador, que puede ser cojido 
mui pronto entre dos fuegos ! Emprende rápida retirada á 
unirse á los suyos en Villa de Cura ; i allí llegado, sigue 
hasta atravesar el cauce profundo de un arroyo que llaman 
Semen i corta en toda su extensión el valle que se extiende 
desde aquella villa á San Juan de Los Morros. Detrás de 
los barrancos de ese arroyo establece Bolívar su línea de ba- 
talla, i espera al enemigo que no tarda en presentarse. La 
lucha comienza, i por mucho tiempo dura encarnizada i man- 
tiene indecisa la victoria. Decláranse al fin en derrota los 
realistas, i van perseguidos por los patriotas, cuando apare- 
ce camino de la Villa de Cura nueva i fresca división espa- 
ñola que llega á arrebatar á Bolívar aquel laurel que ya 
ostentaba orgulloso en su mano. La caballería republicana 
huye presa del pánico, i la infantería combate en retirada. 
Morillo que viene con sus nobles bríos alentando la persecu- 
ción, recibe profunda herida de un lancero de Vázquez, que 
pelea á pie i muere allí á los golpes de los afilados sables 
de los oficiales que acompañan al jefe realista. 

Aquel campo, ya famoso, está cubierto de cadáveres : 
españoles i venezolanos cuentan por centenares los heridos 
en sus filas : heridos van Urdaneta, Anzoátegui, Valdéz i 
Torres. 

Bolívar continúa su retirada hasta El Rastro, donde pa- 
ra lenitivo de su derrota, recibe aviso del general Páez de 
haber ocupado desde el seis de marzo la plaza de San Fer- 
nando. El valeroso Quero, que tan brillantemente la había 
defendido, dos veces herido por las balas, resuelve romper 



68 ETAPA SEGUNDA 

el sitio con sus escasas i abatidas fuerzas, i sale combatiendo 
con marcial arrogancia de la ciudad ; pero alcanzado por las 
numerosas tropas que lo rodeaban, tuvo que darse prisione- 
ro. No bastó el esmerado empeño que Páez i todos los su- 
jos tomaron por salvar la vida de aquel valiente, que mu- 
rió al siguiente día, contento de haber cumplido el deber ; 
acariciado primero con admiración, i llorado después por sus 
nobles vencedores. 

A causa de la herida que en Semen recibió Morillo, hí- 
zose cargo del mando del ejército realista el general La To- 
rre, que viene en marcha sobre las huellas de Bolívar. Lle- 
gado á inmediaciones de Calabozo i preparándose para asaltar 
la ciudad, tiene noticias de que Páez con sus fuerzas, i Ce- 
deño con las suyas se han unido á las de Bolívar, i que to- 
das juntas marchan á atacarlo, i prudente, retrocede á Ortíz. 
AUí va á buscarlo el Libertador i en sus fuertes posiciones 
lo asalta furiosamente. La Torre soporta la embestida i re- 
chaza, causando numerosas bajas, al ejército independiente, 
que se retira de nuevo á San Pablo, llevando con profundas 
heridas al valerosísimo Genaro Vázquez, cuya muerte lamen- 
ta la República tres días después de aquel temerario comba- 
te. Aunque La Torre conservó sus posiciones durante la pe- 
lea, no se siente allí seguro i con todas sus fuerzas se retira 
á los Valles de Aragua. 

Es necesario preparar nuevos planes á las operaciones mi- 
litares, proveer de nuevos recursos i reorganizar el quebran- 
tado ejército venezolano. Monagas marcha á Barcelona con 
oficiales i sargentos para levantar nuevos cuerpos ; Soublette, 
á Angostura para conseguir armas i municiones i enviarlas al 
cuartel general ; Páez, al Pao con su división, á destruir 
núcleo de realistas que allí se cou densa ; i para organizar 
más tropas i atacar partidas sueltas que se dicen realistas i 
más son salteadoras, van Justo Briceño á Barbacoas ; Fran- 
cisco Sánchez á Ortíz ; i Ambrosio Plaza á San Francisco de 
Tiznados. 

Acampa el Libertador en la tarde del diez i seis de abril 
en el hato llamado Rincón de los Toros ; ordena que Cede- 
ño marche á esa misma hora en apoyo de una operación 



bolívar . 69 

que practica Plaza ; i resuelto á pasar allí la noclie, dispone 
el campamento i elije para su dormitorio un aislado bosque- 
cilio .que allí verdea en medio de la llanura. A las ramas 
de sus arrióles cuélganse hamacas para él, para el capellán 
Prado i para los coroneles Salcedo i Galindo, donde se en" 
tregan al arrullador columpio cuando la obscuridad envuelve 
el campamento. 

Más de media noche ha pasado cuando Bolívar despierta 
con sobresalto. Alguien ha dicho á su oído esta frase : des- 
pierta i huye. Nada siente á su alrededor ; profundamente 
dormidos están sus compañeros ; piensa que sueña i se dispone 
á continuar en reposo ; pero antes que pueda dormirse conr 
pletamente oye otra vez i más distinta la misma voz : huye 
presto. Levántase al instante : escucha cerca el qziien vive 
de una patrulla ; diríjese á su caballo que allí estaba ensi- 
llado ; siente que gente se aproxima, i cuando se dispone á 
montar, varios disparos arrojados sobre las colgantes hamacas 
le advierten que se trata de asesinarle. Su brioso corcel es- 
pantado por las detonaciones hu3^e á la sabana, i el Liber- 
tador, á pie i sin rumbo cierto, camina solo por la llanura. 
La confusión más grande se produce en todo el campamen- 
to : nutrido tiroteo i algazara infernal se oye en todo él : 
aquí se combate ; allá se hu3'e. 

El jefe realista López que casualmente había acampado 
mui cerca de aquel hato, supo por la delación de un deser- 
tor el sitio en que Bolívar dormía, i el santo i seña que su 
tropa usaba aquella noche para reconocerse. Así pudo pene- 
trar uno de sus oficiales con gente armada hasta el dormi- 
torio del Libertador, i disparar de cerca sus armas con tan 
Certera puntería, que el capellán Prado, i Galindo, i Salcedo 
quedaron muertos en el acto, i la hamaca en que Bolívar 
dormía atravesada por varias balas. 

Carga López con su caballería la de Zaraza, que huye 
desbandada. 

La infantería republicana casi toda perece en la confusa 
brega. 

Persiguiendo á los fugitivos va López cuando una bala 
le quita la vida. Cae el exánime cuerpo de espaldas sobre 



70 KTAPA SEGUNDA 

el anca del brioso i bien enjaezado caballo, que se espanta 
por la novedad de aquel golpe i se lanza sobre los que hu- 
yen. Entre estos lo apresa el coronel Infante, que poco más 
lejos lo entrega á Bolívar al hallarle caminando á* pie, con- 
fundido con sus soldados. 

¡ Qué burla esa del destino ! En el caballo de quien pre- 
meditó el asesinato del Libertador, entra este á Calabozo en 
la noche siguiente á la que fué tan nefanda i aciaga. 

Cedeño que oye el fuego que se sostiene en el Rincón 
de los Toros contramarcha sobre el sitio, á donde llega al 
amanecer. A nadie encuentra ; pero ve las huellas que ha 
dejado el desastre en aquel campo, i sigue su marcha á Ca- 
labozo. En esta ciudad le deja Bolívar, que con pocos com- 
pañeros va para San Fernando. 

El veinte i uno de mayo llega Páez á la capital del 

Apure con sus fuerzas de caballería bastante quebrantadas, 

i sin infantería, que casi toda se perdió en el sangriento 

combate sostenido en el llano de Cojedes el dos de aquel 
mes contra el ejército español. 

Pocos días después llega Cedeño con escasos restos de 

las fuerzas que quedaron á sus órdenes. Morales lo había 

derrotado completamente el día veinte eu la laguna de los 
Patos. 

El alma de Bolívar sufre el aguijón de las contrarieda- 
des i las torturas de la impaciencia ; pero no se desalienta, 
sino que adquiere nuevos bríos en el infortunio. Moviendo 
atrevidos planes en su mente, se pone en marcha para An- 
gostura en lijera embarcación, acompañado de su Secretario 
i de los oficiales de su Estado Mayor. 

Baja por el Apure, crecidas ya sus aguas, no sólo por 
las que recoje su cauce de las lluvias que caen en su gran- 
de hoya, sino por la represa que le hace el Orinoco, también 
eu la plenitud de su anual avenida. 

Al salir del Apure al Orinoco se experimenta una im- 
presión extraordinaria. Viénese con la idea de navegar en 
una grande arteria fluvial cuando se baja desde San Fernan- 
do, i al caer al Orinoco, en que apenas puede divisarse la 



bolívar / l 

opuesta orilla, la idea de relación achica en un instante lo 
oue teníamos por inmenso. Sobre las aguas del esplendido 
río vuelta atrás la mirada, la boca del Apure es angosto 
boquete formado en el dilatado bosque que se pierde de vista 
en las brumas del horizonte. 




Surge delante la isla que se interpone entre Calcara i 
Cabruta, i allá va lijéra la navecilla como pequeño punto 
obscuro sobre el brillo cristalino de aquella líquida llanura. 

Navegase sin novedad durante tres días con sus noches, 
aprovechando á veces el viento con improvisadas velas que 
se amarran á los remos, sostenidos verticalmente para que 
hagan el oficio de mástiles. 

Viene ahora una noche tan obscura que parece tempes- 
tuasa, i se tiene por delante el peligroso paso por la isla 
del Infierno, i luego la bramadora vuelta del Torno. Es 
necesario arrimar la barquilla á la ribera i amarrarla á uno 
de los árboles que en ella crecen. Al ponerse el sol se sirve 
la comida, de cocidos i sabrosos peces del río. Saboréase el 



72 KTAPA SEGUNDA 

negro cafe que anima el decaído espíritu, i del encendido ba- 
rinés tabaco, se aspira el aromático humo. 

Toda la tripulación se siente luego presa de extraño i 
profundo sueño : como muertos están todos, menos Bolívar, 
tendidos sobre la estrecha cubierta ó en lo hueco de la nave. 

Aparecen Eroclea i Sofía. 

-- ¡ Benditas seáis, divinas ninfas, exclama Bolívar al 
verlas. Eroclea, esposa de mi alma, te debo mi vida : fué 
tu voz amorosa i dulcísima que me salvó en la triste noche 
del Rincón de los Toros. I vos, Sofía, dígnate aconsejarme 
en el intrincado camino de mi destino. 

— He venido á eso, Bolívar. Eroclea ha ido á traerme 
de lejanas latitudes para que venga á inspirarte én sabias i 
discretas resoluciones. L,a lucha continuará todavía por mu- 
chos años para asegurar la independencia de América : no 
hai que esperar que ese plazo se acorte, ni que se eviten 
mil combates sangrientos ; pero debe pensarse que tu obra sea 
santa ; que tu gloria sea pura. Es preciso, Bolívar, que un 
Congreso se instale, v¿ue represente la Nación i reconstituya 
la República. Tus poderes otorgados por un grupo de mili- 
tares son buenos para el general de los ejércitos ; pero no 
para el magistrado del país. El gran Washington fué el 
general de sus tropas durante la guerra ; pero no el jefe 
supremo de la Nación : esta tenía su representación legítima 
en el Congreso constituido por los delegados de los pueblos. 
El famoso é inmortal Congreso venezolano de i8ir, desapa- 
reció en los horrores de la guerra á muerte, que encadenó 
de nue ír o á Venezuela al imperio de España. Es necesario 
apresurarse á revivir ese Augusto Cuerpo para que reviva la 
Nación i la República. Mandar como general no es gober- 
nar como republicano : la dictadura es antítesis de la demo- 
cracia ; i es por la independencia, por la república i por la 
democracia que tú combates i combaten contigo los pueblos 
de la América. Estas nuevas nacionalidades deben aparecer 
legalmente constituidas ante las demás naciones del mundo ; 
i no se tienen por tales á países sin -ieyes, sin magistrados, 
sin jueces, que sólo obedezcan los caprichosos decretos de 
un afortunado dictador, aunque libre batallas i las gane, 



bolívar 73 

porque la vida de una nación no alienta sólo en los cuar- 
teles. Deja la dictadura, Bolívar, déjala para siempre. Si 
algún día en el curso de tu vida los sucesos te llevasen de 
nuevo á ella, será para perderte. Huye de ella como de ge- 
nio maléfico que quitará á Hroclea el color de sus mejillas, 
el fuego de sus ojos i todas sus divinas gracias. Deja re- 
constituida la República i vuelve á Apure, donde recibirás 
divina inspiración. 

— Sin vacilación alguna seguiré, Sofía, tus venerables 
consejos. ' 

— Siguiéndolos, 'dice Eroclea, la obra de la independen- 
cia americana será obra imperecedera é inmortal, i tu nom- 
bre brillará en el mundo con sin igual gloria. 

Bolívar siente en este instante que se apodera de él 
bruscamente el mismo sueño profundo que había rendido á 
todos sus compañeros : las ninfas desaparecen, i la barqui- 
lla apenas oscila sobre las aguas que parecen también dor- 
midas sobre la playa. 

Antes de levantarse el sol, la lijera nave con sus descan- 
sados remeros corre bajando el río ; i cuando el astro radioso 
ha completado su carrera de ese día, i se sumerge, entre los 
esplendores del vespertino crepúsculo, la navecilla que lleva 
al Libertador se amarra á la playa de Angostura. Es la tar- 
de del cinco de junio de 1818. 

En todo el territorio sometido á la República, se orga- 
nizan i disciplinan nuevos cuerpos de tropa bajo la inme- 
diata inspección de Bermúdez, Cedeño, Anzoátegui, Monagas, 
Torres i otros jefes, á cuyo celo i actividad se debe que 
pronto queden reparadas las pérdidas del ejército en la úl- 
tima campaña. 

El almirante Brion llega con nuevos i numerosos ele- 
mentos de guerra, que colman la alegría de Bolívar. 

El veinte i seis de agosto el Libertador despacha á 
Santander para los llanos de Casanare, acompañado del vene- 
zolano Jacinto Lara, de los granadinos Joaquín París, Anto- 
nio Obando, Vicente González i otros buenos oficiales repu- 



74 ETAPA SEGUNDA 

blicanos. Condúcese bastante cantidad de elementos para abrir 
allá fructífera campaña. 

Bien meditado ya el grandioso pensamiento sugerido por 
la divina Sofía en la última navegación del Orinoco, decreta 
el Libertador la elección de un Congreso Nacional que de- 
berá reunirse el día primero del próximo año de mil ocho- 
cientos diez i nueve. 

Mientras tanto la actividad extraordinaria de Bolívar se 
consagra á las duras faenas de la guerra. Despacha á Au- 
zoátegui para Apure á reforzar á Páez : él mismo' va hasta 
Maturíu á comunicar sus patrióticos alienaos á Bermúdez i á 
Marino, arrepentido ya de sus exageradas arrogancias. En 
la noche del once de noviembre entra de vuelta á Angos- 
tura, donde expide nuevos é importantes decretos. El veinte 
i uno de diciembre se embarca para Apure conduciendo fres- 
cos cuerpos militares, i el diez i siete de enero se reúne á 
Páez i á Cedeño en San Juau de Payara. 

Tres mil quinientos infantes i mil ginetes forman el nue- 
vo ejército patriota en el Sur de la República, listo á em- 
prender desde las riberas del Apure vigorosa campaña contra 
los tenaces enemigos de la independencia. Pero llega enton- 
ces el correo de Angostura con interesante correspondencia 
para Bolívar, que interrumpe la ejecución desús planes. Se 
le participa que los trasportes Perseverancia i Tártaro, con 
tropas alistadas en Inglaterra, habían llegado á Angostura al 
servicio de la República ; i que próximamente otros de la 
misma clase eran allí esperados. 

Bolívar deja á Páez el mando del ejército i regresa á 
Angostura, á donde arriba el ocho de febrero al seno de un 
pueblo lleno de patriótico entusiasmo. 

Allí están los Diputados al segundo Congreso de Vene- 
zuela, que solemnemente se instala el día quince de aquel 
dichoso mes. Resigna el Libertador en ese Augusto Cuerpo, 
el poder discrecional que le han confiado los pueblos ; i en 
magnífico discurso expone con admirable sinceridad las ideas 
políticas que él juzga más adecuadas á la actual condición 
de sus compatriotas. 

En aquel areópago están Zea, el sabio naturalista gra- 



bolívar 



75 



nadino, orador elocuente i diserto escritor ; Uribe i Vergara, 
granadinos i sabios también ; Urbaneja, Martínez i Roscio, 
acreditados jurisconsultos venezolanos ; Penal ver, esforzado pa- 
triota i virtuosísimo ciudadano ; el valeroso é inteligente sa- 
cerdote Méndez ; los generales Marino, Urdaneta, Torres i 
Tomás Montilla, i otros distinguidos militares, excelentes ser- 
vidores de la Patria. • 




El Congreso, única fuente legítima de toda autoridad en 
la República, aprueba todos los actos de Bolívar, le nombra 
Presidente de la República ; i designa á Zea Vice-presideute 
para sustituirlo en las labores administrativas, mientras per- 
manezca el Libertador al frente de los ejércitos combatiendo 
al enemigo ; i luego se eutrega á la delicada i lenta labor 
de dar una nueva Constitución política á Venezuela. 

El veinte i siete t de febrero, ya en posesión de su alto 
puesto el ilustre Zea, embárcase de nuevo Bolívar para Apu- 
re. Navega por varios días hasta la Urbana ; atraviesa el 
ancho río, desembarca i va al campo patriota de Aragua- 



76 



ETAPA SKGUNDA 



quén, i al frente de las tropas que allí encuentra sigue al 
Caujaral de Cunaviche, donde le recibe el ínclito Páez. 

Durante las horas que se destinan al reposo, cuenta 
Páez á Bolívar, cómo al presentarse el ejercito de Morillo 
frente á San Fernando, convocó á sus principales vecinos 
para comunicarles la resolución que tenía de abandonar la 
ciudad, puesto que era imprudencia suma luclnr allí con 
fuerzas tan superiores, i cuando había seguridad de diezmar- 
las i aniquilarlas por incesantes marchas i contramarchas en 
la inclemencia de aquellas dilatadas llanuras. I le refiere 
entusiasmado cómo todos aplaudieron su resolución i toma- 
ron otra de admirable patriotismo, porque le dijeron : "Bien 
está el abaudouo de la ciudad : todos os seguiremos gusto- 
sos ; pero antes vamos con nuestras propias manos á dar fue- 
go á nuestros hogares para que el enemigo acampe entre 
escombros i cenizas." Así se verificó, agrega Páez enterneci- 
do, i Morillo debió palidecer al contemplar desde la otra ori- 
lla aquel incendio. 




En otras horas de descanso, continúa diciendo Páez al 
Libertador, ó en las fastidiosas marchas de estos llanos, os 
iré refiriendo la singular i á veces divertida clase de guerra 
que pretendí, emplear contra Morillo ; pero sospechada quizá 
de este avisado general, no siguió imprudentemente nuestras 
huellas i se acampó de firme en Achaguas. Allí está. 



bolívar 77 

Bolívar decide ir á batirlo. Crúzase el Arauca, i cinco 
leguas antes de llegar á Achaguas, en el trapiche de Ga- 
marra, que está rodeado de bosque, se descubre acampado 
parte del ejército realista. Ordena el Libertador que cuatro 
batallones avancen á atacarlo, i son pronta i rudamente re- 
chazados. El enemigo cree sin duda que aquello sólo ha 
sido una provocación para llamarlos al llano limpio, donde 
los atacará la caballería, i temerosos de otros designios se 
retiran á Achaguas. Bolívar por su parte, desconfiando de 
sus fuerzas, ante aquel enemigo organizado i descansado, re- 
trocede, repasa el Arauca i se acampa á su margen de- 
recha. 

Al día siguiente llega Morillo con todo su ejército á la 
margen izquierda, i acampa en la Mata del Herradero, una 
milla aguas abajo del campamento republicano. 

Es inminente i próximo el feral conflicto. 

A la tienda de campaña en que aloja Bolívar i su Es- 
tado Mayor, llega Páez á las tres de la tarde en su brioso 
alazán, se desmonta i saluda respetuosamente al Libertador, 
quien le tiende con afecto la mano al levantarse de la ha- 
maca en que estaba sentado. 

— Deseo comunicaros algo importante, Libertador. 

— Os oiré con gusto. Vamos, dice Bolívar, caminando 
con Páez hacia un árbol aislado i frondoso que no lejos 
está. 

— Creo, Libertador, dice Páez, que podemos hacer una 
diversión sobre el ejército de Morillo, quizás de resultados 
mui beneficiosos para la Patria. Me ocurre pasar ahora 
mismo el río con sólo ciento cincuenta™ de mis mejores gi- 
netes i lanceros, i seguir á provocar á los españoles. Ase- 
guro que al verme Morillo moverá sobre mí todo su ejér- 
cito para venir á enfrentarse al nuestro. En amagos i 
retiradas sucesivas los iré trayendo cerca de la margen hasta 
llegar frente á este sitio. Si el Libertador dispone que á lo 
largo de esa orilla opuesta se embosquen nuestros granade- 
ros, cazadores i artilleros, al disparar estos sobre los que 
de más cerca me persigan, que serán cuerpos de caballería, 
atacados de flanco se desorganizarán, los cargaré en el rao- 



78 ETAPA SEGUNDA 

mentó de su sorpresa ; i es indudable que huirán en desor- 
den produciéndose ellos mismos males sin número. Si esto 
se verifica, mañana, en vez de salir n librar uua batalla, 
marcharemos á perseguir el enemigo que se retira. 

— Convenido, Páez, dice Bolívar, no dando gran impor- 
tancia al propósito ; pero es preciso que no os expongáis de- 
masiado : vuestra vida es preciosa para la Patria. 

Páez reúne ciento cincuenta compañeros, i todos á caba- 
llo con sus relucientes lanzas, se arrojan al río i lo atravie- 
san en un instante. El ardiente sol de abril secará pronto 
lo que ha mojado el Arauca. 

Bolívar ordena la marcha inmediata de las emboscadas 
que indicó el audaz jefe de las terribles huestes aoureñas, i 
todos quedan esperando ansiosos el resultado de aquella inau- 
dita temeridad. 

Al divisar Morillo la pequeña columna de lanceros que 
viene á desafiarlo, resuelve apoderarse de ella para castigar 
con ruidoso martirio lo grande de aquel atrevimiento. 

Primero dispara sobre el exiguo grupo las metrallas de 
sus preparados cañones ; i luego pone en marcha su caballe- 
ría, abierta en dos distantes alas, como para envolver la repu- 
blicana en un momento premeditado ; mientras por el centro 
adelanta al valeroso López con un escuadrón de carabineros 
á caballo para provocar» á Páez i detenerlo. 

En la gallarda retirada que entonces emprenden los ada- 
lides patriotas, Páez, que desea ver juntos los tres cuerpos 
que le vienen siguiendo i amenazan rodearlo, ordena á Ron- 
dón que con veinte compañeros retroceda de improviso i 
caiga sobre los carabineros de López, i que al punto vuelva 
á incorporársele. Apenas ordenado este movimiento, veinte 
centauros tuercen bridas i se arrojan como rayos sobre Ló- 
pez, que, para su mayor desgracia, manda á los suyos echen 
pie á tierra i hagan fuego sobre los atrevidos. Muchos caen 
á los botes de aquellas lanzas que siembran la confusión en- 
tre los aterrados carabineros. Las dos alas de la caballería 



bolívar 79 

realista se mueven rápidas para protejer á López, i se jun- 
tan á él, cuando ya Rondón i los suyos; incorporados á su 
fila prosiguen la fantástica retirada ; i Páez sonríe orgulloso 
porque el suceso siguió el camino que le trazó el deseo. 

Momentos después suena el fuego de la fusilería i muge 
el cañón de las emboscadas patriotas que atacan por un flanco 
á Morillo ; i Páez da á los suyos el formidable grito de 
/ Vuelvan caras ! 

Como corre veloz en furiosos torbellinos el agua dete- 
nida por un dique que se rompe, i todo lo vuelca i arrastra 
á su pasó ; así, aquella avalancha de centauros cae sobre la 
caballería española, que vacila al rudo embate, se mezcla, se 
turba, no sabe como defenderse, i hu} r e perseguida del pá- 
nico, derrocando sus cañones, aterrando sus infantes i dejando 
quinientos muertos eu aquel campo de las Queseras del Me- 
dio, de eterna gloria para la Patria venezolana. 

Envuelta en las tinieblas de la noche queda á poco la 
llanura, aumentando la confusión en los tercios realistas ; pe- 
ro llevando al mismo tiempo á Bolívar las angustias de la 
incertidumbre por la suerte de sus heroicos adalides. 

Al día siguiente, saliendo el sol, Páez i sus compañeros 
repasan el Arauca i forman en batalla frente al Libertador, 
que los recibe á caballo, rodeado de su Estado Mayor i de- 
lante del ejército todo con armas al hombro. Entre aquellos 
valientes faltaban solamente dos, que quedaron sin vida en 
la sin par batalla. 

— "¡ Soldados ! dice Bolívar, con alta i majestuosa ento- 
nación, acabáis de presenciar la proeza más extraordinaria 
que puede celebrar la historia militar de las naciones. Ciento 
cincuenta héroes, guiados por el impertérrito Páez, de propó- 
sito deliberado, han atacado de frente á todo el ejército de 
Morillo. Artillería, infantería, caballería, nada ha bastado al 
enemigo para defenderse del formidable empuje de nuestras 
lanzas. ¡ Gloria eterna á vosotros, heroicos libertadores de 
Venezuela !" 



So 



ETAPA SEGUNDA 



"¡ Soldados ! La hazaña que habéis contemplado es sólo 
el preludio de otras mayores que vais á realizar. Preparaos 
al combate, i estad seguros de que os tiene ya guardados 
sus laureles la Victoria." 




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En la infinita hélice de los tiempos 
aparece al oriente de las pampas del Apu- 
re el día seis de mayo del año mil ocho- 
cientos diez i nueve, entre los esplendo- 
res de una aurora ceñida de nubes que 



82 ETAPA TERCERA 

ostentan los colores.de la escarlata i del topacio i fimbrias de oro. 

Apenas alto sobre el horizonte el naciente sol de ese 
día, la humilde sala de una de las casas de la benemérita 
ciudad de Achaguas, se ve animada por la reunión de mu- 
chos personajes. Rodean en ella á Bolívar, Anzoátegui, 
Torres, Soublette, Rangel, Iribarren, Briceño-Méndez, Plaza, 
Manrique, Salón i Lara, recienllegado de Casanare. 

Habla el Libertador : 

— "Os he convocado a esta Junta de Oficiales para co- 
municaros importantes nuevas que he recibido, i el plan de 
campaña que los sucesos me sugieren. A mediados del mes 
de abril tuve aviso de que un ejército español de tres mil 
hombres marchaba desde Nueva Granada á Casanare ; i ne- 
cesariamente supuse que tal movimiento era una combina- 
ción con Morillo, que acampa en el Guárico. Creí, pues, que 
era urgentísimo que nosotros atacásemos á la ma3^or breve- 
dad que fuera dable al uno ó al otro, antes de darles tiem- 
po á que se acercaran i emprendieran activas i concertadas 
operaciones sobre nuestro ejército. — ¿A cuál de los dos con- 
vendría atacar? — Hé aquí en lo que ha venido vacilando mi 
voluntad al compás de las oscilaciones de mi pensamiento. 
Pero hoi recibo comunicaciones de Santander, en que me 
avisa que Obando ha tomado el veinte i cuatro de abril* á 
Salina Chita ; que Arredondo había atacado la formidable 
posición de Paya, donde diez hombres pueden detener á mil, 
i que quienes la defendían habían huido i fueron persegui- 
dos hasta Labranza Grande. Me advierte Santander que la 
disposición de todos los pueblos de la Nueva Granada es su- 
mamente favorable á la causa de la independencia i de la 
República, excitados como han sido hasta los indiferentes por 
los inauditos atropellos que allí han ejercido los realistas." 

"Durante los tres últimos años el feroz virrei Sámano ha 
empapado de sangre americana, con mil patíbulos, el suelo 
de la noble Bogotá. Nada ha habido venerable para esta 
hiena con figura humana. Ni la sabiduría ni la gracia han 
sido bastantes á moderar su furor : fusila al sabio Caldas, 
respetado por Mutis i por Humboldt, i fusila también á la be- 
lla i delicada virgen Policarpa Salavarrieta." 



bolívar 83 

"Tales sucesos determinan el camino de nuestra campa- 
ña. Marcharemos á Casauare, nos uniremos á Santander, 
continuaremos por caminos difíciles por donde no podrán 
esperarnos, á caer sobre el corazón de la Nueva Granada, 
engrosaremos allí nuestras filas, buscaremos al enemigo, le 
daremos batalla i lo venceremos. Dejando libre la Nueva 
Granada de la opresión española, volveremos inmediatamente 
á Venezuela á destruir á Morillo. De este nada debemos te- 
mer en este movimiento ; primero, porque pasados pocos días 
el bajo Apure estará inundado por la creciente de sus ríos i 
caños ; i segundo, porque dado el caso de que llegara á ex- 
pediciouar sobre nosotros, el general Páez, que queda aquí 
observándolo, se pondría sin descanso á pisar sus huellas i 
á hostilizar su retaguardia, hasta detenerlo en su marcha. 
Pero debe entenderle mui bien que el carácter esencial de 
esta operación ha de consistir en la más asombrosa activi- 
dad para que el enemigo no tenga tiempo de apercibirse de 
ella. Mucho he venido preparando para una marcha rápida 
i larga ; pero mucho falta todavía, i antes de emprender re- 
sueltamente algo, he querido oir la opinión de mis buenos 
compañeros." 

Unánime aprobación dan los circunstantes á aquel plan, 
que es calificado de sabio, aunque todos lo creen de sin 
igual atrevimiento. El Libertador manifiesta que ya tiene 
también la favorable opinión del general Páez. 

Desde aquel día hasta el veinte i cuatro del mes, un 
trabajo incesante se emprende para reconcentrar en Mantecal 
todas las fuerzas, pertrechos i provisiones, bestias de carga, 
reses, etc. El veinte i cinco i el veinte i seis se organiza 
el ejército reconcentrado, i se duerme en disposición de mar- 
char al día siguiente camino de Guasdualito. 

Rayando arreboles el alba, parches i cornetas lanzan al 
viento de aquellas llanuras las alegres i animadoras notas de- 
la diana. Pónese de pie el soldado, cruzado el busto por 
las anchas correas de la cartuchera i del tahalí, sacude la 
manta que le sirvió de colchón i de abrigo sobre la tierra 
de la pampa, dóblala i cuélgala del hombro izquierdo, deján- 
dola caer en iguales partes sobre el pecho i la espalda, in- . 



84 ETAPA TERCERA 

clina sus puutas hacia la cadera derecha, i la sujeta al 
cinto con angosta i fuerte tira. Amarra á esta luego el pe- 
queño morral de bien tramado lienzo que lleva su pobre me- 
naje ; pone al cinto en su vaina de cuero el afilado cu- 
chillo, toma su fusil i espera la orden de formar, masti- 
cando un bocado de carne salada i otro de plátano, i bebiendo 
un trago de aguardiente. 

Otra vez suenan tambores i clarines dando la primera se- 
ñal para la marcha. 

Limpiase del polvo el lomo de las numerosas bestias de 
carga que llevarán los equipajes i el parque ; arrójause so- 
bre ellas las pajizas enjalmas, que afirman sogas al cuerpo 
del paciente animal, i cárgase á cada uno con el peso que se 
le ha asignado. 

Gritos singulares del llanero hacen levantar los rebaños 
de toros que acompañarán al ejército para su alimentación. 

Al tercer toque de marcha, la aurora empieza á teñir 
con los brillantes colores de sus pinceles, las nubes del orien- 
te ; i abre la marcha el bravo Rondón á la cabeza de un 
bizarro escuadrón de ginetes del Alto L,lano. Arrogante gru- 
po que se aleja sacudiendo el polvo de la llanura con los 
cascos de sus briosos corceles, i haciendo brillar con blancas 
chispas sobre sus cabezas el limpio hierro de sus agudas i 
afiladas lanzas. 

Sigue tras ellos el batallón Rifles, que manda Arturo 
Sandes ; luego el batallón Barcelona, que manda Ambrosio Pla- 
za ; i luego el de los esforzados ingleses, memorable Albión, 
con el sereno Rook á su cabeza. 

Marcha después el escuadrón Bravos de Páez, que manda 
el valeroso Cruz Carrillo. 

Sigue luego un gran rebaño de toros que camina entre 
dos pequeños cuerpos de caballería. Después, las bestias que 
conducen el parque i los equipajes, seguido de los carabine- 
ros que rige Mellao. Detrás de estos, otro rebaño de toros, 
i luego una caballada en pelo. Cubre la retaguardia un es- 
cuadrón de lanceros, también del Alto L,lano, que manda el 
aguerrido Infante. 



bolívar 05 

Bolívar i su Estado Mayor salen los últimos de la villa, 
cuando ya el sol está bastante alto sobre el horizonte, aun- 
que velado por gruesas i cenicientas nubes. 

Cabalga en la comitiva del Libertador el Médico Ciruja- 
no Mayor del Ejército, que tiene bajo sus órdenes á los 
médicos divisionarios i á los jóvenes practicantes que los ayu- 
dan en el ejercicio de su generosa profesión. 

Custodiado por esos jóvenes practicantes i con la impe- 
dimenta del parque, se ve el escogido i abundante botiquín, 
destinado á la patriota hueste. En grandes baúles de oloro- 
so cedro, que interiormente llevan diversos i apropiados com- 
partimientos, van en unos, las sustancias más necesarias á la 
curación ó al alivio de las enfermedades ; i en otros, los ins- 
trumentos que usa la cirugía en sus sangrientas i dolorosas 
operaciones. 

Entre los medicamentos llevan la admirable corteza de 
la quina, tan eficaz para la curación de las fiebres intermi- 
tentes, pálidas hijas de los lugares pantanosos ; el opio, zumo 
de las adormideras, que mitiga con el sueño los dolores, i su 
vinoso extracto el eficaz láudano ; la amarga yerba de la ser- 
pentaria ; el dorado ruibarbo ; hojas i flores secas de la ju- 
gosa malva ; las preciosas resinas de la jalapa i del guayaco ; 
la sabrosa pulpa del tamarindo i raices de la purificadora 
zarzaparrilla. 

Para purgantes conducen gran porción de maná, meloso 
licor que brota i se cuaja en los fresnos ; i la amarga sal de 
Epson ; i para vomitivos, el activo tártaro i la raíz de la 
ipecacuana. Para sinapismos es el rubio polvo de las semi- 
llas del mostazo ; i para vegigatorios, la abrasadora cantárida, 
verde i brillante como esmeíalda. 

Alumbre, nueces de agallas i la olorosa resina del benjuí 
van como poderosos astringentes ; i en metálicos envases, 
abundante cantidad de aceite de olivos i de almendras, de bálsa- 
mo de copaiba i de trementina. 

Sal amoniaco, azufre, quermes mineral, antimonio, lima- 
duras de hierro, ojos de cangrejos, crémor tártaro, i otras 
sustancias m.ui usadas en medicina, se llevan cuidadosas* en 
sus respectivos compartimientos. I también la goma arábiga, 



86 ETAPA TERCERA 

el oloroso alcanfor, diversos emplastos i el amarillo ungüento 
basilicón. 

Bn otras cajas va el terrible arsenal del cirujano : esca- 
rificadores i ventosas para las sajas, que han de aplicarse á 
la parte' del cuerpo que reciba duro golpe ; lancetas de agu- 
da punta i afilados bordes para herir el tumor lleno de nau- 
seabundo pus, ó la vena que produce la salvadora sangría ; 
cuchillos de diferentes formas i tamaños i sierras para las am- 
putaciones ; i para comprimir, al efectuarlas, la gruesa arte- 
ria que ha de cortarse i evitar grandes pérdidas de sangre, 
suficiente número de torniquetes con la feliz modificación 
del insigne cirujano Petit ; agujas rectas i curvas é hilos de 
seda para ligar los sangniníferos vasos i para coser la piel 
cortada por afilado acero ; diversas tijeras, pinzas i sondas ; 
muchas esponjas i gran cantidad de hilas i de vendas prepa- 
radas para el ejército por las delicadas manos de las damas 
patriotas. 

En otras cajas llevan morteros i envases, de metal unos, 
de. porcelana otros, para las manipulaciones de la farmacia. 

Quien entonces hubiera podido elevarse mui alto sobre 
la ya silenciosa aldea, habría contemplado aquel ejército mo- 
viéndose sobre la llanura, como á esos grandes hormigueros 
que salen de sus cuevas á buscar las provisiones del invier- 
no. ¡ Bella, magnífica marcha ! 

Bolívar i quienes le acompañan van pasando rápidamente 
al lado de todos los cuerpos. Detiénese á veces el Liberta- 
dor i hace alguna observación al oficial ó soldado que olvida 
algo de lo que militarmente le concierne, para acostumbrar- 
lo á ser escrupuloso aún en las trivialidades, i mostrarle que 
su cuidado está siempre vigilante. Cuando llega al lado del 
jefe de cada cuerpo, sigue con él la marcha breve rato des- 
pués de informarse del estado de la tropa i de lo que pudie- 
ra necesitar ; i le da, al despedirse, alguna nueva orden para 
el servicio de la campaña. 

El cielo continúa cubriéndose más i más cada vez con 
el espeso velo de obscuras nubes : el calor es excesivo, so- 
focante, algo más de la tercera parte del que es necesario 
para hacer hervir el agua á la orilla del mar ; hombres i 



bolívar 



87 



animales sudan copiosamente ; la fatiga acorta i hace lentos 
los pasos ; no se siente el más ligero soplo de brisa que re- 
fresque la piel. 




A la mitad del día se hace alto para comer i sestear á 
ambas márgenes del casi exhausto Guaritico. 

Veinte toros se han distribuido entre los diversos cuer- 
pos del ejército. Aquí uno, enlazado por sus cuernos al ex- 
tremo de una larga soga hecha de cuero, es arrastrado por 
la fuerza de varios hombres que le tiran por el otro extre- 
mo hacia el tronco de un árbol, en que han dado una vuelta 
á la gruesa cuerda, hasta que el robusto animal, oprimiendo 
el tronco con la dura frente, recibe en la cerviz la profun- 
da puñalada que lo arroja al suelo con los estertores de la 
muerte. Allá, donde no hai árbol alguno, el novillo es co- 
leado en la carrera, derribado i maneatado con su propia cola 
en un instante por el ágil i atrevido llanero que allí postrado 
lo degüella. 

Larga cortada se da luego á la víctima, desde la gar- 
ganta por el medio del pecho i del vientre hasta la horea- 
jadura, para sacar entera la gruesa piel, que secada después 
al sol recibirá útiles empleos en el ejército. 



88 ETAPA TKRCERA 

El eslabón arranca al pedernal la chispa que enciende la 
leve yesca, i esta hace saltar la llama en la azufrada pajue- 
la, que aplicada á rimeros de secas ramas, forma pronto en 
el dilatado campamento, cien hogueras que lanzan al cielo 
ondulantes columnas de humo. 

Dividida la carne de la muerta res en diversas partes, 
se atraviesa con largas i delgadas estacas que se clavan en 
el suelo al lado de las hogueras para asarla. 

Al calor de esas hogueras se asa también el banano, que 
es el pan del soldado, i se hierve en agua la cuajada miel 
de la caña. 

Descargadas las bestias que conducen el parque i los 
equipajes, i libres del calor de las enjalmas, van alegres en 
juguetones grupos á beber en el río la tibia linfa que amor- 
tigua la sed, para pacer luego la escasa i seca yerba de la 
llanura. 

Todos los soldados comen sentados sobre el caliente suelo, 
i guarda cada uno su ración para la noche. 

A las tres se emprende de nuevo la marcha. Viento car- 
gado de humedad sopla ligeramente; i se escucha de cuando 
en cuando el mugido de lejanos truenos. 

Después de una hora de marcha el relámpago brilla fre- 
cuentemente por el lado del sur, i el estampido del trueno, 
que le sigue á breve plazo, anuncia que la tempestad viene 
acercándose velozmente. 

Ráfaga de fresco viento sopla con fuerza hacia el norte, 
aumentando cada vez más su velocidad ; i algunas gotas de 
lluvia empiezan á caer. 

Ya llega el formidable chubasco : brama el trueno ape- 
nas cesa el brillo del relámpago ; el viento arrecia ; la lluvia 
se hace copiosa. Por algunos instantes la tempestad cubre la 
vista de la llanura i del ejército : sólo se oyen los retumbos 
del trueno i la caída torrencial. Luego pasa : se ve hacia el 
norte el monstruo obscuro i relampagueante que sigue su 
vertiginosa carrera. 

Aunque todo el ejército lleva mojados sus vestidos, la 
frescura que da á la tarde aquella lluvia anima la marcha, 



bolívar 89 

que se prolonga hasta después de puesto el sol, hora en que 
se hace alto á las márgenes del río Setenta, para dormir so- 
bre la sabana en el mismo orden en que se camina. 

De madrugada el toque de diana pone en pie todo el 
ejército, que antes de salir el sol ya está de nuevo en 
marcha. 

El día amanece tempestuoso : el cielo está cubierto : 
húmedo viento sopla del este ; relampaguea i truena cerca. 

Detiene Bolívar el andar de su corcel para contemplar 
los apuros de un oficial que no puede montar su caballo por- 
que este piafando resiste á ello furiosamente. El Libertador 
manda que uno de sus asistentes sujete el freno de la ra- 
biosa bestia ; pero no puede lograrse con este auxilio que- 
la monte el oficial. Ocúrrese al arbitrio de tapar los ojos 
al caballo, i así sube á la silla el oficial ; pero apenas quita- 
da la venda mira á quien lo cabalga, empieza á corcovar i 
á tirarse de espaldas con tales ímpetus que el ginete cae al 
suelo. Propónese entonces el asistente del Libertador montar 
el airado caballo i puede tranquilamente realizarlo ; i Bolívar 
dispone que el oficial siga camino en la bestia que traía el 
asistente. 

Bolívar se muestra admirado ante aquella feroz resisten- 
cia de tan noble animal, i uno de los jefes que le acompa- 
ñan, dice que él ha sufrido una vez la terrible antipatía 
que esa clase de animales experimenta á veces ; i caminan- 
do al lado del Libertador, refiere lo siguiente : 

— " Estaba yo con cinco amigos en San Antonio del Tá- 
chira, de viaje para Cúcuta. Había venido cabalgando en 
una buena muía ; pero uno de los compañeros, deseando que 
yo probase la finura de su caballo en el andar, propuso que 
cambiásemos por algún tiempo de animales. Todas las bes- 
tias estaban atadas á los pilares de ancho patio en la casa 
donde habíamos almorzado, i, llegada la hora de partir, ca- 
da uno fué á montar la suya casi á un tiempo mismo. Al 
poner mi pie izquierdo en el estribo del hermoso caballo, 
noté en él una extraña agitación, i al caer mi pierna dere- 
cha sobre la silla, paróse repentinamente sobre las dos patas 
traseras, i me arrojó por la grupa, afortunadamente, sobre 



go ETAPA TERCERA 

unos fardos de lienzos que en el corredor había. Todos, i 
especialmente el dueño del caballo, extrañaron aquel repen- 
tino corcovo en bestia tan famosa por su mansedumbre i su 
finura. Quitósele la silla para examinar si algún objeto ex- 
traño alojado debajo del sudadero hubiese podido maltratar- 
la, i nada se encontró. Registrarónsele orejas, cuello, patas, 
pecho i vientre : nada había en ellos que pudiera haber dado 
motivo al inesperado suceso. Quise volver á montar, pero re- 
sistía á ello el caballo tan furiosamente como acaba de ha- 
cerlo el de ese oficial. Por darme satisfacciones el penado 
dueño, hizo sacar á la calle el caballo i que sucesivamente lo 
montasen uno después de otro hasta tres de mis compañeros ; 
i todos lo verificaron sin inconveniente alguno. Tranquila- 
mente caían á la silla i la bestia salía andando con ellos á 
su paso natural i elegante. Vistos mis vestidos i hasta la 
clase de espuelas que llevaba, aparecieron enteramente igua- 
les á los de mis compañeros. ¿Qué extrañaba, pues, en mí 
aquel caballo? ¿Por qué me mostraba tan marcada aversión? 
Kra la primera vez que nos encontrábamos en el mundo. 
Sería quizá alguna memoria ingrata de gente que se me pa- 
recía ? 

— Es posible, dice el Libertador : la memoria en estos 
nobles animales es cosa sorprendente. 

-^Picado mi amor propio, continúa diciendo el jefe que 
viene hablando, me empeñé en montar aquella bestia enfu- 
recida ; i con maña logré realizarlo, casi saltando sobre la 
silla. En ella apenas, un violento corcovo me llevó al anca ; 
pero pude volver á la silla prontamente. Arrojóse entonces 
el caballo, ciego de rabia, sobre la pared de un rancho de 
pajareque que cerca estaba, i el cual sacudió con terrible gol- 
pe que le dio con la frente. Saltó luego sobre un montón de 
cañas viejas, restos de un techo que hacía algún tiempo ha- 
bía caído allí, i enredadas en ellas las patas, las sacudidas de 
la bestia fueron insoportables, i caí de espaldas al suelo. Ví- 
nose encima de mí el caballo i pisoteó algunos momentos so- 
bre el sitio que tendido ocupaba, aunque sin tocarme. Re- 
cuerdo todavía el tallado asiento de sus cascos al pasar cerca 
de mis mejillas. Separado el caballo, mis compañeros corrie- 
ron á auxiliarme, creyéndome sumamente maltratado ; de mo- 



bolívar 91 

do que al levantarme i decirles que nada había sufrido, no 
lo creían, porque aseguraban haber visto claramente que el 
caballo pisó sobre mi pecho. Quisieron que descubriese esta 
parte de mi cuerpo para no seguir dudando lo que les decía, 
i así lo hice. Restablecido el contento entre todos, monté de 
nuevo en mi muía ; i su dueño en el ya apacible caballo, que 
llevaba la frente hinchada por el horrible porrazo, i segui- 
mos alegres para Cúcuta sin que pudiéramos explicar aque- 
lla invencible antipatía de la bestia " 

El oficial termina así el relato del curioso episodio. 

Muge la tempestad en diversos sitios en torno de la lla- 
nura, i comienza la lluvia que arrecia i disminuye su intensi- 
dad á cortos intervalos. 

Es medio día : está el aire obscuro como después de 
puesto el sol. El ejército hace alto para comer las provisio- 
nes que cada cual lleva, porque no es posible encender fue- 
go. Después de descansar algunas horas se continúa la mar- 
cha hasta la aldea de San Vicente á orillas del río Apure. 

Durante tres días más se ' marcha paralelamente al gran 
río, que ya empieza á aumentar el volumen de sus aguas. 
El quinto día de la marcha se acampa para dormir en la 
importante villa de Palmarito, i al siguiente en el sitio de 
^otumito. Aquí recibe el Libertador aviso de Páez de te- 
nerle preparado el almuerzo del día siguiente en el sitio me- 
morable de Mata de la Miel, donde le esperaba. 

Sumamente grata á Bolívar tal idea, emprende la marcha 
al amanecer hacia aquel sitio, seguido de todo el ejército. 

No ha cruzado el sol el meridiano cuando Bolívar i su 
Estado Mayor llegan al lugar en que Páez, acompañado de 
varios llaneros, prepara rústico, pero apetitoso banquete. 
Una larga i angosta mesa i largos escaños á uno i otro lado 
de ella, todo formado con igual artificio, á la sombra de 
apiñado grupo de coposos árboles, constituyen los improvisa- 
dos muebles para el obsequio. Da mesa i los escaños están 
formados por largas varas recién cortadas en el bosque del 
cercano río, i colocadas horizontalmente sobre horquetas en- 
terradas, diferenciándose la mesa por ser un pie más alta que 



92 ETAPA TERCERA 

los escaños. Cerca arde chisporroteando la hoguera en que 
se asa la carne de una gorda ternera. Relucientes i frescas 
hojas de banano extendidas en la mesa, sirven de manteles : 
sobre su verde obscuro luce el blanco pan del maíz, el do- 
rado i oloroso melón, i la roja i fresca patilla : en unas ja- 
rras se guarda abundante la delicada miel de silvestres abejas, 
i en otras el picante ají cortado en vinagre : en sus propias 
conchas hai asados varios galápagos ; i en diversas fuentes 
de lata se muestran condimentadas de varios modos aves i 
peces recien arrebatados al bosque i al río. Hai abundante 
provisión de vinos, i platos i vasos, todo traído desde Guas- 
dualito. 

Con Bolívar llegan Auzoátegui, Torres, Soublette, Brice- 
ño-Méndez, Manrique, Eara, Raugel, Iribarren i Salón. El 
Libertador hace llamar para que lo acompañen en aquel amis- 
toso almuerzo á los jefes de cuerpo Rondón, Sandes, Plaza, 
Rook, Carrillo, Mellao é Infante. 

Nada más rústico ; pero nada más glorioso .que aquel 
banquete. El sitio, memorable ; los comensales, héroes ; i la 
musa que preside é inspira, la amada i dulce Patria. 

Eíbase la primera copa de vino por el éxito de la cam- 
paña, i por la gloria inmortal de aquel bravo ejército que va 
marchando 

Sentados todos alrededor de la mesa, Bolívar en un ex- 
tremo i Páez en el otro, comienzan con alegría i apetito á sa- 
borear el agradable almuerzo. 

Un llanero presenta á Bolívar el asador para que corte 
un pedazo de la humeante i grasosa carne que atraviesa : 
luego se le trae otro que lleva juntos trozos del hígado, de 
los ríñones i el corazón de la víctima, i se le acerca pequeño 
plato lleno de la picante ensalada en que ha de mojar el sa- 
broso bocado. 

— Compañeros, dice Bolívar, bueno es que sazonemos este 
magnífico almuerzo, con que el héroe de las Queseras nos ob- 
sequia en este sitio inmortalizado por una de sus hazañas, 
con el relato de episodios brillantes i oportunos : que Páez 
mismo comience diciéndonos como fué el de los cueros arras- 



bolívar 93 

trados á Morillo, que tanto daño hicieron en la tropa rea- 
lista. 

— Fué ocurrencia mui sencilla de hace apenas cuatro me- 
ses, dice Páez. Sábese que en enero Morillo con el ejército 
realista cruzó el Apure sin oposición alguna, i que yo me 
retiré con las fuerzas republicanas al otro lado del río Arau- 
ca. Cuando supe que Morillo lo tenía todo listo para mar- 
char al día siguiente en mi persecución, hice llevar varios ca- 
ballos salvajes á la cercanía de su campamento, i como á 
las diez de la noche mandé que les ataran á los rabos fuer- 
temente, cueros secos i que los soltaran en dirección al ene- 
migo, disparando ai mismo tiempo algunos tiros de fusil. 
Los caballos partieron furiosamente produciendo un ruido es- 
trepitoso i penetraron espantados al campamento de los es- 
pañoles, quienes creyeron les iba encima una tremenda carga 
de caballería. Varios cuerpos rompieron el fuego en las ti- 
nieblas, i cundió el desorden por todas partes, de tal modo, 
que al día siguiente no pudieron los españoles ponerse en 
marcha i emplearon tres días en reorganizarse. 

— Si se me permite, dice Rondón, referiré algo semejante 
á eso, de que fui testigo. 

— Os oiremos con mucho gusto, Rondón, dice Bolívar. 

— Venía por estos llanos un pequeño cuerpo de infantería 
veterana española, probablemente en solicitud de ganado, al 
mismo tiempo que nosotros, los de un cuerpo de caballería 
republicana, cruzábamos llevando una madrina de potros ce- 
rriles. Al vernos los españoles, armaron bayonetas ; i en la 
necesidad de arbitrar algo para salir de aquel apuro, ocu- 
rriósenos ligar de dos en dos por las colas, varios de aque- 
llos potros con largas sogas de cuero, que nos habían servido 
para enlazarlos ; i colgar sobre sus aucas ramas con puutas i 
espinas, amarradas á una especie de cincha de cuerda que 
les pusimos ; i soltarlos en dirección al cuerpo de infantes 
españoles que venía marchando entre dos distantes bosqueci- 
llos. Detrás de los potros soltados, corrimos nosotros. Los 
españoles no descubrieron las sogas que llevaban arrastrando 
los caballos sino cuando ya los tenían encima, i fueron por 
ellas derribados en gran número. Aprovechándonos del des- 



94 ETAPA TERCERA 

orden, lanceamos muchos, varios se rindieron i pocos pudie- 
dieron ganar los bosquecillos, donde amparados comenzaron á 
disparar sobre nosotros. 

— No hai duda, dice Soublette, que en estos llanos la 
caballería de los llaneros es un elemento de guerra podero- 
símo ; pero una infantería veterana con bayonetas i bien per- 
trechada, se defiende de ella fácil i arrogantemente. 

— De eso es una prueba La Torre en Mucuritas, dice 
Páez. 

— Ciertamente, exclama Bolívar, no sólo se necesita de 
bravura en la guerra : el valor unido á la destreza que da el 
prolongado ejercicio de las armas, ó sea, el valor del vete- 
rano, es la serenidad, cualidad superior que hace sublime al 
hombre al frente de los mayores peligros. 

— Tengo para apoj^ar esas palabras del Libertador, dice 
Carrillo, un ejemplo admirable debido á un héroe sin nom- 
bre. En uno de tantos combates ocurridos á los alrededo- 
res de Achaguas, el enemigo se defendió con una tenacidad 
inconcebible, hasta el punto de que reunidos en grupos ais- 
lados de á cuatro infantes, puestos espalda con espalda, dis- 
paraban sus armas sobre nosotros i detenían con sus bayo- 
netas el empuje de nuestros caballos. En aquella llanura, 
limpia por todas partes, se divisaba á lo lejos un pequeño 
bosque, como una isla en medio del mar, lo que llaman los 
llaneros nna mata. Casi terminado el combate, noté que un 
soldado, fusil al hombro, corría solo en dirección á aquel 
bosquecillo para salvarse.— No es posible, dije, que ese logre 
escapar, i dando espuelas á mi potro, lanza en ristre, corrí á 
escape sobre el fugitivo. Cuando distaba de él como cincuen- 
ta cuerpos de caballo, volvióse de repente, hincó una rodilla 
en tierra i tranquilamente me apuntó. Sofrené la bestia con 
todas mis fuerzas, la hice girar media vuelta sobre sus pa- 
tas traseras, i dando la espalda á mi enemigo, procuré que 
mi caballo ondulase en su marcha para evitar que se me 
tomase bien la puntería. Al cabo de un instante volví la 
vista al valiente soldado, i observé que había continuado su 
carrera hacia el bosque con su fusil al hombro. Arremetíle 
nuevamente, i nuevamente hincando rodilla en tierra i apuu- 



bolívar 95 

tándome rae hizo temer su disparo, i me obligó otra vez á 
sofrenar i sacudir mi caballo. I él, sin disparar, al volver 
yo cara continuó rápidamente en el camino de su escape. 
Pensé entonces que aquel soldado tenía descargado su fusil, 
i que aquellas maniobras que ejecutaba eran sólo vana ame- 
naza para atemorizarme. Decidí, pues, arrojarme sobre él 
hasta herirlo cotí mi arma porque su fusil no tenía bayone- 
ta. Doi espuelas á mi caballo ; de nuevo me espera un 
instante apuntándome ; i cuando apenas distaba de él cinco 
cuerpos de caballo, dispara, i la bala penetrando por uno de 
los ojos del potro lo dejó muerto en el acto. En la violen- 
ta detenida, saltó de mi mano la lanza, caí sobre el cuello 
de mi caballo i luego con él vine á tierra, quedando una de 
mis piernas oprimida bajo el peso de su ya inmóvil cuerpo. 
Corre entonces el soldado sobre mi lanza, la toma, i antes 
que hubiera tenido tiempo de levantarme, amenaza mi pecho 
con su afilada punta. 

— ¿ No temes que te mate ? me pregunta. 

— No, le respondo, un valiente como tú no mata á un 
hombre caído é inerme. 

— Así es, me dice, te queda la vida : tu lanza la dejaré 
clavada en el suelo á la entrada del bosque. 

— ¿Tienes todavía cartuchos, valiente soldado ? Puedo dar- 
te algunos, le grito. 

— Me quedan dos i me bastan, contestóme. ¡ Adiós ! 
Vienen allá á escape tres de tus compañeros á auxiliarte. 

— ¿De dónde eres? ¿Cuál es tu nombre? le pregunto. 
— No te importa saberlo, es su respuesta. 

El bosque quedaba ya mui cerca : clavó mi lanza en el 
suelo i desapareció entre los árboles. Hice quitar luego silla 
i freno á mi infeliz corcel i llevarlos al campamento, donde 
todos admirábamos la extraordinaria serenidad de aquel sol- 
dado. 

— Sin Suda, dice Páez, para hacer eso no solamente es 
necesario tener un valor á toda prueba, sino la mayor con- 
fianza en la puntería de su fusil. 



96 ETAPA TERCERA 

— Es un episodio admirable, agrega Anzoátegui. 

Terminado el almuerzo, Bolívar i Páez se sientan juntos 
sobre un viejo tronco que allí está caído, i hablan du- 
rante mucho tiempo. 

Ensillados de nuevo los caballos, todos montan i siguen 
camino de Guasdualito, á cuya villa llegan á la puesta del 
sol. A la misma hora llega allí todo el ejército. 

Desde Mantecal hasta Guasdualito se habían andado cin- 
cuenta leguas en la primera semana de aquella ruda campaña. 

Al día siguiente continúa la marcha del ejército para la 
villa del Arauca. El general Páez se despide del Libertador 
i marcha al Bajo Apure. 

En la mañana del día tres de junio se comienza el trán- 
sito del río frente á la villa. Eos cuerpos de caballería pa- 
san todos á nado. En canoas, algunas de ellas ingeniosamente 
fabricadas con los secos cueros de las reses, trasládase lenta- 
mente la infantería, el parque i los equipajes. 

El ganado lo constituyen mil novillos i para su paso se 
dividen en dos partidas de á quinientos cada una. 

Formado por dos cercados de gruesas i altas estacas, mui 
saparados al principio i que van acercándose á medida que 
se aproximan á la orilla del río, está hecho un callejón, que 
los llaneros llaman una manga. Fuera de esta los quinientos 
toros de una partida son arreados, siguiendo dos reses acos- 
tumbradas á pasar el río, i que nombran, madrineras. De- 
lante de estas va el guiador á caballo, quien comienza á andar 
más velozmente cuando va cerca de la boca de la manga. Al 
estar toda la partida en movimiento se la arrea atrás i á los 
lados con grandes gritos, hasta hacerla trotar. El guiador 
llega al agua i se arroja á ella á caballo hasta que este 
empieza á nadar ; entonces se desmonta i sigue nadando al 
lado de él, agarrado con la siniestra mano de la crin : detrás se 
arrojan al agua las reses madrineras que le siguen nadando ; 
i ^después van tirándose al agua, unas tras otras, todos los 
demás animales de la partida. A uno i otro lado del rebaño 
que nada, hai botes tripulados para guiarlo i ayudarlo á se- 
guir lo más rectamente posible á la otra orilla. Importa 
mucho que en esta operación no rechace la partida antes de 



bolívar 97 

caer al agua, porque entonces se dispersa i es casi imposible 
obligarla á pasar la corriente fluvial. 

Allá adelante se ve sobre el agua del río la redonda 
cabeza del guiador i la crinada de su potro : luego un bos- 
que de mil cuernos esparcidos sobre las ondas, que ilota len- 
tamente de una á otra margen. 

Dos días se emplean en el paso de todo el ejército. El 
día cuatro en la noche todo está con Bolívar en la villa del 
Arauca. 

La lluvia ha continuado incesante : la llanura ha rever- 
decido, i de cuando en cuando brilla como esmeralda, si 
asoma brevemente el sol por alguna grieta que se abre en 
las apiñadas nubes. 

De Arauca sale el ejército el cinco, i gasta una nueva 
semana de mayores martirios hasta la aldea de Tame, á don- 
de llega el doce. Treinta leguas separan esos dos sitios : 
tieinta leguas de horrible inundación Los ríos Lipa, Ele, 
Casanare i sus afluentes i caños crecidos hasta desbordar, cu- 
bren de agua casi toda la pampa. La lluvia no ha tenido 
misericordia : ha caído abundante sin cesar. Días enteros 
camina el ejército con el agua hasta las rodillas ; i muchas 
noches ha dormido sobre el campo encharcado. Gran canti- 
dad" de las muías del parque i muchos caballos se han aho- 
gado ; i de los rebaños de ^toros rechazados en los pasos á 
nado se ha perdido la mitad de su número. Lara i Molina 
se .han adelantado por orden del Libertador á anunciar á* 
Santander la aproximación del ejército para que aliste canoas 
en el paso del río Casanare. 

Inmensa bandada de negros catártidos sigue, vagueando 
por los aires, el camino del ejército, que va dejando cadá- 
veres en abundancia para regalo de aquellos buitres. Cuan- 
do torne el verano, muchos esqueletos destacarán su blan- 
cura sobre la verde alfombra en que reposen. 

Tantos i tan horribles sufrimientos detendrían la marcha 
del ejército, si pararse no fuera morir, i retroceder peor que 
continuar el camino. La impaciencia le mataría si la conso- 
ladora esperanza no le señalase adelante tierra seca, fresca i 



9 8 



ETAPA TERCERA 



inunda donde reparar quebrantos i descansar de la perenne 
fatiga. 




r - ^" 



En Tame encuentra p Bolívar á Santander, i allí perma- 
nece con el ejército hasta el diez i seis que se continúa la 
terrible peregrinación bajo el azote de la inclemente lluvia. 

Nueva semana de aquel martirologio. Crúzase el Casa- 
nare, después el Chire, el Aricaparo, i el Ariporo. 

El día veinte i tres se llega á la aldea de Pore, dejando 
ya atrás con inmensa alegría les terrenos de las inunda- 
ciones. 

El cuerpo de los generosos ingleses ha sufrido más que 
todos. Completamente extraños al clima abrasador, á la mala 
alimentación i á tan crudas intemperies, de los trescientos 
cincuenta hombres quejo formaban en Mantecal, llegan á 



bolívar 99 

Pore, útiles para continuar la marcha, sólo ciento cincuenta. 
Muchos han quedado muertos en el camino por agotamiento 
de fuerzas ; otros atacados de la feroz disentería ; i los res- 
tantes, heridos los descalzos pies por las espinas del campo 
ó por la afilada aguja del pez-raya, ó mordidas las piernas 
por el voraz pez-caribe, tan abundante en esas aguas, han 
ido quedando inválidos para la marcha, alojados en los ran- 
chos de las aldeas i hatos por donde ha pasado el ejér- 
cito. 

Va á trepar ahora altas i ásperas montañas por cami- 
nos poco frecuentados, pendientes, angostos, cercados de pre- 
cipicios. Para el trasporte por ellos del abundante parque i 
de los equipajes, i para el alimento del ejército, Bolívar ha 
logrado reunir hasta cinco mil animales entre caballos, muías 
i novillos. 

El día veinte i cinco comienza la ascención ; el veinte i 
ocho, después de cruzar el Pauto, llega el ejército á la aldea 
de Morcóte, i el treinta .á Paya, el temible desfiladero que 
había sido ocupado por tropas republicanas hacía ya muchos 
días. El, camino' de Pore á Paya ha quedado regado de ca- 
ballos i muías : unos muertos, otros cansados, otros inútiles 
porque se han roto alguna pierna. 

Pero aún no está colmado el cáliz de las tribulaciones. 

De Paya pueden seguirse dos caminos para entrar al 
corazón de la Nueva Granada : uno por Labranza-grande, 
abundante de recursos i de climas templados : otro por el pá- 
ramo -de Pisba, que levanta su cumbre hasta cinco mil varas 
sobre el nivel del mar. Bolívar elige este último porque era 
imposible que por él se esperase la marcha de ejército al- 
guno. 

El cuatro acampa Bolívar con la vanguardia al pie de 
la azarosa eminencia. ¡ Noche de horrible frío ! 

En la madrugada del glorioso cinco de julio el Liber- 
tador i par,te del ejército acometen la subida. 

El aire está tan enrarecido en aquellas alturas, que el 
hombre i los animales experimentan una penosa sensación de 
angustia para respirar. El frío es el del hielo recien cua- 



IOO 



ETAPA TERCERA 



jado ó mui cerca de serlo: la voz no tiene resonancia, es 
necesario gritar para que se oiga á pequeñas distancias : se 
siente debilidad general en el organismo, sobre todo cuando 
se está fatigado por musculares esfuerzos. En aquellas regio- 
nes vive siempre la tempestad : días enteros permanecen en- 
vueltas en espesas nubes : el viento que sopla trae ráfagas 
de afilados granizos que cortan la cara del viajero ; la nieve 
cae en grandes copos : la vegetación va desapareciendo á 
medida que se sube, i queda al fin sólo en dispersos gru- 
pos el frailejón de aspecto triste i raquítico envuelto en sus 
velludas i cenicientas hojas : ninguna ave vuela en aquellos 
parajes, al menos que algún cóndor pase majestuoso mui alto 
sobre la desolada cumbre. 




L,as constituciones débiles sucumben allí víctimas del mal 
de la montaña. Al principio, vértigos, dolor de cabeza i 
somnolencia anuncian que la víctima ha sido elegida : la res- 
piración anhelante llega á ser luego angustiosa : trasuda san- 
gre por los labios i por los párpados ; se sufren nauseas que 
traen vómitos : pulso febril muestra la agitación del corazón : 
hieren después al paciente agudos dolores musculares, i por 



BOUVAR IOI 

último se experimenta horrible dificultad para moverse : se 
cae al suelo : la piel seca se vuelve fría i pálida : amoratase 
la faz i se exhala el último aliento de la vida. 

Muchos soldados mueren así en aquel frígido desierto. 

De los millares de caballos i muías salidos de Pore, 
uo quedan allí ni los necesarios para cargar el parque, que 
en su mayor parte es recogido i llevado luego en hombros 
por los indígenas que viven en las aldeas inmediatas, acos- 
tumbrados á trasportar por aquellos aspérrimos caminos hasta 
ciento cincuenta libras cada uno. 

Aquel ejército más parece que va huyendo á escape por 
salvar sólo la vida, perseguido de formidable i cruel enemi- 
go, i' no que lo va buscando para luchar con él i vencerlo. 

El siete, traspuesto el páramo, acampa Bolívar con gran 
parte del ejército en Socha, i despacha á Lara para que 
vaya á Socotá á solicitar auxilios con que a}^udar á Sou- 
blette en el paso de aquella horrible comba andina, i al cuer- 
po de ingleses que había quedado en Paya. 

Cuarenta i tres días han trascurrido en la espantosa mar- 
cha de Mantecal á Socha : llegan novecientos infantes i dos- 
cientos ginetes sin caballos, todos en el más miserable estado. 
Su salvación ha dependido de la seguridad aferrada al ánimo' 
del enemigo de ser imposible la invasión por aquella horri- 
ble vía. Un pequeño destacamento al pié del páramo ha- 
bría bastado para hacer prisionero aquel ejército de fatigados 
menesterosos. 

Es indescriptible la alegría de estos hombres al pisar los 
bellos i fértiles valles de la provincia de Tunja, la opulenta 
i antigua residencia de la poderosa nación de los muiscas. 
Después del largo i horroroso infierno que acaba de atrave- 
sar, aquella rica tierra es para ellos un paraíso. El clima, 
agradable, lejos del calor abrasador de los llanos de Apure i 
de Casanare i lejos también del frío entumecedor de las gran- 
des alturas : la lluvia ha cesado : campos cultivados, graneros 
llenos de maíz i papas, frutos diversos i dulcísimos, pastos 
frescos i abundantes : villas, aldeas i vecindarios por donde 
quiera con habitantes amigos que reciben á los soldados re- 



102 ETAPA TERCERA 

publícanos como á sus libertadores, i les brindan con agasa- 
jos alimentos i vestidos, caballos i ganados. 

Una sola semana de esa felicidad basta para borrar la 
amargura del recuerdo de las seis infernales que antes han 
pasado : la salud del cuerpo da bríos i alegría al espíritu : 
ahora vendrá el campo de batalla donde, al menos, se muere 
combatiendo con la ansiedad de la victoria. 

Resplandece con luz de alba la alcoba eu que duerme 
Bolívar reclinado en duro banco todavía con los arreos de la 
marcha. La fatiga lo ha rendido. Kroclea, radiante de her- 
mosura, penetra por la mal cerrada puerta i se acerca á Bo- 
lívar : contémplalo un instante, i luego inclinando su noble 
cabeza, imprime en la frente del héroe un beso que lo des- 
pierta sobresaltado i lo inunda de felicidad. 

— ¡ Oh ! mil veces dichoso yo entre todos los hombres 
de la Tierra ! De sólo verte, ídolo de mis íntimos amores, 
me exalta la dicha i me enloquece la alegría. 

— Tú lo sabes, Bolívar, que no te he abandonado un ins- 
tante en la atrevida i prodigiosa marcha que acabas de rea- 
lizar con tu ejército de sufridos i valerosos soldados. ¡ Cuán- 
tos trabajos ! ¡ Cuántas penalidades ! Pero todo ha sabido 
vencerlo tu constancia. 

, — No, divina Eroclea, nada he podido hacer sin tí. Sin 
tu amor que llena mi alma i se refleja en el alma de todos 
los que me siguen ; sin tu dulce compañía que ha venido tem- 
plando como acero el vigor de mi voluntad ; sin el encanto 
que derramas en mi espíritu, que lo embriaga i lo hace so- 
ñar con celestiales visiones, no hubiera sido posible acometer 
esta campaña, ni terminarla después de acometida. ¿ Qué 
mortal que no sienta tus generosos impulsos, podrá resistir 
tantas fatigas i dolores ? ¿ Qué alma que no sienta el calor 
vivificante de tu aliento no desmaya ante la desesperación 
que causa la lucha contra tantos elementos conjurados para 
la adversidad ? Pero yo soportaría resignado i alegre, infor- 
tunios diez veces mayores que los que acabo de sufrir, por la 
dicha incomparable de contemplar tu belleza, de gozar los 
inefables encantos de tu amor. Reclina tu preciosa cabeza 
sobre mi pecho, deidad sublime de mi alma : oye como pal- 



bolívar 103 

pita ardoroso por tí mi corazón. Déjame ver así tus ojos 
que es como ver el cielo sin nubes ; deja que mi mirada pe- 
netre en la tuya hasta el fondo de tu alma grande i gene- 
rosa : deja que me deleite viendo entre tus labios palpitar tu 
sonrisa, corno rayo de luz que vibra entre dos pétalos de 
rosa. Que te ame mientras viva ; que te ame más cada 
vez, divina Eroclea. Conserva siempre en *mi alma, sublime 
esposa, este fuego sagrado con que te adoro : no dejes que 
se apague sino cuando al mismo tiempo se apague la llama 
de mi vida. Deja que al tierno beso tuyo con que te has 
dignado despertarme responda con dos amantísimos besos 
míos sobre tus bellos ojos. 

— ¡ Cuánto gozo, esposo mío, al ver como va creciendo 
para mí tu ardiente amor ! Ya ves cuan bien lo correspon- 
do : vivo siempre á tu lado con tus triunfos i con tus reve- 
ses, con tus alegrías i con tus pesares : te aliento en el 
infortunio, te modero en la victoria : te doi dichas con mis 
encantos, i te prometo como galardón la inmortalidad de 
nuestros amores. Pero no ha llegado todavía, Bolívar, la 
hora de entregarnos á los dulces abandonos del amor. Alista 
con rapidez tus tropas ; repara sus bajas ; acopia recursos ; 
prepara las armas i alienta el bélico espíritu de tus soldados 
i de estos pueblos, que Barreiro viene marchando á buscarte, 
sorprendido del inaudito arrojo que ha dado ya inmarcesible 
fama á tu. nombre i á tu ejército. La alegre diana despierta 
el campo. ¡ Adiós ! me hago invisible, pero quedo á tu lado. 

El día diez se avisa á Bolívar que las fuerzas españo- 
las se han presentado unas en Corrales i otras en Gámeza. 

El coronel Bricefío marcha sobre Corrales, ataca la avan- 
zada enemiga i la derrota. Los realistas por su parte 
atacan i derrotan la avanzada republicana que se ha situado 
en Gámeza ; pero el general Santander se precipita con su 
división hasta aquel punto, después de incorporar la avan- 
zada que repliega, i carga valerosamente á lo grueso del ene- 
migo. Este retrocede hasta Peña de Tópaga, donde reunido 
á la columna derrotada en Corrales, toma posiciones para pa- 
sar la noche. 



104 ETAPA TERCERA 

Los republicanos acampan para dormir en Aposentos de 
Tasco. 

Al amanecer el día once se sabe que el general español 
Barreiro con sus tropas ha pasado el río Gámeza i viene 
marchando sobre el campamento de los independientes. Las 
divisiones de Anzoátegui i de Santander le salen al en- 
cuentro. • 

Barreiro repliega á Peña de Tópaga, seguido de los re- 
publicanos que allí le atacan durante ocho horas i logran 
empujarlo hasta los Molinos. En aquella larga brega tienen 
los patriotas pocas pérdidas, pero una mui lamentable, la 
del intrépido i disciplinado jefe Antonio Arredondo. 

Las divisiones republicanas vuelven con alardes de ven- 
cedoras á su campo de los Aposentos de Tasco. 

Bolívar que sabe bien que el reposo es carcoma destruc- 
tora de los ejércitos ; i que, al contrarío, la perenne activi-. 
dad les crea recursos, les da aliento i mantiene indeciso al 
enemigo, resuelve marchar con toda su tropa hacia el de- 
partamento de Santa Rosa, poseer este fértil territorio i do- 
minar el magnífico valle del Sogamoso. 

Este movimiento obliga al jefe español á abandonar su 
posición de Tópaga, i va á acamparse en los Molinos de 
Bonza á inmediaciones de la ciudad de Tunja. 

El día veinte el ejército republicano aparece frente á 
aquellas inexpugnables posiciones, i durante cinco días evo- 
luciona de diferentes modos, simulando avances i marchas, 
con el propósito de hacer salir de ellas al enemigo i traerlo 
á otro campo á dar batalla ; pero no logra que las abando- 
ne ni un instante. 

Es necesario tomar una resolución que ponga término á 
aquelestado.de ansiosa espectativa, i el Libertador dispone la 
marcha por el camino del Salitre de Paipa, que pasa á es- 
paldas del enemigo. Cruza el ejército republicano el río So- 
gamoso á las diez de la mañana, i continúa sin estorbo su 
marcha hasta el medio día, cuando al desfilar por el Pan- 
tano de Vargas ve aparecer la hueste realista coronando las 
alturas á su frente. 



BOUVAR 



I05 



Apercíbense ambos ejércitos para la batalla. El republi- 
cano ocupa una posición desventajosa que se procura defen- 
der lo mejor posible, haciendo que Santander suba con su 
división á unas eminencias que formarán el ala izquierda 
del campo, ya que la derecha está naturalmente amparada 
por el pantano que da su nombre á aquel sitio. 

Barreiro abre la acción atacando la izquierda de los pa- 
triotas, i al ver que cede al vigoroso empuje de sus tropas, 
ordena con igual arte i denuedo la carga sobre el centro, que 
arrolla i desordena los batallones Rifles i Barcelona que in- 
tentan resistirla. 




¡ Momento de horrible angustia ! La victoria parece que 
acaricia el pendón de España, cuando Bolívar con ímpetu 



IOÓ ETAPA TERCERA 

formidable, vuela al lugar del conflicto, reúne á los desban- 
dados cuerpos, los afirma en el campo de la pelea, i ordena 
á Rooke que con su legión inglesa desaloje al enemigo de 
la altura conquistada á su izquierda. 

La valerosa legión guiada por su imperturbable jefe, 
trepa bizarramente á cumplir la orden i nada pueda resistir- 
la : primero con lluvia incesante i certera de mortífero plo- 
mo que lanza de sus fusiles ; luego con el empuje de sus 
bayonetas que vuelca sangrientos á cuantos intentan la úl- 
tima resistencia. Treinta ingleses marcan el camino de la 
gallarda legión, caídos al suelo sin vida ó postrados por do- 
lorosa herida : el teniente Kaisley está exánime ; su compa- 
ñero Mac Manus, herido ; i el mismo Rooke tiene horrible- 
mente destrozado su brazo derecho- 

Barreiro ordena nuevo i más vigoroso ataque sobre el 
centro para decidir la batalla. Bolívar espera sereno i re- 
suelto. Luchase como en un duelo á muerte, i cuando todo 
parece de nuevo perdido para la República, el Libertador 
llama á Rondón, que espera órdenes con su cuerpo de ca- 
ballería llanera, i le dice : 

— " Ahora os toca, Rondón, «alvar la Patria con una 
brillante carga de vuestra caballería." 

Como madeja de rayos lanzada por la poderosa mano de 
airado Júpiter, así parte la legión de centauros contra los 
escuadrones enemigos, que caen como espigas en la siega, 
á los mortales golpes de aquellas implacables lanzas. Toda 
la infantería republicana enardecida por aquel heroísmo es- 
tupendo se precipita también desesperada con valor incompa- 
rable sobre las opuestas bayonetas. Al mismo tiempo otra 
parte de la caballería republicana al mando del teniente Car- 
bajal, carga furiosamente la caballería española por el cami- 
no principal i la obliga á huir hasta ponerse en salvo so- 
bre lugar inabordable. 

¡ Sangriento combate ! Lucha encarnizada que no ter- 
mina sino con la obscuridad de la noche ! Justo Briceño, 
Arturo Sandes, el edecán del Libertador O'Leary i muchos 
otros oficiales están heridos. José Jiménez i más de cien sol- 
dados yacen sin vida. Cinco veces mayor ha sido la per- 



BOLÍVAR 



io: 



dida de los realistas, que dejan eu el campo gran cantidad 
de atinas i municiones. 




Ambos ejércitos vivaquean á corta distancia de la ya 
famosa arena ; pero al día siguiente, como gladiadores desan- 
grados, regresan á sus cuarteles de la víspera, á restañar 
heridas i recobrar nuevas fuerzas para la lucha. 

Bolívar llama al servicio de las armas á todo^ los pa- 
triotas de aquellos pueblos, que corren alegres por centena- 
res á ponerse á la sombra de la gloriosa i amada bandera 



108 ETAPA TERCERA 

de la independencia : se hacen venir los armas i pertrechos 
que quedaron en el camino del páramo : se disciplinan con 
frecuentes ejercicios á los reclutas. 

Barreiro, al mismo tiempo, reorganiza sus quebrantadas 
fuerzas ; i no creyendo que Bolívar haya podido burlar las- 
timosamente la vigilancia de jefe tan avisado i experto como 
Morillo, espera de él prontos auxilios, i divulga la falsa no- 
ticia de que los republicanos llegaban allí huyendo del te- 
mido jefe español que venía marchando sobre sus huellas. 
Así lograba mantener compacto su ejército, entusiasta por su 
causa i confiado en la victoria. 

El día tres de agosto mueve Bolívar su campo sobre la 
villa de Paipa, donde tenía sus tiendas Barreiro ; i este se 
retira á las alturas que dominan el camino de Tunja. Bo- 
lívar con su ejército cruza el Sogamoso i acampa á media 
legua de los realistas. Al obscurecer el día siguiente el Li- 
bertador dispone un falso movimiento de retroceso á sus an- 
tiguas posiciones de Bonza : se pasa el río ; pero después de 
entrada la noche, ordena cruzarlo nuevamente i seguir por el 
camino de Toca á marchas forzadas sobre Tunja, dejando á 
la espalda todo el ejército español. ¡ Ardid admirable, cuyos 
resultados decidirán del buen éxito de aquella maravillosa 
campaña ! A las nueve de la mañana del día cinco llega 
Bolívar i su ejército á Cibatá, i á las once entra sin oposi- 
ción alguna á la importante ciudad de Tunja, interponién- 
dose al desconcertado Barreiro i al virrei, que tiene tropas 
i cuantiosos recursos en Bogotá. 

En la ciudad de Tunja encuentran los republicanos seis- 
cientos fusiles, un almacén de vestuarios i paños que alivia 
la desnudez del sufrido soldado ; botiquines i maestranzas. 

El ejército español no observó aquel atrevido nocturno 
movimiento de los patriotas, i viene á saberlo en la maña- 
na. Pónese inmediatamente en marcha sobre Tunja por el 
camino principal de Paipa ; mas, en el llano de la Paja, 
hace alto á la vista de un destacamento de dragones repu- 
blicanos, enviados después de la ocupación de Tunja para 
observar los movimientos de las tropas realistas. Estas que- 
dan allí estacionadas hasta que cierra la noche, cuando Ba- 



bolívar ÍQO. 

rreiro ordena la marcha por el desusado i rudo camino del 
páramo de Cómbita, que eleva su dorso á más de tres mil 
varas sobre el nivel de los mares, para bajar en la mañana 
á la aldea de Mota vita, distante legua i media de la ciudad 
de Tunja. • 

Seguramente Barreiro sólo piensa ahora seguir su marcha 
á Bogotá ; i Bolívar, que lo sospecha, observa cuidadoso sus 
más pequeños movimientos i mantiene su ejército formado en 
Tunja, listo á emprender la marcha á la primera voz que 
así lo ordene. 

Dos caminos tiene de allí Barreiro para seguir á la ca- 
pital del virreinato español : uno por la vuelta larguísima 
de Samacá ; otra por el paso del puente de Boyacá. 

¿Cuál eligirá Barreiro? Bolívar no quiere presumirlo, ni 
piensa mover sus tropas sin saberlo con certeza. Los vigías 
salen i entran incesantemente al cuartel general : los oficia- 
les del Estado Mayor observan de diferentes puntos : Bolívar 
mismo va á inspeccionar al enemigo para hacer de sus ojos 
válvulas á la ansiedad que lo mortifica, i para que viéndolos 
todos tan cuidadoso, den importancia grande á aquel ser- 
vicio i aumente cada cual la propia vigilancia. 

Apenas se cerciora Bolívar, al amanecer el día siete, de 
la marcha que ha emprendido el coutrario ejército, vuela con 
el suyo á interponérsele en el campo de Boyacá. 

A las dos de la tarde llega al puente la primera divi- 
sión del ejército realista, i descubre desde aquel punto que 
marcha sobre ella nuestra vanguardia de caballería. Envíase 
un cuerpo de cazadores á tirotearla, mientras la división si- 
gue su marcha, quizás creyendo que aquello es sólo un 
cuerpo avanzado de observación. 

El fuego enemigo da la voz de alarma al ejército repu- 
blicano, que acelera la marcha, i con gran sorpresa del 
campo realista, presenta á su mirada todas las columnas de 
su infantería sobre las alturas que lo dominan. 

La vanguardia realista pasa el puente i toma posiciones : 
el resto de su ejército está en lo bajo. 



IIO ETAPA TERCERA 

Tres mil soldados gritan : ¡ Viva España ! Dos mil gri- 
tan : ¡ Viva la Patria ! 

El batallón de cazadores de la vanguardia republicana 
despliega en guerrillas una de sus compañías, i con las demás 
en columnas, aftaca á los cazadores reales, que se retiran 
por el puente á incorporarse á su división. 

La infantería republicana desciende con la majestad de* 
alud sobre el campo de Barreiro ; i nuestra caballería mar- 
cha arrogante por el despejado camino. El batallón Rifles i 
lina compañía de ingleses forman la derecha en la línea de 
batalla de los independientes : los batallones Bravos de Páez, 
Barcelona i la caballería del Alto Llano, forman el centro ; 
los batallones Nueva G> añada, Gtiías i Cazadores, forman el 
ala izquierda : los milicianos de Tunja i del Socorro están á 
la reserva. 

L,a acción comienza al mismo tiempo en todos los pun- 
tos de la línea. Anzoátegui, que manda el centro, ataca con 
intrepidez asombrosa, la principal posición del enemigo, 
despreciando los fuegos de flanco que se le hacen ; i con mo- 
vimientos audaces, ejecutados con .estricta disciplina, envuel- 
ve todos los cuerpos que le enfrenta el enemigo. Una carga 
terrible de los llaneros apúrenos' hace perder al general espa- 
ñol la llave de su posición en la batalla : la derrota se de- 
clara en sus filas, i no es posible huir porque el campo está 
por todas partes cercado de republicanos. 

La izquierda patriota que manda Santander, pasa el puen- 
te, riñe gallardamente con la vanguardia enemiga i completa 
la victoria. 

Todo el ejército español con armas, parque i artillería 
queda rendido : los prisioneros, entre los cuales está Barrei- 
ro, igualan en número á' los vencedores. La victoria alcan- 
zada termina gloriosamente la campaña emprendida en Man- 
tecal. Jamás el ejército independiente había combatido con 
tan disciplinadas i tan bien mandadas tropas. 

Boyacá es ya un nombre inmortal. 

*** 
Bolívar sube ahora solo la cuesta por donde se preci- 
pitó el ejército republicano sobre el j r a aniquilado enemigo : 



BOLÍVAR III 

sube solitario porque oye la voz de su amada Kroclea que 
le va llamando i le dice que la siga. Ya en la cumbre, 
abrigada por el follaje de un bosquecillo de mirtos i rosales, 
que rodean larga piedra de granito tallada en forma de ban- 
co, muéstrase sentada la graciosa ninfa, iluminada de extra- 
ño fulgor su maravillosa belleza. 

— Ven, siéntate á mi lado, dice á Bolívar ; he querido 
yo misma darte el laurel que tu genio i tu patriotismo acaba 
de conquistar en este campo de honor i de gloria. Toma, 
cousérvalo siempre como premio de amor por tí. 

Así ofrenda á Bolívar un ramo de oro reluciente que si- 
mula la envidiada rama del triunfo. 

— Gracias, divina esposa de mi alma, exclama el Liber" 
tador besando la diestra que ofrece la preciosa joya. — ¿Cómo 
podré mostrarte el inmenso amor que siento por tí ? No tie- 
ne la palabra humana ninguna bastante expresiva que pu- 
diera decirlo. Ninguna acción mía, por grande i sublime 
que sea, es bastante valiosa para que pueda yo humilde 
arrojarla á tus pies. Ya que no puedo ser espléndido, en 
esta demostración que necesita hacer mi espíritu para que no 
se consuma al fuego de la celeste llama, deja que sea sen- 
cillo como la inocencia. Permite á mis manos que sacudan 
estos mirtos i rosales, que te dan sombra, para que caiga á 
tus plantas lluvia de flores dignas de tí. 

Vibran al impulso del amante brazo las copas de los 
frescos arbustos i cien rosas color de fuego, i cien mirtos 
blancos como la nieve, alfombran el suelo que pisa la divina 
E rodea. 

Un enjambre de mariposas de Mu- 
zo, que son las más brillantes del mun- 
do, pasa en aquel momento batiendo alas 
de oro, plata, rubíes i esmeraldas sobre 
la amante pareja. 

Una de ellas se posa un instante 

sobre el seno de Eroclea. 

— ¡ Oh ! ¡ qué bella es ! dice al contemplarla. 
— Es la imagen de tu alma, exclama Bolívar. 




112 ETAPA TERCERA 

— ¿Me amarás siempre como me amas hoi, esposo mío? 
le pregunta Eroclea, reclinando su rubia cabeza sobre el pe- 
cho palpitante de Bolívar, i fijando la dulce mirada de sus 
azules i grandes ojos en la mirada del Libertador. 

— No concibo ya mi existencia, encantadora Eroclea, sin 
amarte i sin ser por tí amado. El término de este amor en 
la Tierra será el último aliento de mi vida. Tenerte entre 
mis brazos, poseer tu cariño, es más que ser dueño del orbe 
entero que habitamos. Temo tanto perderte que quisiera 
morir en este momento imprimiendo en tus labios el más 
ardiente beso de amor que se haya dado en el mundo. 

Al decir esto, Eroclea con mirada fulgurante contempla 
á Bolívar ; voluptuosa sonrisa entreabre sus labios : su res- 
piración anhelante hace ondular rápidamente la comba deli- 
cada de su seno : levanta sus dos brazos, blancos como nar- 
dos, con suma gracia torneados, i rodea con sus manos la 
cabeza de Bolívar, inclinada sobre ella. 

Bolívar rodea con su brazo izquierdo la delicada cintura 
de la ninfa i con su diestra levanta la hermosa cabeza. Se 
confunden sus alientos, júutanse los labios de los dos aman- 
tes ; extremécese Eroclea al largo i ardiente beso, como tiem- 
blan las hojas del rosal tocadas por las gotas de la lluvia. 

Bolívar separa su faz de aquella faz divina, que parece 
dormida, i largo rato la contempla extasiado. 

— Mira, dice Eroclea, abriendo sus bellos i azules ojos,' 
i tomando con dos delicados dedos de su linda mano una 
perla que aparece entre sus labios ; mira, Bolívar, el fruto 
visible de nuestro amor. De esta perla que se ha formado 
al contacto amorosísimo de nuestro primer beso, i que yo lle- 
varé en mi seno al calor de mi corazón durante cinco meses, 
nacerá á la vida un nuevo ser, que será tu encanto i el 
mío, i ojalá sea el encanto del orbe. 

— ¡ Dios mío ! exclama Bolívar, levantando ambas manos 
al cielo, tu bondad me abruma i me confunde. No com- 
prendo por qué merezca yo tanta dicha ; ni alcanza mi pen- 
samiento á descubrir cómo podré hacerme de ella digno. 

— Bolívar, dice Eroclea, pasados tres días entrarás triun- 



bolívar 113 

faiite á la espléndida ciudad . de Bogotá con tus heroicos 
compañeros que forman el ejército de la República. No te 
domine ni un momento el orgullo por el aplauso entusiasta 
que las multitudes darán á tus triunfos guerreros : agrade- 
ce esas demostraciones, casi siempre sinceras ; pero desconfía* 
de ellas porque duran poco, hijas como son de la impresión 
de un instante que conmueve sin discernimiento. Aspira á 
merecer el aplauso sereno de la posteridad, constante é im- 
parcial, no por tus victorias en las batallas, sino por tu vir- 
tud i por los bienes que hagas á la Patria. Darle su inde- 
pendencia solamente es obra meritísima de titán. Ella sola 
bastará para tu más pura fama entre todas las naciones dej 
mundo. Desconfía de los aduladores, amado mío, esa plaga 
mortífera que zumba siempre en torno de los poderosos brin- 
dando dulce filtro de lento, sutil i destructor veneno. Ama 
á los hombres virtuosos, aunque sean para tí esquivos ; aun- 
que sean tus enemigos, i esfuérzate en conquistar su siempre 
valioso cariño. Nunca dejes que en tu ánimo crezca vigoro- 
sa la funesta soberbia : oprímela al nacer, que siempre ella 
convierte el arcángel en demonio. En el trato con los hom- 
bres evita los arrebatos de la cólera, que te exhibirán vul- 
gar á los ojos de los que son justos i dignos, i los alejará 
de tu lado privándote de sus útiles consejos. No les mues- 
tres jamás tampoco tu desdén, porque cuando los busques no 
vendrán de buena voluntad á tu servicio. Procura cuidadoso 
que jamás tu autoridad sea empleada para servir á vengan- 
zas i pasiones de tus colaboradores, porque es esta la fuente 
que con más abundancia arroja siniestros i terribles odios 
sobre quienes gobiernan á los pueblos. 

A los animadores acordes de la alegre música, que lleva 
al alma los encantos de la armonía, i en ambiente perfu- 
mado con esencias de rail flores, vas á entregarte muchas 
veces al loco placer de la danza que tanto te enagena, i 
donde bellas mujeres te acariciarán con tiernas miradas i 
arrobadoras sonrisas. Goza en el baile, plácido lenitivo á tus 
constantes fatigas ; pero nunca olvides en él lo que te debes 
á tí mismo, porque á mí lo debes. Rechaza, aborrece el ar- 
diente licor, grato al hombre por la embriaguez que produce, 
que alegra para hacer llorar ; da ánimo para envilecer ; pres- 



ii4 



ETAPA TERCERA 



la siniestra luz al espíritu para llevarlo al error ; i pinta 
auroras bellísimas en la imagiuación para arrojar el cuerpo á 
un lodazal. Cada día es más delicada, Bolívar, tu posición 
entre tus compatriotas i ante las naciones cultas del mundo : 
sobre tí se fijan todas las miradas : tus palabras se oyen en 
todas partes : tu independencia i tu libertad disuiinuyeu á me- 
dida que las vas conquistando para la Patria. Piensa en to- 
do esto, Bolívar, aunque yo no dejaré de estar siempre á tu 
lado, ni de advertirte los peligros á que tu albedrío, sagrado 
para mí, pueda llevarte con mi inevitable dolor. Adiós : 
sigue ahora tu gloriosa marcha á Bogotá. 




?-7V: 



ré&^<fr^cfc^^fofo&& &tfc4><fc&&«fo& &&£•&&&&& &»fr&4' &&&& &&&d>&&4»ré&& »ir^ 




Corriendo van los últimos días del 
mes de octubre del año mil ochocientos 
veinte. 

Bolívar ha llegado á Pamplona, la cj»- 
dad rodeada de montañas, empinada siet* 



Il6 ETAPA CUARTA 

mil setecientos setenta i siete pies sobre el nivel del océano, en- 
vuelta casi siempre en densas i frías nieblas que le dan aspecto de 
resignada tristeza. Cuando viento juguetón barre esos blancos 
vapores, i los rayos del sol iluminan el valle, i se destacan los roji- 
zos techos sobre la verdura de frondosa vegetación, la vista de 
Pamplona, desde la altura, es pintoresca. Riega sus vegas el Pam- 
plonita, que sombrea sus orillas con larga hilera de sauces, 
i corre, rápido i rumoroso primero, callado i lento después, á 
derramar sus aguas al río Zulia, para que e?te las lleve, 
mezcladas á las suyas, como lejano tributo que se envía al 
gran lago maracaibero. 

Está hoi bulliciosa la ciudad por la muchedumbre de 
alegres soldados que acampan á la sombra de sus muros. 

El Libertador va á caballo, como de paseo, por una de 
las principales calles, acompañado de un solo edecán ; pero 
-al terminarse el poblado sigue por 'el campo circunvecino en 
dirección á una de las más próximas colinas. El sol declina 
ya i pronto la noche empezará á aglomerar sus sombras 
para arrojarlas sobre la ciudad. 

Bolívar llega al pie de la colina, donde, escondida entre 
gracioso follaje, aparece modesta pero bella casita de campo, 
mansión de pobre labrador. Detrás de la casita, uu angosto 
camino trepa culebreando por la cuesta hasta la inmediata 
cumbre. 

— " Quedaos aquí, dice el Libertador á su acompañan- 
te, i esperadme hasta que vuelva : no permitáis que persona 
alguna suba por este camino antes de mi regreso." 

Bolívar en su caballo, envuelto el busto en gruesa i 
recogida capa, sigue hasta la fila donde penetra en un tu- 
pido bosquecillo. Desmóntase allí i amarra al tronco de un 
árbol las bridas de su potro. 

— Me dijo que aquí la esperase á la puesta del sol. 
No tardará, exclama el Libertador. 

Ocúltase el esplendente astro tras las cumbres del ocaso, 
i sobre las onduladas crestas de la montaña, luce su manto 
de vivísimos colores, Véspero, que corre veloz siguiendo en 
Su camino al luminar del día. 



bolívar 117 

Vienen después las sombras de la noche. 

Delgado creciente de la luna brilla como angosta i en- 
corvada lámina de bruñida plata, rasando la occidental cor- 
dillera ; i sobre el camino del sol aparece la pirámide de 
luz blanquecina que cuelga como pabellón de tenues gasas 
sobre inmenso lecho. 

Bolívar contempla admirado las maravillas del Universo. 

En medio del innumerable ejército de estrellas que va 
asomando de improviso en la estupenda bóveda del cielo, se 
distinguen al norte la brillante Vega que empieza á descen- 
der al occidente, i las cinco que tachonan el manto de la 
etiópica reina Casiopea, que reposa al lado de su esposo 
Cefeo. Mas al sur, cuatro bellos luminares señalan el rápido 
Pegaso en que Perseo bajó con la horrible cabeza de Medusa 
á libertar á Andrómeda del feroz monstruo marino que aso- 
laba las costas del golfo arábigo. En el hemisferio del sur 
deslumhran rutilantes la estrella que lleva mordida i orgulloso 
el Pez austral, i la que señala el término del río Eridauo ; 
i en lo alto de la bóveda, la Vía láctea, como polvo de plata, 
en que anidan el Cisne i el Águila. 

A espaldas de Bolívar aparecen sonrientes, cual las tres 
Gracias divinas, Eroclea, Sofía i Eleutera, i le contemplan largo 
rato en su éxtasis. 

— Esposo mío, dícele Eroclea, ¿qué buscas en el cielo? 
i colocando su diestra sobre el hombro izquierdo del Liber- 
tador fija en la faz de este su amorosa mirada. 

— Te buscaba en él, esposa mía, contesta sonriendo: mas 
ya veo que tu bondad es grande como tu belleza, pues te 
dignas bajar á esta tierra á buscarme, acompañada de dos 
seres que te igualan en encantos. 

— No niego que estuvieras pensando en Eroclea, dice 
Sofía ; pero alguna otra idea agitaba también tu cerebro. 

— Cada yez que contemplo con religioso espíritu, dice 
Bolívar, ese cielo tachonado de estrellas, i admiro la armo- 
nía estupenda que preside á sus sencillos movimientos, pienso 
en la diversidad inmensa de vegetales i de animales, tan di- 
ferentes unos de otros, i al parecer, sin conexión alguna entre 



Il8 ETAPA CUARTA 

ellos ; i especialmente veo al hombre i á las sociedades que 
él forma envueltas v en desastroso desorden en el camino de 
su existencia. — ¿ Por qué no presiden en la vida leyes tan 
sencillas i fijas como las que llevan los soles i los planetas 
en el espacio? — Puede acaso la razón en el hombre i su li- 
bertad ser fuentes de desorden i de confusión ? — Dígnate, So- 
fía, revelarme r A misterio que envuelven sus contradicciones. 
— "Necesitaría muchos años, Bolívar, dice la ninfa, para 
llevarte de la mano por los salones inmensos i ricos del pa- 
lacio de la Naturaleza, é irte señalando maravillas i expli- 
cándote las leyes que las rigen. L,as ciencias, que cada día 
progresan, gracias á la consagración de mis estudiosos hijos, 
llegarán, pasado un centenar de años, á constituir el monu- 
mento de sabiduría más grandioso levantado por la humana 
inteligencia ; pero será para ver surgir sobre el horizonte nue- 
vas ignorancias envueltas en el mortificante ropaje del mis- 
terio. Oye ahora solamente la enunciación de principios car- 
dinales del Universo i de la Vida, porque no me es dado 
hacerte otras revelaciones. Dios, la omnipotente causa de to- 
das las cosas, nos lo tiene prohibido : quiere El dejar este 
eterno trabajo á la orgullosa mente de los hombres. — Al 
principio del tiempo Dios creó la materia, dispersada en dos 
clases de átomos, los unos etéreos, los otros ponderables : los 
primeros inertes, sin peso, de extraordinaria sutileza, forman, 
ligándose entre sí de diversos modos, moléculas de estupenda 
elasticidad, que unidas todas constituyen una sustancia con- 
tinua, sin interrupción alguna, aunque con poros de vacío 
absoluto, llamada éter, que llena todo el Universo ; los se- 
gundos átomos, inertes también pero pesados, menos sutiles 
que los primeros, te juntan para formar moléculas, pero que 
pueden tocarse ó no, i siempre están como sumergidas en el 
éter. El Omnipotente imprimió sobre esa masa de materia 
un solo impulso que se difundió por toda ella i la puso en 
movimiento. Ese impulso es la fuerza, cuya esencia es un 
misterio para los sabios, como lo es Dios. L,a inmensa masa 
embrionaria del Universo todo, empezó á trasladarse en una 
sola i recta dirección : empezó á caer en el infinito. Los 
átomos, vibrando con más ó menos intensidad á causa de ese 
inicial impulso, produjeron la recíproca atracción, que juntó 
primero átomos entre sí i constituyó moléculas ; que luego 



bolívar 119 

juntó moléculas i formó masas gaseosas ; que luego condensó 
parte de esas masas gaseosas i las hizo líquidas ; que luego 
condensó más aún parte de esos líquidos i los formó sólidos. 
Así lentamente se hicieron los mundos. — Fuerza i materia : 
hé ahí los dos grandes elementos constitutivos del Universo. 
Cuanto los hombres ven, cuanto afecta sus sentidos, cuanto 
existe moviéndose : soles, planetas, atmósfera, colores, luz, 
calor, electricidad, magnetismo, montaña, océano, grano, de 
arena, sonido, fuego, humo, animales i plantas, son productos 
maravillosos de las combinaciones de esos dos elementos pri- 
mordiales i únicos: materia i fuerza. — Más allá de los confi- 
nes del Universo existe el vacío absoluto en el espacio infi- 
nito : sin un átomo de materia, sin una vibración de fuerza : 
la nada, sin luz, sin calor, silenciosa, sin linderos, eterna.— 
Atravesando la nada se mueve todo nuestro Universo : los 
soles, que son todas esas estrellas, en una sola i recta di- 
rección ; los planetas i cometas en hélices inmensas alrededor 
de esos cadentes soles. Esta especie de lluvia de astros, 
cualquiera que sea la velocidad con que vaya cayendo, es 
exactamente como si no se moviese de un solo punto, porque 
millones de años avanzando con vertiginosa rapidez, ni la 
llevan á otro medio, ni la acercan el grueso de un cabello al 
término del viaje, porque ese término no existe. La fuerza 
que anima el Universo no traspasa sus linderos : al llegar á 
las orillas de la nada, se detiene i retrocede á circular alegre 
entre sus amados átomos." 

"En eso estriba la armonía que observas etilos cielos: 
por eso es grave error creer, como algunos lo han sentido, 
que las estrellas se muevan en diversas i aún en opuestas di- 
recciones i que puedan tropezar unas con otras. Por eso es 
error también pensar que cuerpos de un sistema solar pue- 
dan pasar á otro sistema ; por eso las hélices orbitarias de 
los planetas i cometas proyectadas sobre un plano normal al 
eje solar, dan siempre una curva cerrada, una circunferen- 
cia ó una elipse, jamás parábolas ó hipérbolas. — Verdad es 
que la variedad de formas en la Naturaleza es innumerable ; 
i esas mismas formas actuales son modificaciones de otras 
anteriores, i continúan cambiando incesantemente, aunque con 
invisible sutileza. La ciencia geológica, todavía en la infan- 
cia, que mi amado Cuvier dejará con vigor de pubertad, 




I20 ETAPA CUARTA 

procura explicar los depósitos de conchas 
lacustres i marinas que se encuentran 
profundamente enterradas en el centro de 
los continentes i en elevaciones conside- 
rables sobre el nivel de los actuales ma- 
res. I estudia admirada la forma gigan- 
tesca del mammut, elefante lanudo de 
largos colmillos, i de los saurios del ta- 
maño de nuestros más viejos cocodrilos, re- 
veladas por las petrificadas osamentas 
que guarda en su seno la tierra desde 
hace muchos siglos. Entre los animales 
que se crían al nacer, como ti hombre, 
chupando la leche del pecho de sus ma- 
dres, las especies conocidas i clasificadas hoi 
por los naturalistas pasan de dos mil : hai 
más de trescientas castas de murciéla- 
gos, ratones alados enemigos de la luz 

i amigos de la sangre ; más de doscientas castas de monos, 
caricaturas que la naturaleza ofrece á la soberbia del hom- 
bre ; más de cuatrocientas clases de bestias feroces que man- 
tienen el espanto en los bosques ; centenares de especies de 
roedores i de rumiantes ; i en el mar, más de sesenta espe- 
cies de voluminosos cetáceos. — En el mundo alegre i brillante 
de las aves ¡ cuánta diversidad de ta- 
maños, de plumajes i de colores ! 
Desde el delicado colibrí, esmeral- 
da con alas de oro i azur, del tama- 
ño de una abeja, hasta el cóndor que 

se remonta muí alto sobre la cumbre del Chimborazo, hasta 
la fragata, cuyas alas extendidas tienen más longitud que 
dos hombres altos, i que vuela á veces una semana entera 
sin reposar un instante. El sabio conoce hoi más de tres- 
cientos géneros de aves, cada uno abundante en especies, i 
cada especie dotada de un canto singular con que se llama 
i se encuentra en la dilatada i sombría espesura de los bos- 
ques : lenguaje armouioso, desconocido de los hombres, ora 
parlero de alegría, ora de tristes cadencias. — En el mundo 
maravilloso de los insectos, animales sin huesos con deslum- 




BOUVAR 



121 




brantes corazas, se ven en muchedumbres inmen- 
sas los coleópteros i las mariposas, joyas del ai- 
re ; i los ejércitos de abejas i de hormigas, cuyas 
industriosas sociedades llenan de confusión, i á ve- 
ces de vergüenza, á los hombres ; i las arañas, entre 
las cuales el escorpión se distingue por su horrible 
forma i por su abrasadora ponzoña. — En las marinas 
aguas, el coral, gusano pequeñísimo que vive en colo- 
nias i que, edificando su casa, fabrica islas en el océa- 
no, enséñanos la inmensa obra que realizan las fuerzas suma- 

_ das para un solo propósito. En torno 

á esas islas nadan veloces mil especies 
de peces, i sobre ellas se arrastran len- 
tos los diformes crustáceos, i los egoís- 
tas caracoles qne llevan siempre á cuestas 
que cada uno vive. Entre los feos 
horribles formas 




la estrecha celda en 
reptiles se ven las 

las acorazadas tortugas, de los fie- 





de 

ros cocodrilos, de las venenosas ser- 
pientes, de los toscos lagartos i de 
los asquerosos sapos i ranas.— En los 
campos donde el rayo de sol i la gota 
de agua dan vida á la semilla, embe- 
lesa la diversidad de formas vegetales. 
En la cueva sombría i húmeda, el liquen 
parece una mancha sobre la roca, cuyos 
órganos reproductores nos hace ver la 
maravillosa máquina del microscopio, re- 
velada al hombre por la esférica gota de rocío. En estas regiones 
de la tórrida zona, sobre las cuales pasa el divino astro todos los 
días del año, el helécho, que en el reverso de sus graciosas ho- 
jas guarda en diminutas cápsulas la fecundada semilla, nos 
advierte en su talla de arbusto las elegantes proporciones ar- 
bóreas de las anteriores épocas geológicas denunciadas por 
las negras minas de antiguos bosques carbonizados. Las or^ 
quideas, que viven abrazadas á una rama, se engalanan cada 
año con floras tan espléndidas que son como las sonrisas de 
estas tupidas selvas, donde millares de árboles, altos como 
torres, viven siglos si no los derriba el hacha afilada de los 



122 



ETAPA CUARTA 





que 



hombres. Las gárrulas palmares, car : 
gadas de grandes i suculentas nueces, 
se inclinan sobre las costas de estos 
salados mares, como para mirarse en 
sus azules aguas, ó levantan erguidas 
i majestuosas sobre nuestros llanos 
su espléndido penacho donde juegan 
i cantan los vientos. El botánico tiene 
hoi clasificadas cien familias vegetales, 
i aún no conoce sino la tercera parte 
de las que sombrean la tierra ; i eu cada 
familia hai muchos géneros i en cada género 
muchas especies, cada una con una flor i un 
fruto distintos de los demás. Pero en esa 
diversidad asombrosa de formas no hai de- 
sorden : todas ellas son el resultado de una lei 

que aun no ha descubierto el hombre, i 
mí no me es dado revelarte. Lo mismo ocurre 
en las sociedades humanas : las leyes morales i po- 
líticas que rigen su formación i desenvolvimiento 
son tan fatales como lasque presiden el movimiento 

de los astros ; pero tan complejas que la mente del estu- 
dioso se pierde en el laberinto de su trama. Contempla so- 
lamente la semilla, esa diminuta i admirable máquina que 
lleva latente la fuerza que se desarrolla al calor de la hú- 
meda tierra, i que cjmo vuestras pilas eléctricas, la divide 
en dos opuestas corrientes, una hacia abajo que forma i va 
enterrando las raíces, i otra hacia arriba que cría el tallo i 
las hojas con matemática simetría, i bota la artística i geo- 
métrica flor, donde se fecunda, multiplicada, idéntica semilla 
que propaga la especie. — ¿Es acaso la órbita de un planeta 
más regular i admirable que el ciclo de la semilla ?— I lo 
mismo sucede con el huevo que perpetúa las especies anima- 
les. Lo cierto es que tantas ordenadas maravillas no pueden 
ser la obra de una ciega casualidad, sino de una sabiduría 
infinita." 

No pensativo sino anodadado queda el espíritu de Bolívar 
ante la gravedad del discurso de Sofía ; mas viendo Eroclea 
que el Libertador permanece silencioso i abstraído : 




bolívar 123 

— i Bah ! le dice, tomando la diestra del esposo entre sus 
delicadas manos, deja de estar meditabundo : he querido que 
Sofía i Eleutera te diesen sus aplausos por tu victoria en 
Boyacá. 

— A eso hemos venido animadas de suprema alegría, di- 
ce la sabia ninfa : lo difícil i atrevido de tu última campa- 
ña i tu triunfo en Boyacá, ha libertado á Nueva Granada, 
i preparado la libertad de Venezuela i de toda la América. 

— Estoi contenta, dice Eleutera, del espectáculo grandio- 
so que está ofreciendo América á la historia. — Llena de jus- 
ta ira la nación española castiga en Aranjuez el año mi) 
ochocientos ocho á los perversos soberanos que la humillaban 
con inaudito vilipendio. El rei Carlos IV, consagrando to- 
dos sus cuidados á su caballeriza, abandonaba, indolente, á 
la reina i la suerte de la nación, en los brazos del favori- 
to Godoi. Para lavar tanta mancilla, España, iracunda, ar- 
rojó á los tres del trono i de la patria. Aquella protesta de 
la nación avergonzada, repercutió en América como alerta á 
todos sus pueblos que sufrían el ominoso tutelaje. Caracas 
i Quito, las primogénitas de la independencia, se aprestan 
á sacudir el oprobioso yugo, i ven inmolar en sus plazas 
á los protomártires del patriotismo : Caracas en mil setecien- 
tos noventa i nueve ; Ouito en mil ochocientos nueve. — El 
nuevo rei español Fernando VII, peor que sus criminales 
progenitores, humilla más aún la altiva patria rindiéndose 
ignominiosamente á Napoleón. El año mil ochocientos diez 
el espíritu revolucionario se cernía en América : yo lo lleva- 
ba en mis manos en ánfora de oro i lo vertía como lluvia 
fecundante sobre esta tierra amada. Infiltrado en el corazón 
de los biiosos criollos lo llenaba de sagrado fuego i de al- 
tivez admirable ; é iluminado su entendimiento, descubría la 
ignominia de la colonia como obscuro i frío subterráneo, i 
la dignidad de la independencia como alta cumbre dorada 
por el sol i besada por perfumadas brisas. Lanzan la pri- 
mera chispa Méjico desde la aldea de Dolores ; Centro Amé- 
rica, desde León ; Venezuela desde Caracas ; Nueva Grana- 
da, desde esa ciudad de Pamplona que enciende ahora sus 
luces á nuestros pies ; las colonias del Plata desde Buenos 
Aires ; Chile desde Santiago ; el Alto Perú desde Potosí. 



124 ETAPA CUARTA 

En el año mil ochocientos once resuena ya en todo el conti 
tiente sin divagación alguna, el grito colosal de independen- 
cia. Se había propagado el incendio al soplo del huracán. 
La guerra blande por todas partes el afilado i sanguinoso 
acero, i sacude sobre campos i hogares la flamígera tea. 
El odio impera engreído i altanero sobre su trono de hue- 
sos ; i el amor encadenado, gime doliente en nauseabunda 
tnasmorra. Mil cadalzos se levantan en el Nuevo Mundo : 
mil hecatombes sacrifican en ellos, que son aras de la saña 
española. No importa : la causa es santa, i gana prosélitos 
con sus mártires : el coraje se aquilata para la lucha, i el 
negro i frío temor huye del abrasado corazón americano. Ya 
ves, Bolívar, como en Venezuela i Nueva Granada te ciñe 
sus laureles la victoria : ya ves como tus compañeros luchan 
r vencen gallardamente á los temerarios enemigos —San Mar- 
tín, el héroe del Sur, virtuoso i valiente, acompañado del 
patriota chileno O'Higgins, trasmontó por difícil desfiladero las 
altísimas cumbres de los Andes con un ejército que Buenos 
Aires enviaba para auxiliar á Chile ; i en el famoso campo 
de Chacabuco, vence el catorce de febrero de mil ochocien- 
to diez i siete al aguerrido enemigo, i luego el cinco de 
abril del siguiente año, en la sangrienta batalla de Maipó, 
arrebata definitivamente la tierra de Araitco al poder español. 
Una flota enviada por España con dos mil hombres de de- 
sembarco es batida por las fuerzas navales de Chile i Bue- 
nos Aires; i en estos momentos, bajo la hábil dirección i el 
enérgico mando del bizarro oficial inglés Cochrane, la mari- 
na chilena se organiza i se alista para llevar á las costas 
del Perú el año entrante, á San Martín i su ejército que 
libertará la tierra de los Incas. — Valor, pues, i constan ia, 
Bolívar : tu nombre ya brilla como .estrella de primera mag- 
nitud en el cielo de la independencia americana. 

— A ella sola me consagro, dice Bolívar ; de ella son to- 
dos mis desvelos : por ella son mis ansias : lograda que sea 
moriré feliz en los brazos de mi Eroclea. 

— Bolívar, dice Sofía, yo vuelvo á la gran patria de 
Washington i á la gran patria de Alfredo. Dos amados hi- 
jos míos, que transformarán al mundo con sus ' inventos, re- 
claman el calor de mi cariño : Fulton sobre las aguas del 



bolívar 125 

Hudson ; i Stephensou en los campos que median entre Li- 
verpool i Manchester. Eleutera vuela á Chile i al Perú : á 
tí te queda Eroclea. Adiós ! Un nuevo i glorioso triunfo 
te ceñirá laurel inmarcesible el año venidero. 

Las tres ninfas desaparecen i Bolívar, montado en 
su corcel desciende la colina cuando surgen por orien- 
te con diamantinos destellos las Pléyades, vigiladas por 
el sanguinoso ojo del celeste Toro. Incorpora á su edecán, 
que le espera en la casita del labrador, i sigue á la ciudad 
donde, en diversos puntos, músicas alegres animan el vértigo 
de la danza. 

Bolívar sale de Pamplona hacia Guayaua en la segun- 
da semana de noviembre, dejaudo al joven i gallardo gene- 
ral Auzoátegui con el mando de aquella importante plaza. 
Pocas marchas ha hecho cuando el día diez i nueve le al- 
canza un mensajero, que le lleva la tristísima nueva de ha- 
ber muerto el día quince aquel distinguido i amado jefe. 
¡ Pérdida inmensa para el ejército i para la Patria ! El valor, 
la disciplina i la honradez distinguían á aquel adalid infati- 
gable. Desde el año de 181 1 se alistó al ejército republica- 
no, i durante nueve años no cesó de combatir. Mosquitero, 
Bocachica, Araure, Carabobo, San Mateo, Quebradahonda, 
Alacrán, Juncal, San Félix, Sombrero, Semen, Ortiz, Coje- 
des, Gámeza, Vargas i Boyacá, son campos de batalla famo- 
sos eu que eternamente sonará el nombre de Auzoátegui con 
el aplauso á tu bravura i á su patriotismo. 

En los restantes días del mes, Bolívar atraviesa la es- 
pesa i dilatada selva de San Camilo i llega á la ciudad de 
Barinas. En la prosecución de su viaje de Barinas á Nu- 
trias encuentra al general Páez, que con parte de sus tro- 
pas marcha hacia la primera de esas ciudades. Varias horas 
pasan juntos los dos guerreros i al día siguiente se separan 
dé nuevo. 

El día diez de diciembre llega Bolívar á Angostura, 
donde es recibido con extraordinario entusiasmo. El Con- 
greso, que estaba entonces reunido, envía una diputación para 
felicitarle i para acompañarle á la sala del cuerpo legislativo. 
Toda la población acude presurosa á presenciar los solemnes 



126 ETAPA CUARTA 

actos de aquel día. Bolívar, con su espontánea elocuencia, 
da en el seno del augusto Congreso cuenta minuciosa de su 
memorable campaña i de sus gloriosas victorias, encomiando 
calurosamente los servicios del ejército i los patrióticos em- 
peños del pueblo granadino por su independencia. Manifies- 
ta la imperiosa necesidad que hai de constituir con Vene- 
zuela, Nueva Granada i Quito una s">la nación, grande i 
poderosa, que pueda enfrentarse á España en la terrible 
guerra que tan inicuamente prolonga : nación nueva, pero 
rica por sus naturales recursos ; temida por el valor é in- 
contrastable patriotismo de sus hijos, i por su extenso i es- 
tratégico territorio. Constituido semejante Estado republica- 
no piensa Bolívar que triunfará en la guerra, asegurándose 
no sólo la propia independencia, sino la de toda América. 

El Congreso reconoce los buenos servicios de Bolívar, 
ensalza su inmenso patriotismo, i aplaude i hace suya la gran- 
diosa i oportuna idea de constituir la nueva i gran nación 
sur-americana ; i para dar, sin dilación, camino a este pro- 
pósito, convoca un Congreso general que deberá reunirse el 
día primero del entrante año, mil ochocientos veinte i uno, 
en la céntrica ciudad del Rosario de Cúcuta. 

En la noche de ese día memorable, Bolívar, desvelado 
por las agitaciones de su pensamiento, reposa solitario recli- 
nado en un sofá, cuando Eroclea, acompañada de una en- 
cantadora dama, mui semejante á ella, que trae cubierta la 
cabeza con reluciente i ligero casco de oro de clásica forma 
griega, se acerca al Libertador i le dice : 

— " Hé aquí nuestra hija; vengo á traértela para que 
imprimas sobre su casta frente el primer beso paternal, i 
para que le des un nombre. No te sorprenda verla tan pron- 
to una mujer alta i pensadora : de la especie á que perte- 
nezco ella ha tomado esa extraordinaria propiedad, así como 
posee otras de la especie humana á que tú perteneces." 

Bolívar, de pie, oprimiendo entre sus dos manos la si- 
niestra de Eroclea, contempla enagenado las sublimes gracias 
del fruto de sus divinos amores. 

— ¡ Oh ! eres encantadora, hija mía ; ¡ cuánto he de amar- 
te ! Soi en el orbe el más venturoso de los hombres. Te 



bolívar . 127 

llamarás, Colombia, le dice, besando con beso dilatado su 
frente : quiero honrar en tí el nombre del atrevido nave- 
gante que descubrió este nuevo inundo, destinado á ser la 
natria de la libertad. Así haré llamar por tí la gran repú- 
blica que vamos á fundar en esta mitad de nuestro precioso 
continente. 

— Mira, Bolívar, dice Eroclea, el medallón característico 
que, siguiendo una costumbre de la especie catágela, he 
dado á nuestra hija : en campo verde, una mariposa coa 
alas de oro i plata en que montan rubíes i esmeraldas. Es 
el recuerdo de la que se posó sobre mi seno en Boyacá. 

— j Padre mío ! dice Colombia, estrechando la diestra del 
Libertador, la existencia que te debo la consagraré á amarte. 

— Bolívar, interrumpe Eroclea, en obedecimiento á leyes 
que rigen los seres de mi naturaleza, debo ir con mi hija 
hasta la cumbre del Chimborazo á presentarla al viejo Mi- 
toi.iante, que allá tiene su templo i que debe predecirme el 
final destino de ella. 

—I no os es dado, pregunta Bolívar, retardar por algún 
tiempo ese viaje á la altísima montaña ? 

— Puedo hacerlo durante el tiempo que te plazca, si tú 
has de acompañarme al realizarlo. 

— Entonces espera. Yo volveré á Nueva Granada para 
regresar de allí á Venezuela á dar la última batalla a! empe- 
cinado enemigo, que aún llena de horrores este suelo, i ase- 
gurar á mi Patria una vida independiente i sin zozobras. 
Luego iré á libertar á Quito, i junto contigo i nuestra hija 
subiré el Chimborazo. 

— Así será. Reposa ahora, Bolívar, hoi ha sido un día 
para tí de supremas satisfacciones : tu corazón i tu cerebro 
lian sentido vigorosas sacudidas ; necesitas descansar ; te in- 
fundo sueño apacible i reparador : yo i Colombia velaremos in- 
visibles á tu lado. 

Bolívar desde el día siguiente desplega una actividad 
asombrosa : la fiebre de un entusiasmo sacrosanto lo domi- 
na : largas i difíciles marchas no lo postran : todo lo va dis- 
poniendo para su final campaña en Venezuela. 



128 ETAPA CUARTA 

Ordena á Montilla tome el mando del cuerpo de ingleses 
enviado por el general D'Evereux, i á Brion que los traspor- 
te á Río Hacha ; sale de Angostura el veinte i cuatro de 
diciembre ; en su tránsito por Apure pasa revista á los dife- 
rentes cuerpos allí acantonados ; i en enero del nuevo año, 
mil ochocientos veinte, despacha á Sucre á comprar armasen 
ias Antillas con dinero enviado por Santander. Sigue por 
Guasdualito al Rosario ; el tres de marzo entra á Bogotá, i 
el veinte sale de nuevo para Cúcuta, donde fija su cuartel 
general, i donde, por primera vez, después de muchos años 
de incesantes marchas, tendrá algunas semanas de reposo; 
pero sin descuidar un instante el servicio público de la na- 
ciente República. 

Levántase con el sol á las seis de la mañana ; asea cui- 
dadosamente su cuerpo en el baño ; vístese con esmero ; re- 
visa sus caballos, para los cuales quiere escrupulosos cuida- 
dos ; acaricia largo rato á aquellos nobles compañeros de sus 
fatigas, que parecen con nerviosos movimientos agradecer el 
afecto de su dueño ; toma á las nueve sencillo desayuno ; i 
consagra tres ó más horas diarias al despacho de los asun- 
tos oficiales. En sus horas de ocio, reclinado en la oscilan- 
te hamaca, lee libros de notables historiadores. L,os corone- 
les Briceño--Méndez, Ministro de la Guerra, Bartolomé Sa- 
lom i José Gabriel Pérez, son allí sus compañeros íntimos. 

Frugal es su mesa : sopa, carne de toro asada ó cocida, 
aves, legumbres, dulce i café ; pero la auima siempre su pa- 
labra elocuente. Discurre en ella con vivacidad extraordina- 
ria sobre los asuntos políticos palpitantes, trayendo á dar 
firmeza i colorido á sus ideas, reminiscencias históricas ó anéc- 
dotas con admirable oportunidad i precisión. Unas veces es 
duramente sarcástico i relampaguea en su estilo el dicterio ; 
otras, tierno i poético, i el más delicado eufemismo da suave 
tono á su palabra. 

Esta tarde uno de los comensales refiere el caso de lo- 
cura acaecido en una señora de aquella ciudad, á causa de 
la muerte del único hijo que alegraba su hogar : i Bolívar 
habla entonces así : 

— " Muchas veces una bíteua reflexión nos salva del ho- 



bolívar 129 

rrible infortunio de la locura. Voi á referir una sencilla, 
pero bella historia de mi nativo valle caraqueño, en un caso 
semejante al que acaba de referirse : 

' ' Valasdor, mancebo de catorce años, rubio i arrogante, 
corría alegre con varios compañeros por las hermosas vegas 
que riega el Auauco apenas cae al valle precipitado del em- 
pinado boscaje del Avila. De la distracción en que le lleva- 
ban sus alegres juegos, sacóle de improviso la vista de Ariam, 
niña de doce años, rubia como él, con mejillas del color 
rosado de los grandes caracoles, que venta de recojer ñores 
en el campo. Ariám fijó también sus bellos ojos en los del 
joven, que tan admirados la miraban ; i ambos sintieron un 
dulce estremecimiento en el alma. Pasaron luego muchos 
días sin que tornasen á verse estos jóvenes, i ya en la me- 
moria de cada uno iba borrándose la grata imagen del re- 
cuerdo, cuando en una visita de Valasdor al templo catedral, 
en día de solemne fiesta, en que el humo del orobias inun- 
da la alta nave, vio arrodillada i abstraída en oración á la 
niña que antes le había enamorado No sabía donde la vio 
por vez primera, i mirándola encantado procuraba en vano 
recordarlo. Ella, al levantar sus hermosos ojos del devoto 
libro que leía, vio al joven, i sintiendo por él la misma sim- 
patía que anteriormente la impresionó, ruborizóse como sj 
alguien hubiese descubierto el oculto impulso de su alma. — 
Valasdor observó que sus mejillas se encendieron ; dióle áni- 
mos la esperanza, i formó entonces la resolución de seguir los 
pasos de aquella niña hasta descubrir su morada ; i así lo 
hizo con buen éxito en aquel mismo día." 

"Habláronse luego i se amaron entrañablemente durante 
un lustro, al cabo del cual Himeneo unió aquellos corazo- 
nes con indisolubles lazos." 

- Fruto de aquel amor fué un hijo bellísimo de cabello 
color de oro primorosamente ensortijado ; i dos años de su- 
prema felicidad transcurrieron en aquel hogar, encantado por 
los íntimos afectos de los padres i del niño que era todo 
gracias." 

"Un día la fatalidad tocó con su dedo mortífero al dulce 
infante i se llevó su alma Aaífe aquel pequeño cadáver lloró 



130 ETAPA CUARTA 

amargamente el padre, i la madre cayó como herida del 
rayo. — Vuelta en sí, ella no podía resignarse á la ausencia 
eterna de su amado hijo, i desesperada corría al sitio eu que 
había sido enterrado, de donde con dificultad se la sepa- 
raba." 

"Agitada más que otras veces, sin haber dormido en 
toda la noche, sintiendo que abrasaba su cabeza intensa fie- 
bre, ocurriósele al amanecer un día que al ir al cementerio 
para visitar la tumba de su hijo, le iba á encontrar resu- 
citado esperándola, sentado sobre la lápida sepulcral, para 
arrojarse sonreído entre sus brazos i para besarla con el más 
amoroso de los besos." 

"Tan patente apaiecía aquel milagroso suceso eu su ima- 
ginación ; tan persuadida estaba de que iba á verificarse, 
que la olvidada sonrisa volvió á dar alegría á sus pálidos 
labios. Vistióse ufana i corrió animada por la dicha." 

"¡ Infeliz ! Al llegar al cementerio, triste soledad i pavo- 
roso silencio la rodeó por todos partes. No era verdad lo 
que había pensado : la tumba estaba allí cerrada como siem- 
pre, i como siempre muda." 

"Habría regresado completamente loca á su hogar, si 
tío hubiese surgido en su cerebro esta salvadora rellexión : 
— ¿ I para qué anhelo que vuelva á la vida ? — ¿ Para que 
limera otra vez ? ¡ Oh ! no : eso es horrible : no quiero verle 
auevamente morir: no: que no viva más." 

" I besando el frío mármol que cerraba la tumba, tornó 
á su triste hogar consolada con su resignación." 

Mientras Bolívar refiere el tierno episodio le escuchan 
con profunda atención sus compañeros : al terminarlo, tocios 
suspiran i quedan silenciosos. 

Después de la comida el Libertador, casi todos los días, 
sale á caballo, acompañado de su secretario ó de un edecán, 
i pasea hasta entrada la noche. 

A principios del mes de agosto marcha á Barranquilla. 
donde conferencia con el almirante Brion i con el general 
Mariano Montilla ; i el veinte i seis llega á Turbaco, cuartel 
general de la división que sitiaba á Cartagena. 



bolívar 131 

Entretanto Morillo lia enviado comisionados á San Cris- 
tóbal proponiendo un armisticio. 

Bolívar llega á esta andina ciudad el veinte i uno de 
setiembre, escribe á Morillo anunciándole deseos de admitir 
una suspensión de hostilidades, i fija á San Fernando de Apure 
para las conferencias. 

Emprende marcha con el ejército camino de Mérida : 
entra á esta ciudad el primero de octubre : descansa allí po- 
cos días, i sigue para Trujillo, trasmontando el desolado pá- 
ramo de Mucuchíes, que tiene su cumbre catorce mil pies 
alto sobre el nivel de los mares. 

El veinte i seis de octubre escribe de nuevo á Morillo, 
avisándole el motivo de haber cambiado de itinerario i exi- 
giéndole una contestación para la inmediata celebración de 
una conferencia. 

El veinte i nueve contesta Morillo cortés i satisfactoria- 
mente. 

Congréganse en la ciudad de Trujillo el general Sucre i 
los coroneles Briceño-Méndez i José Gabriel Pérez, nombra- 
dos por Bolívar ; i el general Ramón Correa i los señores 
Juan Rodríguez Toro i Francisco González Linares, nombra- 
dos por Morillo, i firman dos tratados : uno sobre armisticio, 
por seis meses ; i otro sobre regularizacióu de la guerra, que 
ponía término á los horrores de la que á muerte se había 
venido haciendo. 

El día veinte i seis ratifica Bolívar ambos tratados es- 
tampando su firma al pié de ellos ; el veinte i siete les da 
su aprobación el general Morillo con igual formalidad. 

Ese mismo día el jefe español dice cuánto le agradaría 
conocer personalmente al Libertador ; i este, apenas sabe el 
deseo de su antiguo contendor, resuelve complacerle, i se pone 
en marcha acompañado de diez de sus tenientes para la vi- 
lla de Santa Ana, donde estaba Morillo. Este general, con 
uniforme de gala, luciendo numerosas condecoraciones i acom- 
pañado de La Torre i otros jefes españoles, sale á recibir á 
Bolívar. Desmóntanse al encontrarse los dos esforzados pa- 
ladines, i oprimen sus pechos con estrecho abrazo. 



132 ETAPA CUARTA 

Día es este de marcial regocijo : siéntanse los rivales á 
una misma mesa ; i duermen en la noche sin cuidados bajo 
un mismo techo. Al día siguiente se separan para no en- 
contrarse otra vez. 

Marcha Bolívar á Barí ñas, i en esta ciudad recibe el 
siete dé diciembre la noticia de la revolución independiente 
de Guayaquil, efectuada el nueve de octubre. Sabe allí 
también que Morillo ha sido llamado á España, i que el ge- 
neral I,a Torre le ha reemplazado en el mando del ejército 
realista en Venezuela. 

Bolívar vuelve á. Bogotá el cinco de enero de mil ocho- 
cientos veinte i uno, i allí nombra á Sucre para sustituir á 
Valdés en el mando del ejército del Sur. 

Suceso, largo tiempo esperado, viene ahora á romper de 
un golpe el lazo con que los tratados sujetaban temporal- 
mente la furia de la guerra. 

El veinte i ocho de enero proclama su independencia la 
ciudad de Maracaibo, i envía comisionados al sur del lago pa- 
ra avisar la novedad al general Las Heras, acampado con 
fuerzas patriotas en la villa de Gibraltar. Con ellas se tras- 
lada al punto el avisado jefe, i levanta sus tiendas en la 
arrogante capital zuliana. 

La Torre reclama contra la ocupación de Maracaibo por 
las fuerzas republicanas, como violación del armisticio ; mas 
Bolívar declara que no considera el suceso de tal modo por 
las circunstancias en que se ha verificado. 

La Torre, desdeñado, fija el veinte i ocho de abril para 
comenzar de nuevo las hostilidades. 

Este día un destacamento de la caballería colombiana pa- 
sa el río Santo Domingo, i ataca i derrota las avanzadas rea- 
listas en Boconó. El Libertador al frente de la división de 
Plaza invade el campo euemigo. 

Desde allí da órdenes á Urdaneta en Maracaibo para que 
con La Guardia desembarque en Altagracia, siga á Coro i mar- 
che á incorporársele á San Carlos, donde efectuará la con- 
centración de todo el ejército de la República. 

Al general Páez ordena igualmente marche al mismo 



bolívar 133 

punto cou su división i cou gran número de bestias i ganados ; 
i á Bermúdez manda se aproxime á Caracas i mantenga la 
ciudad eu asedio para que no puedan venir de ella auxilios 
á L,a Torre. 

Urdaneta llega á la ciudad de Coro el once de ma}-o ; 
pero postrado allí por inesperada enfermedad, los movimien- 
tos de las tropas de su mando sufren considerable retardo i 
DfrJ llegarán eu tiempo oportuno á San Carlos. 

El diez de mayo se pone eu marclia el general Páez 
desde Achaguas á la cabeza de mil quinientos ginetes i mil 
infantes, que conducen dos mil caballos de reserva i cuatro 
allí toros. Emplea algunos días en llegar á las márgenes 
del Apure i eu pasar el caudaloso río, i continúa la marcha 
por la vía de Tucupido. 

Frecuentes i desesperantes embarazos ocasiona en las mar- 
chas de esta brillante división la necesidad de conducir tan 
crecido número de animales. Casi todas las noches los caba- 
llos se escapan en tropel i emprenden desaforada fuga por 
la dilatada pampa. Sigúeseles al amanecer el día siguiente 
por el rastro de sus numerosas huellas, que dejan estampa- 
cas eu la tierra humedecida por las lluvias ; se les recoje 
con gran trabajo i se continúa con ellos la demorada mar- 
cha, para repetir el mismo fastidioso trabajo á la noche si- 
guiente. 

llegada la división á la villa de Tucupido, tiene Páez 
noticia de que La Torre ha abandonado la de Araure, i que 
Bolívar la ha ocupado sin resistencia alguna. 

Activa Páez la marcha cuanto le es posible, i como sabe 
más adelante que el general español no se ha detenido en 
San Carlos i que ya el libertador ocupa la importante ciu- 
dad, deja su infantería á las órdenes del coronel Miguel An- 
tonio Vásquez, i él, al frente de su temida caballería, se 
adelanta hasta San Carlos, donde Bolívar lo saluda cou es- 
trecho i afectuoso abrazo. 

Pocos días después llega la bizarra infantería apureña, i 
Bolívar resuelve salir á dar batalla al enemigo. 

Organiza el ejército para la marcha en tres divisiones : 



134 KTAPA CUARTA 

la primera, al mando de Páez, compuesta de dos cuerpos 
de infantería que son : los batallones Apare i Británico, i de 
mil quinientos ginetes : la segunda al mando de Cedeño, for- 
mada con tres batallones i un escuadrón ; i la tercera al 
mando de Plaza, con cuatro batallones i un regimiento de 
lanceros. El benemérito general Marino es investido con el 
cargo de Ayudante general del ejército. 

El catorce de mayo ocupa Bermúdez á Caracas. La 
Torre al saberlo envía á Morales á batirlo Las bien pensa- 
das órdenes de Bolívar empezaban á hacer favorables las 
circunstancias para la Patria venezolana, en la última bata- 
lla que iba á librarse. 

Carrillo, siguiendo instrucciones de Bolívar, 1 se mueve 
con bastante tropa hacia San Felipe para distraer por aquel 
lado la atención del enemigo. 

El día diez i nueve de junio, el bravo Laurencio Silva 
i un escuadrón que comanda sorprenden i hacen prisionero 
un cuerpo avanzado español en Tiuaquillo. En esta villa, 
el Libertador pasa revista el día veinte i tres al ejército re- 
publicano, i cuenta seis mil quinientos combatientes. 

El jefe español Morales, después de haber reocupado á 
Caracas, i dejádola con suficiente defensa contra los ataques 
de Bermúdez, ha regresado á incorporarse al ejército con 
que La Torre espera á Bolívar en la sabana de Carabobo ; 
pero el día veinte i tres, el general realista háse visto obli- 
gado á enviar algunos de sus batallones para atacar á Ca- 
rrillo que amenaza seriamente á San Felipe. 

El' día veinte i cuatro, rayando el alba, emprende la 
marcha el ejército patriota en busca de su contrario ; i va 
animado de febril entusiasmo, olvidadas las miserias i fatigas 
pasadas, indiferente á las fatigas del momento, creyendo 
infalible la victoria i definitivo el triunfo. 

Cuando llega á la altura de Buenavista, distante una 
legua del campo de Carabobo, se disipa la niebla matinal 
que cubre el llano donde están los españoles ya formados 
en batalla. Sobre el fondo verde del campo se distinguen 
seis fuertes columnas de infantería i tres de caballería, si- 
tuadas de modo que, mutuamente, se sostienen, para impedir 



bolívar 135 

la entrada á, la llanura. El camino estrecho que llevan los 
republicanos no permite otro frente que el necesario para 
desfilar ; i les españoles no solamente defienden la entrada 
con los veteranos regimientos Valencei i Barbastro, ■ situados 
á uno i otro lado del camino, sino que con su artillería 
domina completamente el desfiladero. 

Iluminada ya por el sol de la mañana, dibújase la dila- 
tada llanura claramente á la vista. El espectáculo es mag- 
nífico : el camino que entra á la sabana por el sur, sobre el 
cual marchan los patriotas, i el que viene del Pao i entra 
por el este, se marcan como angostas líneas amarillentas so- 
bre la fresca yerba que cubre el suelo. 

Los oficiales del Estado Mayor realista recorren su cam- 
po al galope en diversas direcciones trasmitiendo á los dife- 
rentes cuerpos Tas órdenes del general La Torre, que con su 
anteojo observa atentamente los movimientos del campo re- 
publicano. 

Estudiada por Bolívar la posición del ejército enemigo 
en análisis que llega hasta el insignificante pormenor, la 
juzga inabordable por los dos caminos conocidos i frecuenta- 
dos ; pero observando por la posición de los cuerpos reales, 
que estes sólo por aquellas vías temen el ataque, ordena 
convertir rápidamente la marcha de la primera división por 
la izquierda, para seguir con vaqueano que á este propósi- 
to se trae desde Tiuaquillo, por una vereda poco frecuen- 
tada, estrecha i escabrosa que conduce á una entrada occi- 
dental sobre la derecha del ejército realista, su flauco débil, 
por lo mismo que el jefe español lo consideró inatacable. 

El general Páez, encargado de ejecutar con toda su di- 
visión el inesperado i difícil movimiento, lo realiza con la 
mayor celeridad posible, sufriendo al emprenderlo los fuegos 
de la artillería española. 

Avisado el general La Torre de aquella extraña nove- 
dad en el ataque, hace mover en el acto cuatro de sus me- 
jores . batallones á disputar la salida al llano por aquella 
parte. 

El batallón republicano Apure que marcha á vanguardia 



136 ETAPA CUARTA 

de la primera división, al llegar al desfiladero que da acceso 
á la gran sabana, es vigorosamente atacado, i aunque con 
increíble denuedo responde al nutrido fuego que sobre él 
lanza espesa lluvia de plomo, ya cede quebrantado, cuando 
llega á darle oportuno auxilio el batallón Bniánico, que en- 
tra en formación hincando una rodilla en tierra para mostrar 
al contendor que sólo piensa morir en la defensa de aquel 
puesto. 

Reorganizado el bra'-o Apure, vuelve á la brega enar- 
decido ; pero observando Páez que en sus ,dos batallones es- 
casean los pertrechos i que no es posible reponerlos, ordena 
á ambos una desesperada carga á la bayoneta, que se efec- 
túa con incontrastable bizarría, apoyada por dos compañías 
de tiradores que hau logrado pasar también el embarazoso 
desfiladero. 

Los realistas, aunque sostienen sus fuegos, van cedien- 
do el campo. , 

El primer escuadrón del Regimiento de Honor ha entrado 
ya á la llanura, i Páez, impaciente, no aguarda otros, i 
acompañado de todo su Estado Mayor, arremete con él for- 
midable sobre el enemigo, que cede su primera posición, 
aunque rehecho en parte, resuelve combatir en otra altura á 
espaldas de la primera. 

El victorioso escuadrón, puesto al mando de su denoda- 
do teniente Juan Ángel Bravo, persigue i despedaza varios 
batallones que huyen. 

Entretanto, cien lanceros más han entrado al llano, i 
Páez á la cabeza de ellos, siempre acompañado de su ague- 
rrido Estado Mayor, carga sobre una columna de caballería 
que viene en son de ataque. A la primera furiosa embesti- 
da de los ágiles llaneros decláranse en derrota los ginetes 
realistas. 

Desde aquel instante el general español sólo piensa en la 
retirada, que mui pronto se convierte en desastrada derrota. 
L,a mayor parte de su ejército huye á la desbandada ; i ba- 
tallones enteros se rinden. 

Eos regimientos Valencei i Barbástró, que guardaban la 



BOLÍVAR 



137 



principal entrada, al ver que el resto del ejército pierde 
terreno en la desesperada lucha, abandonan sus posiciones i 
dejan amplia puerta á los patriotas para entrar á la arena 
del combate. 

Páez parte á rendirlos con su caballería, acompañado de 
Plaza, que deja su división para tener la gloria de tomar 
personalmente alguna parte en aquella batalla. — ¡ Infeliz ada- 
lid de la Patria ! una bala, envidiosa de su alegría, le hiere 
i le arranca la vida. 

Reforzado Páez con trescientos ginetes más que entran 
por el camino real, carga á Barbastro, que le rinde sus 
armas. 

Valencei, formado en cuadro, al mando de su sereno jefe 
Tomás García, se retira en orden siguiendo la quebrada de 




138 



ETAPA CUARTA 



Carabobo para apoyar en ella su marcha. Páez resuelve car- 
garlo con sus ágiles lanceros, con ánimo, al mellos, de de 
tenerlo i dar tiempo á que llegue para combatirlo la infan- 
tería republicana. Pero ante la clásica disciplina de aquel 
regimiento español se estrellan todos los esfuerzos de su or- 
gulloso enemigo. 

El bravo Cedeño, despechado como Plaza, por no haber 
podido entrar en acción con sus tropas, las abandona, i con 
un piquete de caballería atraviesa la quebrada i corre á dar 
alcance á Valencci, que sigue su ordenada retirada á Valen- 
cia. — Al dar la temeraria carga sobre el veterano batallón, 
ura bala quita también la vida á Cedeño, para derramar más 
ajenjo en la copa de la victoria republicana. 

Menos de una hora ha durado esta batalla, en que sólo 
ha combatido la tercera parte del ejército de la Patria. 

Iva independencia de Venezuela queda irrevocablemente 
asegurada para siempre en el campo inmortal de Carabobo. 




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PICHINCHA 



En la tanle del día veinte i nueve 
^ del mes de junio del año mil ochocientos 
¿51? veinte i uno, entra Bolívar segunda vez 
victorioso á la amada ciudad de su nacimiento. Hánla eva- 
cuado el día anterior las tropas españolas; i el pueblo de Ca- 
racas, enajenado de placer, febril de entusiasmo, vuela á re- 



.■ ■ ■ 

140 KTAPA QUINTA 

pletar las calles de la ciudad, dos horas antes desiertas. Mujeres 
i hombres; ancianos i niños, confunden sus aclamaciones de 
gloria al Libertador i Padre de la Patria. Tocan á vuelo las 
campanas de los templos; i las ventanas de todas las casas, qne 
han permanecido cerradas por años, se abren crujientes i des- 
empolvadas, i dan paso á la ya olvidada iluminación de aque- 
llas salas. Justísima alegría: la alegría del maniatado esclavo 
á quien se destrozan sus cadenas i ve que huye espantado el amo 
feroz que lo oprimía con martirios. 

Pero la infatigable mente de Bolívar se ocupa de más 
altos pensamientos. 

Organiza en pocos días el gobierno de Venezuela i deja á 
Soublette con instrucciones para presidirlo durante su au- 
sencia. 

Mas, antes de lanzarse como robusto cóndor al espacio in- 
menso que tiene el propósito de cruzar, quiere reposar pocos días 
eu su hacienda de San Mateo, valiosísima finca agrícola que ha 
heredado de sus padres, i á ella va con el corazón lleno de viejos 
amores i de brillantes recuerdos. Allí pasaron los apacibles i 
felices días de su niñez i de su juventud: i allí contempla ahora 
con tristeza los rápidos é inevitables estragos del tiempo en la 
mísera humanidad. L,a que dejó mujer robusta de tersa faz i gar- 
boso andar, la encuentra avejentada, flaca, de arrugada i amari- 
llenta piel ; la zagala inocente, esbelta i graciosa, que corría 
descalza i alegre por la vega siguiendo la dorada mariposa; ó la 
virgen que, desatada la negra cabellera sobre las blancas i 
sonrosadas espaldas, desvanecía las líneas de su cuerpo en el 
cristal ondulante de las aguas, son ahora madres con el sello eu 
el semblante de los acerbos cuidados. Los hombres de la anti- 
gua colonia agrícola no existen: algunos que eran niños, ú otros 
extraños, han reemplazado á los que la guerra dispersó ó mató. 
Solo queda un anciano inválido que llora al ver hombre i gene- 
ral al infante que llevó unas veces de la mano á la orilla del río 
á mirar en el tranquilo i trasparente pozo como juegan los pla- 
teados pececillos; i otras veces en su caballo, sobre el pico de la 
silla, á recorrer el campo ó el pueblo. 

El grato chichisbeo que anima el palomar; el humo que el 
alto torreón vomita; el gañán que sigue la enyugada pareja que 



bolívar 141 

tira del arado; el cañaveral que borda la orilla del río i sacude 
gárrulo la muchedumbre de sus hojas: todo trae á su espíritu 
dulces memorias con frescuras de otros tiempos. 

Aquella hacienda fue luego teatro de una guerra de exter- 
minio: allí se batió él por muchos días con el terrible Boves: 
allí fue la sublime explosión que encendió Ricaurte. 

Ahora, como palma de victoria, recibe en aquel campo a- 
mado la buena nueva de haberse instalado el Congreso en la 
ciudad del Rosario de Cúcuta, con los diputados de diez i nue- 
ve provincias, para constituir la gran República de Colombia, 
el más vehemente anhelo de su alma. Allí sabe también que 
ese Congreso, al tener noticia de la completa derrota de los 
españoles en la llanura de Carabobo, decretó los honores del 
triunfo á él i á su gallardo ejército, ordenando erigir en el fa- 
moso campo uu monumento que perpetúe la hazaña i el nombre 
de los héroes. 

El día primero de agosto se despide el Libertador de los ca- 
raqueños, i marcha camino de Bogotá por Valencia, San Carlos, 
Barquisimeto, Carora, Trujillo i Betijoque. De aquí baja á las 
orillas del gran lago, i embarcándose en una pequeña goleta va 
á la ciudad de Maraca ibo donde el veinte i ocho es recibido con 
extraordinario entusiasmo. Avísasele allí que el Congreso, por 
el voto unánime de sus miembros le ha elegido presidente de la 
nueva república americana; i llamado después con urgencia á 
ocupar el elevado puesto, marcha para Cúcuta á donde llega el 
veinte i dos de setiembre. 

Está ya sancionada la Constitución política de la nueva i 
gran nación, elaborada á la luz de los más puros principios de- 
mocráticos. 

El Congreso declara que la capital de la República será la 
ciudad de Bogotá. 

Preocupado Bolívar con la idea de continuar dirigiendo la 
guerra al frente de los ejércitos, envía al presidente del Con- 
greso, la admirable carta siguiente: 

'"Llamado por Vuestra Excelencia para venir á prestar jura- 
mento como Presidente de la República, he obedecido con gra- 
titud á la voluntad del Congreso. Pero Vuestra Excelencia ten- 



142 ETAPA QUINTA 

drá la bondad de someter al examen de su sabiduría las siguien- 
tes consideraciones antes de obligarme á aceptar un destino que 
tantas veces he renunciado " 

" Cuando las calamidades públicas pusieron en mis 
manos las armas para libertar á mi patria, no consulté mis fuer- 
zas, ni mis talentos: cedí á la desesperación del espectáculo de 
horror que ofrecía ella encadenada; i si me p'ise á la cabeza de 
las empresas militares que han continuado la lucha por más de 
once años, no fue con ánimo de encargarme del gobierno, sino 
con la firme resolución de no ejercerlo jamás. Yo juré en el 
fondo de mi corazón no ser sino un soldado, servir solamente 
en la guerra, i ser en la paz un ciudadano. Pronto á sacrificar 
por el servicio público, mis bienes, mi sangre i hasta la gloria 
misma, no puedo, sinembargo, hacer el sacrificio de mi concien- 
cia, porque estoi profundamente penetrado de mi incompeten- 
cia para gobernar á Colombia, porque no conozco ningún gé- 
nero de administración. Yo no soi el magistrado que la repú- 
blica necesita para su dicha: soldado por necesidad i por in- 
clinación, mi destino está señalado en los cuarteles i en los 
campos de batalla. El bufete es para mi un lugar de suplicio. 
Mis inclinaciones uaturales me alejan de él tanto más cuanto 
que he alimentado i fortificado estas inclinaciones por todos los 
medios que he tenido á mi alcance, con el fin de impedirme á 
mí mismo la aceptación de un mando que es contrario al bien 
de la causa pública i aun á mi propia honra." 

"Si el Congreso persiste, después de esta franca declara- 
ción en encargarme del Poder Ejecutivo, cederé solo por obe- 
diencia; pero protesto que no admitiré el título de Presidente 
sino por el tiempo que dure la guerra, i bajo la condición de 
que se me autorice para continuar la campaña á la cabeza del 
ejército, dejando todo el gobierno del Estado á Su Excelencia 
el general Santander, que tan justamente ha merecido la elec- 
ción del Congreso para Vicepresidente; cuyos talentos, virtudes, 
celo i actividad, ofrecen á la república el éxito más completo 
en su administración." 

El Congreso no acepta esta renuncia, i fija el día tres de 
octubre para recibir el juramento de Bolívar, i darle posesión 
del alto cargo de Jefe del Ejecutivo de la gran república 



bolívar 143 

En el acto solemne de prestar la promesa de cumplir la cons- 
titución i las leyes de Colombia, Bolívar, manifiesta las mismas 
ideas que había expresado en su carta al Presideute del Con- 
greso; i este Cuerpo, por decreto especial, le autoriza para man- 
dar en persona el ejército i para ejercer facultades omnímodas 
en los departamentos á donde se iba á llevar la saña de la 
guerra. 

Impulsado por singular sentimiento de abnegación, el Li- 
bertador quiere aprovechar la reunión de la augusta Asamblea 
legislativa para liquidar i cancelar dos cuentas pendientes que 
personalmente tiene con la nación; i al efecto dirige al Presidente 
del Congreso las dos admirables cartas siguientes: 

En una escribe : 

"Excelentísimo Señor: Instigado por los clamores con que 
mi propia familia i algunos de mis amigos i compañeros de armas 
se lamentaban por la misei'able situación á que los había redu- 
cido su condición de patriotas, me tone 1» libertad de librar 
una orden á mi favor por catorce mil pesos contra las cajas pú- 
blicas de Bogotá en el año mil ochocientos diez i nueve." 

"La lei de repartición de bienes nacionales, me asigna un 
haber de veinte i cinco tiííl pesos como general en jefe del ejér- 
cito, i me da derecho para esperar asignaciones i gracias ex- 
traordinarias: i la que declara los sueldos de todos los empleos 
me asigna como Presidente de la República, el de cincuenta mil 
pesos anuales desde el año mil ochocientos diez i nueve. Renuncio 
desde ahora todos estos derechos i acciones, que no he percibi- 
do, i me doi por satisfecho de ellos con los catorce mil pesos to- 
mados en Bogotá." 

"El objeto á que los destiné i las sagradas obligaciones que 
con ellos satisfice, me han recompensado ampliamente de los 
derechos que renuncio á favor del tesoro púMico." 

En la otra carta escribe : 

"Excelentísimo Señor: Permítame Vuestra Excelencia que 
ocupe por primera vez la bondad del Congreso de Colombia 
con una pretensión que me es personal. Cuando en el año mil 
ochocientos doce caí en La Guaira en manos de los esbirros 
de la tiranía, fui presentado al feroz Monteverde por un hom~ 



144 ETAPA QUINTA 

bre tan generoso como era yo entonces desgraciado, por Fran- 
cisco Iturbe, quien ofreció su valiosa garantía, i hasta su vida 
por mi libertad, i obtuvo el pasaporte con que pude salir de 
Venezuela. Francisco Iturbe ha emigrado de Venezuela i sus 
bienes han sido confiscados. Yo ofrezco los míos para libertar 
los del generoso español; i si el Congreso hace en ellos alguna 
gracia, soi yo quieu recibe los beneficios de esa gracia. No 
puedo olvidar jamás al hombre magnánimo que ofreció su vida 
por la mía; i creo que Colombia sería ingrata al castigarlo." 

Esos rasgos sublimes, joyas son preciosísimas en la corona 
de inmortales que ciñe la freute del Libertador. 

Bolívar, impulsado por el genio de la guerra se pone en 
marcha para Bogotá, doude se entrega afanoso á los prepara- 
tivos de la campaña. 

El día mismo que las armas republicanas vencían en Ca- 
rabobo, Montilla atacó furiosamente á Cartagena por tierra, 
eficazmente ayudado por el valiente marino patriota Padilla, 
que al mismo tiempo lo hizo por mar, capturando once buques 
realistas i dejando la plaza incomunicada con los castillos de 
Bocachica. El denodado español Torres, que defendía á Car- 
tagena, acosado por el hambre i por el terrible i certero ca- 
ñoneo del castillo de la Popa, tuvo al fin que aceptar la hono- 
rable capitulación que le ofreció el caballeroso general Mon- 
tilla, i Cartagena, la plaza más fuerte de la América del Sur, 
se entregó á los patriotas. Montilla envía ahora al Libertador 
las llaves de oro de la ciudad rendida; pero Bolívar, aunque 
agradado por aquella muestra de respeto, se las devuelve al 
punto galantemente porque era el héroe de Cartagena quieu 
merecía poseerlas. 

Sin peligros ya por el Norte, vuelve al Sur Bolívar su 
mirada; i el día trece de diciembre del año mil ochocientos 
veinte i uno se pone en marcha para el valle del Cauca i 
Popayán, después de ordenar sobre esta última ciudad la mar- 
cha por diversos caminos de las columnas de La Guardia Co- 
lombiana. 

Pasa por Purificación, Neiva, Ea Plata, Yumbique i Caloto, 
i llega á Cali el día primero del año mil ochocieutos veinte 
i dos. Era su propósito, después de dejar en la ciudad de Po- 



bolívar 145 

payan fuerza suficiente para defender la provincia de que era 
capital, embarcarse en el puerto de Buenaventura con dos mil 
hombres de las mejores tropas de La Guardia, en trasportes que 
había ordenado á Sucre le enviase á dicho puerto, i desem- 
barcar en Guayaquil acometiendo la empresa de libertar de 
España al Ecuador. Pero listo ya todo para llevar á cabo el 
bien meditado plan, sabe Bolívar que el general español Mur- 
geon con tropas llevadas de Panamá, acababa de desembarcar 
en Esmeraldas i seguido á Quito para encargarse del mando 
de la ciudad, dejando dos fragatas de guerra que recorriesen 
aquellos mares. 

Carecía la república de buques semejantes en el Pacífico 
que oponer á estos, para convoyar i defender los trasportes, i 
en consecuencia se cerraba á Bolívar aquella fácil vía para 
llevar al Ecuador su ejército: i le quedaba solo la azarosa por 
Patía i Pasto. El veinte i seis de enero viene á Popayán para 
activar las operaciones del ejército; pero este llega diezmado 
por las enfermedades i postrado por las fatigas de una larga 
i penosa marcha, de modo que Popayán tuvo más soldados 
en el hospital que en el cuartel. 

El distrito de Patía, que debía atravesar el ejército infun- 
día pavores por su clima mortífero i su suelo agrio i estéril; 
i especialmente porque estaba poblado de hombres perversos i 
feroces, que defendían con fanatismo la causa de la monarquía 
española, i que en numerosas gavillas pululaban por breñas i 
desfiladeros, atisbaudo la ocasión favorable para caer de impro- 
viso sobre pequeños cuerpos de tropa, ó sobre los correos, i 
cortar las comunicaciones del campo independiente con Po- 
pa 3' án. 

I hai más aún en materia de dificultades i peligros, por- 
que al salir de Patía se cae al distrito de Pasto, tierra esca- 
brosa que riega el Juanambú i el Guáitara, defendida por el 
valor indomable de sus incultos hijos, también idólatras de 
España. 

Tales son los grandes obstáculos que se presentan para 
emprender la campaña sobre Quito; pero como alivio al infierno 
de estas preocupaciones, llega á Bolívar la fausta nueva de la 



146 ETAPA QUINTA 

revolución que incorporaba el istmo de Panamá á la República 
de Colombia. 

Era el istmo en poder de los españoles, barrera formida- 
ble que se interponía entre los dos océanos que bañan las 
costas de Sur América; ahora, en manos de los republicanos, 
es puente amplio i seguro para la rápida comunicación entre 
los nacientes Estados del Nuevo Mundo. 

Ordena al acto el Libertador la marcha del general O'Leary, 
i dispone que tome en el istmo el mando de mil soldados pa- 
triotas, se embarque con ellos i vaya á aumentar las fuerzas 
colombianas en el Sur. 

Con solo tres mil soldados emprende Bolívar la campaña 
á principios de marzo de mil ochocientos veinte i dos, saliendo 
de Popayán hacia el Juanambú. Al llegar á este río, mui dé- 
bil resistencia opone el ejército español que prefiere tomar po- 
siciones en la inmediata serranía de Cariaco. 

En el campo de Bombona organiza el coronel Basilio 
García los dos mil hombres que forman la hueste realista, 
con el volcán de Pasto á su derecha ; con el torrentoso 
Guáitara á su izquierda ; i por el frente, espado bosque, 
tras profundo barranco que sólo da paso por angosto puente, 
i sobre el cual se cruzarán los fuegos de sus tropas. Así 
espera el asalto de Bolívar. 

A pesar de lo formidable de aquella posición, el Liber- 
tador, que tiene plena confianza en el valor é intrepidez de 
sus soldados, ordena dar la batalla el día siete de abril, en 
el orden siguiente: al general Valdez se encarga de la direc- 
ción del ataque sobre el flanco derecho enemigo con el ba- 
tallón Rifles, guiado por el coronel Barreto, que previamente 
ha reconocido el terreno ; i al general Pedro León Torres, 
la del combate por la derecha i el centro realistas con los 
batallones Bogotá i Vargas, i el primero i segundo escuadrón 
de Guías. 

El batallón Boyacá, i los Cazadores montados i Húsares 
de La Guardia, quedan de reserva bajo el fuego de la arti- 
llería enemiga. 

Rotos los fuegos, el bravo general Torres no puede pe- 



bolívar 147 

netrar de modo alguno por la izquierda enemiga, i se ve 
obligado, para llevar adelante el ataque, á caer sobre el te- 
rrible centro que defiende el enemigo con toda su artillería 
i con fusileros en la opuesta orilla de la escarpada cañada, 
al abrigo de los troncos de grandes árboles, derribados al 
intento. 

El soberbio empuje de los bravos republicanos es dete- 
nido por una lluvia de hierro i plomo que lanzan los caño- 
nes i fusiles realistas. En media hora, en que hace fuego á 
pie firme, la impávida columna patriota, ve caer mortalmeu- 
te herido á su bizarro general Torres ; i luego al coronel 
Carvajal, que sucede á Torres en el mando ; i al sereno Pa- 
rís, comandante del Boy acá, i á García, el valerosísimo co- 
mandante del Vargas, i á más de ciento de sus hombres. 

Mientras así se vierte acá la sangre colombiana, el ge- 
neral Valdez, pie á tierra, aconsejado por su audacia i guiado 
por su talento militar, trepa las faldas del volcán por donde 
parece imposible que pueda efectuarse. Los soldados para 
poder subir por aquel suelo deleznable clavan en tierra sus 
bayonetas i se apoyan en ellas á cada paso. Defienden esta 
falda tres compañías veteranas españolas ; pero los valientes 
de Rifles las atacan á la bayoneta, las diezman i las disper- 
san. Al fin Rifles corona la cima de la posición enemiga, i 
la llave del campo de batalla cae en manos de Bolívar, quien 
ordena al instante al coronel Pulido, benemérito jefe del ba- 
tallón Vencedor, que asalte á la bayoneta las trincheras que 
el enemigo defiende con su artillería ; i así se efectúa, dejan- 
do en otra media hora de fuego cien valientes más tendi- 
dos en aquel horroroso campo. 

El ejército español se declara en derrota ; pero ya la no- 
che arroja- sus sombras para salvarlo de una completa des- 
trucción. 

Falto de víveres i rodeado de mil dificultades, el Liber- 
tador pasa algunos días en Consacá, cuidando sus heridos i 
dando descauso á sus tropas. Envía una comisión en busca 
de refuerzos i alimentos á Popayán, repasa el Juananbú i 
acampa en las poblaciones contiguas á Patia. 

El día veinte i seis de marzo llegan los refuerzos espera- 
dos i se emprende de nuevo la ofensiva. 



148 ETAPA CUARTA 

Es el anhelo de Bolívar ocupar á Pasto, país abundan- 
te en recursos de todo género i base de primer orden para 
las operaciones militares. 

Antes de combatir, quiere poner á prueba los recursos 
de su diplomacia i entabla negociaciones con García tan sa- 
gaz i astutamente que al fin le trae contento al camino de 
!a paz. Concede á este jefe i á los pastusos una generosa ca- 
pitulación ; i por fin, el día treinta de mayo ocupa la ciu- 
dad, antes no pisada por tropas independientes. 

I para colmar la justa alegría que por este feliz suceso 
anima el corazón de Bolívar, allí recibe el parte oficial de 
la gloriosa batalla de Pichincha, ganada por Sucre, que com- 
pleta la libertad de todo el territorio colombiano. 

Sucre da cuenta de ella al Libertador en los términos 
siguientes : 

"Después de la pequeña victoria de nuestros granaderos 
i dragones sobre toda la caballería enemiga en Riobamba, 
ninguna cosa había ocurrido digna de particular mención. 
Todos los cuerpos de la división de mi mando se movieron 
el día veinte i ocho de abril i llegaron á Tacuuga el día 
dos de mayo. Allí recibí el auxilio de trescientos soldados, 
resto de los ochocientos que por orden del Libertador me 
fueron enviados desde Panamá. Los españoles estaban si- 
tuados en el pueblo de Machachi, i cubrían los inaccesibles 
pasos de Jalupana i La Viudita. Fue necesario excusarlos 
haciendo una marcha sobre su flanco izquierdo, i movién- 
donos el trece, llegamos el diez i siete á los valles de Chillo, 
que dista cuatro leguas de Quito, después de haber pasado 
Jas heladas lomas del Cotopaxi. El euemigo descubrió nues- 
tra operación i vino á ocupar la capital el mismo día diez i 
seis en la noche." 

"La colina , de Puengasi, que divide el valle de Chillo 
de esta ciudad de Quito, es de muí difícil acceso ; pero, 
burlando la vigilaucia del enemigo, la trasmontamos el día 
veinte. El veinte i uno bajamos al sitio de Turubamba en 
la cercanía de la capital i presentamos batalla al enemigo ; 
pero este no abandonó sus impenetrables posiciones, i fue 
preciso situar la división en el pueblo de Chillogallo, una 



bolívar 149 

milla distante del enemigo. Los días veinte i dos i veinte i 
tres provocamos de nuevo á los españoles sin resultado al- 
guno ; i desesperado de conseguir que se trabase allí la bata- 
lla, resolví marchar por la noche á colocarnos al norte de 
la ciudad, adelantando al efecto al coronel Córdova con dos 
compañías del batallón Migdalena. Lo escabroso del cami- 
no retardó mucho nuestra marcha * pero á las ocho de la 
mañana del veinte i cuatro llegamos á las alturas del Pichin- 
cha que dominan á Quito, dejando muí atrás nuestro parque 
cubierto con el batallón Albión. La compañía de cazadores 
del batallón Paya fue destinada á reconocer las avenidas, 
mientras que las tropas reposaban ; i luego fue seguida por 
el batallón Trujü/o, dirigido por el coronel Santa Cruz, co- 
mandante general de la división que desde el Perú envió en 
nuestro auxilio el general San Martín." 

"A las nueve i media dio la compañía de cazadores con 
toda la división española, que marchaba por nuestra derecha 
hacia la posición que teníamos, i roto el fuego lo sostuvo 
mientras conservo municiones, dando tiempo á que oportu- 
namente llegase el batallón Trujillo i comprometiese el com- 
bate. Seguidamente llegaron á reforzar este batallón dos 
compañías de Yaguasi. El resto de nuestra infantería á las 
órdenes del general Mires, seguía el movimiento, excepto las 
dos compañías del Magdalena con que el coronel Córdova 
marchó á salir á espaldas del enemigo, porque eucontró obs- 
táculos insalvables i tuvo que retroceder. Cuando fueron con- 
sumidos los cartuchos de los cuerpos que habían comenzado 
el combate, i que necesariamente tenían que retirarse, el ba- 
tallón Paya marchó á reemplazarlos, logrando los españoles 
en esta circunstancia ganar un poco de terreno : pero dada 
orden á Paya de cargar á la bayoneta, i ejecutada esta ope- 
ración con admirable brío, el enemigo perdió la ventaja que 
había logrado, i se restableció de nuevo el fuego sostenido 
por los españoles, á quienes amparaba la maleza del terreno 
que no permitía que entrase más de un batallón en el com- 
bate. El enemigo destacó tres compañías de Aragón á flan- 
quearnos por la izquierda, iá favor de la espesura del bos- 
que conseguían j-a estar sobre la cima, cuando llegaron las 
tres compañías de Albión, que se habían atrasado con el 



150 ETAPA QUINTA 

parque, i cargando con la bizarría que siempre ha distingui- 
do á este cuerpo, pusieron en completa derrota á los de 
Aragón. Kntretauto el coronel Córdova tuvo la orden de- 
relevar al batallón Paya con las dos compañías del Magda- 
lena ; i este jefe, cuya intrepidez es mui conocida, cargó con 
admirable denuedo ; i, desordenado i derrotado el enemigo, la 
victoria, cuando el sol brillaba en el meridiano, dio su lau- 
rel á los soldados de la libertad. Reforzado Córdova con los 
cazadores de Paya, con uua compañía de Yaguachi i con las 
tres de Albión, persiguió á los españoles, entrándose hasta 
3a capital i obligando á los restos del enemigo á encerrarse 
en el fuerte de Panecillo." 

"Aprovechando este momento pensé ahorrar la sangre 
que me costaría la toma del fuerte i la defensa que permi- 
tía aún la ciudad, é intimé verbalmente al general Ayme- 
rich por medio del edecán O' Leary para que se rindiese ; i 
en tanto me puse en marcha con todos los demás cuerpos 
de la división, i los situé en los arrabales, destinando al co- 
ronel Ibarra, que había acompañado en el combate á la in- 
fantería, para que fuese con nuestra caballería á perseguir 
la del enemigo que observaba se dirigía camino de Pasto. 
El general Aimerich ofreció entregarse por una capitulación 
que fue convenida i ratificada al día siguiente en los térmi- 
nos que Su Excelencia verá en la adjunta copia que tengo 
la honra de someter á su aprobación." 

"L,as resultados de la jornada de Pichincha han sido: 
la ocupación de la ciudad de Quito i de sus fuertes el día 
veinte i cinco en la tarde; la posesión i tranquilidad de todo 
el departamento ; i tener del enemigo mil cien prisioneros de 
tropa, ciento sesenta oficiales, catorce piezas de artillería, mil 
setecientos fusiles, i los demás elementos de guerra que po- 
seía el ejército español en esta plaza." 

"Cuatrocientos cadáveres del enemigo i doscientos de 
nuestras tropas cubrieron el campo de batalla ; i cuidamos 
de ciento noventa heridos realistas i ciento cuarenta republi- 
canos." 

"Todos los cuerpos del ejército patriota cumplieron sus 
deberes en el combate : jefes, oficiales i soldados se disputa- 



BOLÍVAR 15I 

ban la gloria del triunfo; pero debo hacer especial mención 
de la gallarda conducta del teniente Calderón, que habiendo 
recibido consecutivamente cuatro heridas, no quiso retirarse 
de la pelea." 

"Espero que Su Excelencia habrá rendido ya á Pasto." 

"La división del Sur ha dedicado sus trofeos i sus lau- 
reles al Libertador de Colombia." 

Terminada la lectura de la interesante relación de la 
trascendental batalla de Pichincha, Bolívar dispone la marcha 
á Quito; i esta ciudad le recibe enardecida de insólito entu- 
siasmo el día diez i seis de junio. 

Cinco días después, mui de mañana, Bolívar habla á 
solas con Sucre, i le dice : 

— Tengo que ir á practicar una inspección importantí- 
sima sobre el camino de Riobaniba ; pero deseo que nadie se 
aperciba de ella. Aunque después de la completa i gloriosa 
victoria que acabáis de obtener, no hai temor alguno de 
ataque por españoles en ningún punto de. este departamen- 
to, por cumplir con las leyes de la prudencia militar, quiero 
que ahora mismo hagáis marchar r,u batallón por esa vía 
con orden de acuartelarse en Ambato i esperar allí nueva 
disposición. Luego, á la media noche yo partiré acompa- 
ñado de dos edecanes i de un piquete de caballería que para 
esa hora espero estará listo. 

Sucre dice al Libertador que va á disponerlo todo según 
sus deseos ; i al efecto le deja solo para ordenar el viaje del 
batallón sin demora alguna. 

En la tarde del día siguiente la bella aldea de Ambato, 
reclinada á la falda del gigantesco Chimborazo está alegre 
i bulliciosa con la llegada del Libertador i de un cuerpo dt* 
los vencedores en Pichincha, quienes saborean contentos el 
sabroso i recien horneado pan de la rica harina de sus abun- 
dantes trigales, i duermen tranquilos en el fresco ambiente 
de aquel valle. 

Al otro día Bolívar, acompañado de dos edecanes i de 
dos pajes se dirige á caballo á la inmediata falda de la in- 
mensa montaña. Después de algunas horas de marcha han 



152 



ETAPA QUINTA 



ascendido á la llanura de Tapia, casi desnuda de vegetación, 
porque las heladas nocturnas no dejan que el arbusto pros- 
pere ; apenas escasa yerba que cubre su suelo sirve para 
que pasten en ella algunos rebaños de llamas. Signen luego 
al pueblito de indios llamado Calpi, que aparece á la falda 
del Chimborazo como grupo de hongos pegado á una roca : 
i allí decide el Libertador tomar algún alimento i reposar 
durante toda ía noche. 




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A la mañana siguiente ordena á sus dos edecanes i á 
uno de los pajes le esperen en aquel sitio hasta su vuelta, 
i acompañado del otro paje continúa á caballo ascendiendo en 
la montaña. 

— ¡¡ Una tienda de campaña !! grita admirado el paje al 
divisar una que aparece armada adelante en el camino. 



BOUVAR 153 

— Esa, exclama el Libertador, la mandé preparar antici- 
padamente para que me sirviese de refugio en este viaje : 
en ella vas á entrar ahora con nuestros dos caballos para 
esperar mi regreso. Enciende dentro con esas ramas secas 
una pequeña hoguera para mitigar el frío : i da á nuestros 
caballos el trigo que les traes en las alforjas. 

— ¿Y va el Libertador á seguir á pie i solo? pregunta 
asombrado el paje. 

— Sí : tengo que cumplir una promesa hecha por la 
Patria. 

Bolívar comienza á pie la penosa ascención. A poco á 
su derecha brillan los encantos de Eroclea ; i á su izquierda 
la arrogante belleza de su hija Colombia ; i los tres llegan 
alegres á la meseta de Sisgún, á más de doce mil pies de 
altura sobre el océano. Han desaparecido allí todas las 
plantas alpinas i sólo nace en aquella tierra fría, raquítica 
yerba i rastreras criptógamas. 

¡ Cuánta soledad en esas alturas ! Cuánto silencio en ellas! 

A los quince mil pies ha cesado toda vegetación: la nie- 
ve lo cubre todo con su blanca i fría mortaja: solo en partes 
donde la roca cortada á pico no permite que aquella se de- 
posite, aparece el obscuro color de la piedra contrastando con 
la nivea albura. 

El aire tiene el frío del hielo, i Bolívar empieza á sentir 
el terrible mal de la montaña: vértigos tremendos; nauseas 
angustiosas; fatiga inmensa; sangran sus encías i sus labios, 
i están enrojecidos sus ojos: su pulso bate ciento seis veces 
en cada minuto. 

— Oh! padre mío, dice Colombia: veo que sufres mucho. 
Madre mía, qué auxilio puedes dar á mi padre ? 

— Aquí tienes, Bolívar, dice Erodea, el divino licor que ha 
de revivir tus fuerzas i tu ánimo: en estas alturas todos los 
hombres se desvanecen. 

Bebe Bolívar del dulce licor que su celestial esposa le 
ofrece, i después de reposar un poco, continúa con nuevos 
bríos la difícil ascensión. 

La cresta sobre que marchan, apenas de un pie de an- 



154 ETAPA QUINTA 

chura, i que los llevará á la cumbre de la montaña tiene á 
un lado, abrupta falda de nieve endurecida que brilla á la 
luz del sol como el azogado vidrio de un espejo; i al otro, 
abismo de mil pies de profundidad. La nieve depositada sobre 
el hielo de la angosta senda, resbala al ser pisada por Bolívar, 
i cada paso es un peligro. 

Ya quedan atrás, exclama Eroclea, las huellas de Humboldt 
i de Bompland, predilectos de Sofía, quienes, precisamente hoi, 
hace veinte años, treparon audaces los primeros, las heladas 
faldas de este coloso de Los Andes. 

A poco una inmensa roca se desprende i rueda rompién- 
dose pero sin producir ruido alguno. Lo enrarecido del aire- 
hace casi imperceptible el sonido. 

La. ascención se hace cada vez con mayor lentitud. 

A la mitad del día toma Bolívar ligero refrigerio i nueva 
copa del divino licor para poder contiunar. El frío intenso 
hace insoportable el más ligero soplo de los vientos, que tocan 
como garra sobre la amoratada mejilla: el reflejo de la luz 
sobre aquel mar de nieve hiere duramente la vista; i la respi- 
ración es casi imposible. 

Cinco horas emplea Bolívar en subir los últimos mil pies 
hasta alcanzar la soberbia cumbre. Allí se alza magestuoso el 
templo de Mitomaute, rodeado de gruesas columnas de negro 
pórfiro. A la puerta está de pie el imponente catágelo, anciano 
de mejillas sonrosadas, cubierta la cabeza de blanca cabelle- 
ra; i su faz augusta, de larga barba, como sus cabellos, blanca. 

—Os esperaba, dice á los tres viajeros que se acercan á la 
puerta del templo, según me lo había anunciado la bella Ero- 
clea. ¿ Es este hombre, Bolívar, vuestro ..espiritual esposo, el 
Libertador, i esta niña vuestra hija, Colombia? — Entrad: en- 
trad. 

Una semi-oscuridad misteriosa hai en la nave del templo; 
i á su fondo se ve brillar inmenso globo de oro, i á cierta 
distancia, otro pequeño i obscuro, que marcha girando sobre sí 
mismo en torno al áureo centro. 

— El sol i nuestro mundo, dice Bolívar, después de contem- 
plarlos un instante. v 

— Es el reloj del templo, agrega Mitomaute. —I bien, qué 
queréis de mí, les dice luego, viendo á los tres. 



bolívar 155 

— Oidme á mí sola un instante, dícele Eroclea, cami- 
nando con el anciano al interior del templo i habiéndole allá 
tan quedo que solo él puede oiría. 

— Bien, exelama luego Mitomante, decid á vuestra hija 
que entre por aquella puerta i espere sentada bajo la bóveda de 
la alta cúpula, i quedaos aquí vosotros dos. 

Mientras Colombia marcha al sitio designado, Mitomante 
dirígese al altar de mármol blanco, que al pie del curioso reloj 
se alza, i abre un inmenso libro que sobre él está. Hojéalo lenta- 
mente; confronta páginas: medita algún tiempo como quien 
calcula; ciérralo i vuelve á donde Bolívar i Eroclea esperan 
ansiosos el vaticinio dé la suerte final de su amada i bellísima 
Colombia. 

— Oid, díceles el venerable anciano; vuestra hija morirá el 
mismo día i en el mismo instante que muera su padre: su cuer- 
po en ese momento perderá todas las condiciones catágelas i 
le quedarán sólo las humanas. 

Bolívar palidece; quiere hablar i no puede: de sus inflama- 
dos ojos saltan dos lágrimas que, heladas, ruedan al pavi- 
mento del augusto santuario. 

Eroclea inclina la cabeza; cruza sobre su pecho los bellos 
brazos i suspira. 

— Ahora, exclama Mitomante, podéis marcharos por donde 
está la hija de vuestros amores, i salir por la puerta del fondo. 
Que la virtud os guie. 

Al salir fuera del templo el paisaje más espléndido apa- 
rece á la vista. L,impia la atmósfera de toda niebla, es inmen- 
so el campo que se descubre desde aquella altura. Al oriente, 
la hilera de volcanes Sangai, Tunguragua, Yangarate, Coto- 
paxi i Antisana; al norte los cráteres del Iliniza, del Corazón i 
del Pichincha; al fondo de todas esas cuaibres la tierra verde; 
i hacia el suroeste, el golfo de Guayaquil i el horizonte del 
océano. 

Colombia, que permanece como sus padres, sumida en la 
contemplación de aquel admirable panorama, al fin rompe el 
silencio exclamando: — Tengo la belleza de mi madre i el alma 
vigorosa de mi padre: quiero vivir para ser grande: me siento 
con fuerzas para serlo: tengo envidia al Chimborazo. L,3S en- 
cantos con que Dios me ha dotado, atraerán sobre mí las 



156 ETAPA QUINTA 

miradas i las simpatías de las naciones: el cultivo que daré á 
mi inteligencia será tan vasto i profundo que la sabiduría me 
otorgará también sus favores: bella i sabia; arrogante i digna; 
virtuosa i noble; altiva i valerosa; rica i magnánima, seré la 
admiración del mundo. ¡No es verdad, padre mío? 

— Así te he soñado yo, adorada hija, dice Bolívar, opri- 
miendo con la bella cabeza su afligido corazón, é inpriiniendo 
un beso en la tersa i amplia frente, sobre la cual caen al 
mismo tiempo sus lágrimas. 

Eroclea por vez primera también llora. 

—No comprendo vuestras lágrimas porque hablo así, dice 
Colombia. 

— Lloramos, hija idolatrada, de amor i de orgullo, excla- 
ma Eroclea. 

Breve tiempo después los tres viandantes descienden silen- 
ciosos la montaña. El sol se oculta detrás del lejano horizonte, 
í las estrellas comienzan á brillar numerosas en un cielo sin 
nubes. 

Media noche es cuando llega Bolívar solo á la tienda 
donde le espera su paje. 

— Mi general, exclama éste, al verle entrar envuelto en su 
gruesa capa, los ojos inflamados i los labios sangrientos; mi 
general, cómo es que no os habéis muerto! Qué puede irse á 
buscar á ese campo de nieve? Venid á calentaros un poco al 
lado de estas brasas; comed un pedazo de esta carne i de 
este pan, i bebed un poco de este vino. 

— Bolívar se sienta pensativo sobre una peña que hai al 
lado de la ardiente hoguera, toma un bocado de la carne i del 
panqué le ofrece el paje, i bebe después un cántaro de vino. 

—Ensilla i vamos pronto á salir de este infierno sin llamas, 
exclama luego, poniéndose de pie. 

El paje ejecnta al punto la orden del Libertador, i ambos 
á poco descienden la cuesta de la helada- eminencia 

Asoma la sonrisa del alba por el oriente cuando Bolívar i 
su paje entran á Calpi, i son recibidos como gente salvada de 
inminente peligro de muerte. 

Tomada una taza de caliente i aromático café, que los ede- 
canes del Libertador tenían preparado, sigúese viaje para Am- 
bato i de allí para Quito. 



BOLÍVAR 



15; 



En los primeros días de julio, abandona Bolívar la capi- 
tal ecuatoriana i se dirije á Guayaquil. Los pueblos del camino 
le tributan ovaciones espléndidas; i el día once llega á la impor- 
tante ciudad que baña sus márgenes en el famoso puerto del 
Pacífico. 

Guayaquil, que había asumido hasta entonces su indepen- 
dencia regional, pero de modo vacilante é insostenible, únese á 
la gran República, amada de Bolívar; i Colombia, la magnífica 
nación, queda completa entre los amplios marcos que le había 
fijado el Libertador desde Angostura. 

El veinte i cinco de aquel mes se avisa á Bolívar que el 
general San Martín ha llegado á la ría. 

Inesperada es aquella visita del ilustre vencedor en Chaca- 
buco i en Maipó, egregio Protector del Perú, i Bolívar se apre- 
sura á enviarle sus saludos i á manifestarle el sentimiento que 
experimenta por no haber tenido oportuno aviso de tan hon- . 
roso i fausto suceso que le hubiese dado tiempo á preparar un 
recibimiento digno de tan eminente personaje. 

Al aproximarse al puerto en la mañana del día veinte i 
seis la nave, que conduce á San Martín, Bolívar va á bordo, i 
sobre aquella gloriosa cubierta se abrazan estrechamente los 
dos grauaes libertadores de la América del Sur; i Guayaquil, 
presidida por Bolívar, colma de honores i de agasajos al esclare- 
cido argentino, mientras permanece en el recinto de sus muros. 




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AYACUCHO 



Después de pasados dos días en la ale- 
gre Guayaquil, el general San Martín regresa 
al Perú. Desde Lima pide á Bolívar auxilios de 
tropas para continuar la guerra contra el ejér- 
cito español que en la tierra de los antiguos 
incas se reorganiza activamente. 



1 6o ETAPA SEXTA 

El Libertador dispone que sin demora alguna vuelva al 
Perú la división del general Santa Cruz que había sido envia- 
da por el Protector como axiliar al ejército colombiano en el 
Ecuador, habiéndose repuesto en ella todas las bajas que ha- 
bía sufrido durante la gloriosa campaña. Pocas semanas des- 
pués dos mil soldados colombianos marchan á Lima á ponerse 
á las órdenes del general San Martín 

El Protector del Perú convoca un Congreso nacional; i el 
veinte de Setiembre, dos meses después de su conferencia con 
Bolívar, resigna en la Augusta Asamblea el mando Supremo 
de que estaba investido i se embarca en el Callao para Valpa- 
raíso, retirado á la vida privada por propia é irrevocable deter- 
minación. De Valparaíso va á Santiago, i de allí á su amada 
ciudad de Mendoza, que se ostenta reclinada á la cuesta colosal 
de los Andes donde termina la inmensa llanura del Plata. 

Separado San Martín del Gobierno del Perú, el Congreso 
deposita el mando de la nación en un triunvirato presidido por 
el general La Mar. 

La futura suerte del Perú es ahora la preocupación per- 
manente del Libertador porqué ella puede envolver la suerte de 
Colombia i de la América entera. 

I, ciertamente, si vuelven los españoles á adueñarse del 
Perú, la reconquista de Chile será para ellos fácil empresa; i 
luego Colombia podrá ser rudamente atacada por el sur al mis- 
mo tiempo que nuevas espedicioues desembarcarán sobre su 
dilatada costa en el mar Caribe. Buenos Aires, temerosa del 
Brasil, se limitará á defender su propia independencia entonces 
tan amenazada i comprometida. 

Bolívar ofrece nuevos auxilios á la Junta gubernativa del 
Perú, i ve con dolor que son por ella desdeñados. Se tenían ce- 
los de la gloria del Libertador. La falaz intriga germinaba i 
crecía allí al lado de los reclamos augustos de la patria. La in- 
corporación de Guayaquil á Colombia era ei pretexto para des- 
pertar desconfianzas en las Repúblicas del Sur; i de ella hablaba 
la malignidad como de una usurpación consumada por Bolívar 
para que le sirviese de base á ulteriores propósitos de des- 
potismo. 



bolívar 161 

Las tropas colombianas que fueron enviadas á San Mar- 
tín, inspiraron recelos al nuevo gobierno peruano i regresan 
á Colombia. 

Pero la situación del Perú se agrava más i más cada 
vez. Sobre ella tiene Bolívar fija su mirada escudriñadora. 
La anarquía reina en las esferas de su gobierno ; su erario 
está escaso ; su ejército desmoralizado, i minado por el des- 
contento de sus jefes ; la independencia está amenazada de 
próxima ruina por dos fuerzas destructores : la discordia ci- 
vil i el enemigo español, á quien el orgullo hace audaz, i terrible 
la debilidad contraria. La emisión de papel moneda, espantoso i 
debilidad contraria. La emisión de papel moneda, espantoso i 
devorador pulpo económico de las naciones, decretada por el 
Congreso peruano, hiere de muerte el crédito mercantil i au- 
menta el malestar general. 

Inesperada atención viene á distraer en aquellos angus- 
tiosos momentos los altos pensamientos de Bolívar. La pro- 
vincia de Pasto se insurrecciona en favor de España, acau- 
dillada por un nuevo Boves. El Libertador confía á Sucre 
la destrucción de aquella horda infame. Sucre con sus tro- 
pas la alcanza en Yacuanquer en el mes diciembre ; i San- 
des á la cabeza del famoso batallón Rifles ; i Córdova al 
frente del que se nombra Bogotá, la cargan i la arrollan 
hasta sus atrincheramientos, donde combate temerariamente, 
como encerrada puma, i deja sacrificados á cuantos la forma- 
ban fanáticos. Su jefe puede escapar i huye casi solo por el 
río Marañón hasta el Brasil. 

Salvada aquella dificultad i dictadas cuantas disposiciones 
sugieren la inteligencia i la experiencia para que no sea un 
amago constante á la pública tranquilidad, aquella provincia 
tan amiga de su esclavitud, vuelve al Perú Bolívar sus mi- 
radas, que allí la situación se ha agravado hasta el colmo 
de la angustia, por el resultado de la batalla librada en 
Moquegua el día diez i nueve de enero del nuevo año mil 
ochocientos veinte i tres, en la cual el general español Val- 
dez destruyó completamente el ejército patriota de cuatro 
mil soldados, que mandaba el general peruano Al varado. 



1 62 ETAPA SEXTA 

Ese desastre hace ver á los enemigos del yugo colonial, 
la inminencia del peligro en que se halla el Perú, i los je- 
fes i oficiales de las tropas acantonadas cerca de Lima, dan 
voz de alarma al Congreso, i le piden nombre al eximio 
ciudadano Riva Agüero presidente de la República. El Con- 
greso vacila primero, pero luego accede i hace el nombramien- 
to pedido. 

El primer acto del nuevo presidente es enviar á Guaya- 
quil un comisionado que á nombre del Perú dé cumplida 
satisfacción á Bolívar por el desaire que había sufrido del an- 
terior gobierno en sus generosos ofrecimientos, i solicite de 
él los auxilios que antes había ofrecido 

Bolívar, en cuyo ánimo todo rencor se extinguía ante los 
reclamos del patriotismo, envía al instante cuatro mil solda- 
dados ; i pide al Congreso de Colombia permiso para ir al 
Perú á mandar el ejército. 

Rumores de discordia entre Venezuela i Nueva Granada 
llegan hasta Bolívar á mortificar su corazón i á exaltar su 
pensamiento : esquiveces de Caracas tienen á Bogotá ofendida. 
Pero el Libertador con la elocuencia que da á su estilo el 
conocimiento exacto de la situación política en Sur-América, 
escribe innúmeras cartas á sus amigos de ambas ciudades, 
i logra, al menos en aquellos momentos, disipar la hosca 
nube que se iba levantando en el horizonte. 

Nueva embajada del Perú viene á reclamar su presen- 
cia en aquella tierra donde el enfurecido español lucha for- 
midable i cruel ; pero tercera sublevación en Pasto le detiene 
otra vez en su ya deliberado propósito de marchar á com- 
batir en la tierra de los incas por la libertad americana. 

Reducidos á paz los altaneros pastusos con rudísimo cas- 
tigo, Bolívar va á Guayaquil para estar cerca del teatro de 
la guerra ; mas ¡o crueles i frecuentes contrariedades ! sabe 
allí que Morales, el feroz compañero del terrible Boves, que 
había reemplazado á La Torre en el mando del ejército rea- 
lista en Venezuela, por una habilísima estratagema, se había 
adueñado de la ciudad de Maracaibo, é invadido las provin- 
cias de Trujillo i de Mérida. Teme el Libertador que aquel 
atrevido movimiento tenga fatales resultados á la indepen- 



bolívar 163 

dencia de Colombia, i emprende activa marcha para Bogotá. 
Por fortuna para la causa de la independencia, á la cuarta 
jornacla recibe cartas de la capital colombiana en que se le 
anuncia que Morales ha tenido que retroceder á encerrarse en 
Maracaibo, i que allí tendrá que sucumbir dadas las disposiciones 
ordenadas para atacarlo. 

En Quito recibe Bolívar una tercera embajada del Perú, 
enviada ahora por su Congreso, i confiada á Olmedo, poeta 
eminente, i á Sánchez Carrión, patriota esclarecido por sus 
virtudes i por su talento. 

"El Congreso del Perú, dice Olmedo á Bolívar, nos en- 
vía á renovar á vuestra excelencia sus sentimientos de gra- 
titud, i para reiterar sus ardientes deseos de que vayáis á 
su suelo á poner pronto i glorioso término á los males de 
la guerra. Los enemigos de la independencia han ocupado 
la capital de la república : la devastación sigue por todas 
partes la marcha del engreído i sanguinario Canterac : todas 
las huellas de sus pasos quedan cubiertas de sangre i de 
cenizas. Id como vengador de la América : el Perú es nue- 
vo i vasto campo á vuestro patriotismo, á vuestro valor, á 
vuestras hazañas, á vuestra gloria." 

Bolívar i los comisionados marchan á Guayaquil, dónde 
el Libertador recibe del Congreso Colombiano el permiso que 
ha solicitado para ponerse en el Perú al frente del ejército 
republicano. No pierde tiempo alguno : todo lo alista infati- 
gable : se embarca en el bergantín Chimborazo i zarpa para 
el Callao el día siete de agosto del mil ochocientos veinte 
i tres, aniversario de la famosa batalla de Boyacá. 

Cuando llega el Libertador al Callao, observa que la 
anarquía más espantosa venía disolviendo las filas republica- 
nas en presencia de un enemigo fuerte por su número i vi- 
goroso por su soberbia. 

De aquel puerto había zarpado días antes una espedición 
al mando del general Santa Cruz para el Sur del Perú, al 
mismo tiempo que Canterac con ocho mil hombres marcha- 
ba sobre Lima. En la hora del conflicto, el Congreso i Ri- 
va Agüero nombran á Sucre general en jefe de las tropas ; 
i el experto capitán decide abandonar á Lima i venir á fi- 



164 ETAPA SEXTA 

jar sus tiendas al Callao. Canterac entró á Lima, sacó de 
la temerosa ciudad cuantiosos recursos, i marchó luego á com- 
batir á Santa Cruz. Dióse entonces Sucre á la vela con tres 
mil hombres para ir en auxilio de aquel jefe. El Congreso 
i Riva Agüero luchan entretanto desacordados : el Congreso 
depone de su empleo á Riva Agüero i se traslada á la ciu- 
dad de Trujlllo. Riva Agüero, por su parte, decreta la di- 
solución del Congreso i resuelve sostener su carácter de Jefe 
de la República. Torre Tagle convoca i reúne en Lima el 
Congreso que declara traidor á Riva Agüero. 

Qué caos ! El Libertador se ofrece de mediador eu aquel 
bochornoso conflicto, i el Congreso lo autoriza ampliamente 
para poner fin á tan triste situación de discordia al frente 
del común enemigo ; pero no obtiene resultado alguno con 
sus amistosas gestiones, i al fin marcha con cuatro mil hom- 
bres á someter á Riva Agüero. Preso este i sus principales 
secuaces i expatriados, surgen á poco dificultades semejantes 
con el nuevo jefe del Ejecurivo. El Callao se subleva i es 
entregado á los españoles, i Torre Tagle mismo va luego 
á incorporarse á los traidores. 

Abandonada Lima, ocúpanla nuevamente los realistas, 
cuyo ejército ha crecido ya hasta diez i ocho mil soldados: 
casi todos las provincias del Perú están ocupadas por las ar- 
mas españolas ; i lo que es más doloroso, la causa de la in- 
dependencia está desacreditada por los extravíos de sus pro- 
pios defensores. 

El Libertador va á establecer su cuartel general en Hua- 
machucho : ordena la fortificación de algunos pasos de los 
Andes i hace grande acopio de ganados i de granos para 
la alimentición del ejército que organiza con pasmosa cele- 
ridad. 

^ Como refrigerio á su atormentado espíritu llegan las no- 
ticias pue recibe de Bogotá sobre la sólida paz que impera 
en toda la gran República de Colombia. — Padilla, el gallar- 
do marino independiente, había triunfado de modo decisivo i 
glorioso el veinte i cuatro de julio del año anterior en un 
sangriento combate naval, librado en las aguas del gran lago 
de Maracaibo, donde quedaron aniquilados Jos últimos ene- 
migos de Venezuela. 



BOUVAR 165 

Fortuna grande es para Bolívar que aquella peligrosí- 
sima situación en que se halla al frente de la causa perua- 
na, venga á ser mejorada por las disenciones que surgen 
entre varios jefes realistas, tan profundas i ardientes que van 
hasta combatir en batalla campal unos con otros. A tanto 
desprecio había llegado en el ánimo de los jefes españoles, 
el poder i la fuerza de_ la República peruana, que no te- 
mieron sacar á la luz del escándalo la rencilla que los divi- 
día. I á la verdad, el estado de organización en que se 
hallaba el ejército patriota, no permitió á Bolívar aprove- 
charse, como era natural, de aquellas disenciones en el campo 
enemigo. . 

El quince de junio del año mil ochocientos veinte i 
cuatro, tramonta Bolívar la cordillera por diferentes pasos ; 
avanza hasta Huanuco por la vía de Olleros ; i va á Pasco. 
Allí ordena definitivamente la hueste patriota : nombra gene- 
ral en jefe á Sucre, i jefe de Estado Mayor General á Santa 
Cruz. — Córdova, La Mar i Eara mandan respectivamente la 
primera, la segunda i la tercera división del ejército. — Car- 
vajal es el jefe de la caballería colombiana, i Miller lo es de 
la peruana. Correa manda las guerrillas. El Libertador pasa 
revista á siete mil setecientos combatientes. Las guerrillas 
alcanzan á mil quinientos. — Bolívar ha comunicado su admi- 
rable entusiasmo al ejército que le sigue i le aclama deseoso 
de librar la primera batalla. 

La fuerza libertadora emprende sus operaciones el día 
dos de agosto, al mismo tiempo que el campo español deja 
sus acantonamientos de Jauja i Tarma para buscar las falan- 
ges patriotas. Mientras el ejército realista marcha al norte 
por el camino de Reyes, el independiente marcha al Sur 
por la dereeha del río Jauja. En la segunda jornada de las 
tropas libertadoras sabe Bolívar el camino que lleva su ene- 
migo, i ordena continuar la marcha con el mismo rumbo para 
caerle por la espalda, ó interponérsele en caso que quisiera 
contramarcha r. El día seis llega Bolívar al sitio de Cano- 
caucha, donde se le informa que todas las fuerzas españolas, 
compuestas de ocho batallones, nueve escuadrones i nueve 
piezas de artillería de campaña, al mando del general Can- 
terac se halla en Carhuamayo. Bolívar dispone entonces ha- 



I 66 ETAPA SEXTA 

cer una marcha directa i forzada á Reyes, donde los enemigos 
deben tocar al retroceder, i se promete celebrar allí el ani- 
versario de Boyacá con una nueva victoria qne dé libertad 
i paz al Perú. Supuesto que los españoles han salido á bus- 
carlo, es evidente que no excusarán dar una batalla. 

Aunque la marcha del ejército patriota se precipita ex- 
traordinariamente, queda burlada la esperanza del Libertador 
i de su entusiasta ejército, porque al llegar las primeras avan- 
zadas con Bolívar á la altura que domina la pampa de Ju- 
nín, que se extiende al sur de la laguna de Reyes, ya el 
ejército de Cauterac ha atravesado la llanura, i apenas se ve 
la retaguardia de los infantes cubierta por numerosos i orde- 
nados escuadrones, que siguen rápidamente la marcha para 
Tarma. La impaciencia hace explosión en el ánimo del Li- 
bertador : su infantería está aún á dos leguas de distancia 
i son ya las cinco de la tarde : sólo piensa en detener la 
marcha del enemigo arrojando sobre su retaguardia siete es- 
cuadrones de caballería al mando del valiente argentino Ne- 
cochea, los cuales parten al trote hasta llegar á la limpia 
pampa. Obligado Canterac á rechazar aquel ataque para no 
desordenar su retirada, i confiado al mismo tiempo en la su- 
perioridad de su caballería, forma con ella tres cuerpos i con 
una brillante maniobra carga al galope la replublicana por el fi en- 
te i por el flanco izquierdo. Dos escuadrones solamente puede 
Necochea formar en batalla para recibir la carga realista : 
al resto de la caballería independiente, que marcha todavía 
en columna entre un cerro i un pantano, no le es dado des- 
plegarse. La caballería patriota espera sinembargo á pie firme 
aquella huracanada embestida, i el choque que se sucede es 
espantoso : ambas huestes empiezan á acuchillarse sin mise- 
ricordia Necochea, bañado en su propia sangre se arroja 
impetuoso sobre los enemigos : Lucas Carbajal, el bravo jefe 
de la caballería colombiana, derriba furioso con su terrible 
lanza á cuantos se ponen á su alcance : Miller, el jefe de la 
caballería peruana, con habilidad i denuedo, flanquea el eue- 
migo i divide el impulso de su acometida. Varios escuadrones 
patriotas son arrollados i desordenados ; pero el valeroso vene- 
zolano Laurencio Silva, empinándose sobre la confusión de 
los suyos, los junta i ordena de nuevo, vuelven cara á los 
escuadrones españoles que los rodean, i luchan con ellos ira- 



bolívar 167 

cundos hasta que logran rechazarlos. El capitán Catnacaro, 
con la compañía que manda de los Húsares de Colombia, cae 
por la espalda á los escuadrones enemigos i siembra en ellos 
la confusión i el pánico. La caballería realista empieza á 
desordenarse ante aquella briosa resistencia : la seguridad del 
triunfo que al principio les dio indómito coraje, trocase en 
la descofianza de lograrlo que les infunde miedo. Apeuas 
los patriotas notan esa vacilación en su enemigo, cárganlo 
con mayor impetuosidad ; i pronto los escuadrones españoles, 
dispersos sobre la inmensa pampa, son lanceados por los pa- 
triotas i perseguidos hasta las mismas masas de su infantería, 
que espera inactiva el término de aquel duelo gigantesco de 
centauros armados. 

Cuatrocientos caballos ensillados, sin ginetes, de los es- 
cuadrones españoles galopan asustados por aquel campo, i 
muertos ó heridos yacen sobre el césped de la llanura los 
que fueron sus dueños en el combate. Cuarenta i cinco muer- 
tos i noventa i nueve heridos están también tendidos allí de 
los ginetes republicanos. El admirable jefe de ellos, Neco- 
chea, sangra postrado por siete heridas que en su cuerpo 
abrieron las lanzas i los sables enemigos. 

El cansancio del ejército patriota, la noche que llega i 
los difíciles caminos, hacen imposible la persecución de la 
hueste realista, que se retira con asombro de aquel sangriento 
campo de Juuín, donde nuevo laurel conquista la causa de 
la independencia americana. 

Canterac i su ejército continúan en precipitada retirada 
hacia las provincias del Sur. — Bolívar i el ejército libertador 
ocupan el fértil valle del Jauja. El día trece está en Huan- 
cayo : el veinte i ocho en Huamanga. 

Los españoles han pasado el Apurimac i destruido todos 
los puentes, excepto el de Ocopa. Es verdad que sufre pér- 
didas en su precipitada marcha ; pero las repone al instante 
con los reclutas i bagaje 5 ? que de antemano tiene preparados 
en el camino de su retirada ; i como cada vez se acerca más 
á su centro de operaciones, se hace más formidable á pro- 
porción que sobre él marcha. 

Sucre con el ejército avanza hasta Chilhuanca, mientras 



1 68 ETAPA SEXTA 

Bolívar con su Estado Mayor recorre la provincia de Apu- 
rimac, arrostrando las dificultades que le ofrece el tiempo 
lluvioso de aquella época. 

Durante esas exploraciones recibe Bolívar noticias de 
haber realizado el gobierno del Perú, un empréstito en Lon- 
dres i que á su disposición estaban tres millones de pesos para 
los gastos de la campaña. Avisábasele al mismo tiempo la 
marcha de un nuevo cuerpo de ejército pedido en auxilio 
al gobierno de Colombia. 

Por estas circunstancias resuelve el Libertador marchar á 
la costa, dejando el mando del ejército á Sucre, admirable 
capitán, de conocimientos técnicos en el arte militar ; de 
carácter bondadoso pero digno ; de valor sereno, sin las arro- 
gancias del ensimismamiento ; activo sin precipitación ; inte- 
ligente sin vanidad, i de honradez incontrastable. 

Queda en hábiles manos la espada directora de aquella 
trascendental campaña. 

El siete de octubre parte Bolívar de Sañaico i llega el 
diez á Andahuailas : sigue por Huamanga i Huaucavelica i 
entra á Huancayo el veinte i cuatro. 

En esta aldea recibe correspondencia de Bogotá que hiere 
su espíritu con envenenados dardos. La vil intriga teje allá 
falaz sus malhadadas redes para aprisionar odios i amasarlos 
contra él. Desentraña con espanto i tristeza el espíritu malé- 
volo que encierra una lei i un decreto dictados por el Con- 
greso Colombiano, i piensa por un momento abandonar el 
mando de aquel ejército que le es tan querido. 

Pocos días después, la voz de ese mismo ejército que 
le aclama cariñoso, descarga su corazón del acíbar que le ser- 
vía de cruel tósigo. 

Un doloroso desastre en las filas republicanas le lanza 
de nuevo en su vertiginosa actividad. El coronel Luis Ur- 
daneta, á quien se había enviado á formar una división en 
el departamento de Trujillo con la cual se estrecharía el 
sitio del Callao, logró reunir hasta mil quinientos hombres 
i con ellos marchó á Lima, i el día tres de noviembre, á 
tiempo que desfilaba por el camino de aquel puerto, un es- 



bolívar 169 

cuadrón de caballería enemiga, que esperaba emboscado, cayó 
de improviso sobre la división republicana, la desordenó pro- 
fundamente, i como no pudo su jefe, por más esfuerzos que 
hizo, restablecer en ella la necesaria formación, porque era 
gente inexperta en los azares de la guerra, los españoles 
hicieron gran matanza en aquellas turbas dispersas, i la de- 
rrota fue completa i vergonzosa. 

El día cinco, cuando el Libertador llega á Changai, tiene 
noticia del inesperado i mortificante descalabro ; i á poco, Ur- 
daneta con los restos de su fuerza, llega á aquel pueblo de- 
sesperado i rabioso. Allí Bolívar i el pundonoroso derrotado 
se dan á la tarea de crear lo perdido i de reorganizar la 
división, lo que tienen satisfactoriamente logrado para los 
primeros días de diciembre. 

Esta división i mil soldados más colombianos recien lle- 
gados á Lima de Guayaquil, son destinados por el Liberta- 
dor á estrechar el sitio puesto al inabordable Callao, donde 
tremola orgulloso el pabellón de España. 

J De noche pasa Bolívar por Lima acompañado de uua pe- 
queña escolta i sigue á recorrer los alrededores del Callao, 
cuyo cerco tiene confiado al activo i vigilante Salom. Regre- 
sa pocas horas después á la bella capital del Perú, donde 
ya se sabía de su paso, i muchedumbre entusiasta llena las 
calles, poco antes solitarias i sombrías ; i vivas estrepitosos, 
gritos de alegría, repique general de campanas, anuncian 
que el héroe americano está allí al amparo de sus muros. 

Bolívar en Lima se entrega á la ímproba pero necesa- 
ria labor de organizar el gobierno del Perú. Desvélase por 
restablecer la regularidad de la administración pública en 
todos sus ramos ; i á ello consagra asiduo los afanes de su 
talento prodigioso i de su enérgica actividad. 

A la mitad de la noche del día nueve de diciembre, 
solo en uno de los salones de su palacio, desvelado por mil 
graves pensamientos, se pasea de uno á otro extremo como 
buscando fatiga corporal que lo rinda al sueño reparador. 

De improviso Eroclea i Colombia sonreídas se hacen vi- 
sibles á su lado. 



170 ETAPA SEXTA 

— ¡ Victoria ! le dice una imprimiéndole tui beso en la 
frente. 

— ¡ Victoria espléndida ! dice la otra con nuevo i amorosí- 
simo beso. 

— La causa de América ha triunfado definitiva i gloriosa- 
mente en el campo de Ayacucho. dice Eroclea. 

-—¿Qué me anunciáis, amadas de mi alma ? decidme cuan- 
to sepáis, exclama Bolívar enagenado. 

— Hace más de tres semanas que yo i tu hija, dice Ero- 
clea, seguimos el gallardo ejército que dejaste al mando del 
egregio Sucre. Sus tres divisiones acampadas en Talavera, 
San Gerónimo i Andahuailas permanecieron inactivas hasta el 
diez i nueve de noviembre en que Sucre supo que el mayor 
número de los cuerpos enemigos marchaban á Huamanga, i 
dispuso la salida del ejército á buscarlos. El diez i nueve 
sus avanzadas se batieron en el puente de Pampas con un 
cuerpo enemigo, i el veinte, al llegar á Uripa, se divisaron 
tropas españolas en las alturas de Bombón. Una compañía 
de Húsares de Colombia, i la primera del batallón Rifles, al 
mando del coronel Silva, fueron destinados al reconocimiento 
de aquellas fuerzas. 

Eran tres compañías de cazadores que al punto fueron 
desalojadas de aquellas alturas i obligadas á repasar el río 
Pampas, donde estaba todo el ejército real, el cual, habién- 
dose situado á espaldas del republicano, le dejó cortadas 
sus comunicaciones. 

Era difícil pasar el río, é imposible hacerlo forzando las 
posiciones enemigas, por lo qne el ejército patriota quedó en 
Uripa, frente al de los españoles, que estaba en Concepción, 
uno á vista del otro, los días veinte i uno, veinte i dos i 
veinte i tres, sin que cesaran las avanzadas de tirotearse fre- 
cuentemente. 

El veinte i cuatro los españoles levantaron su campo en 
marcha hacia Vilcos-Huaman, i el ejército de Sucre vino so- 
bre las alturas de Bombón, donde permaneció hasta el treinta, 
en que Sucre supo que los enemigos venían á la derecha del 
Pampas, por Uchubambas, á flanquearle, i dispuso pasar á la 



bolívar 171 

izquierda del río para tener descubierta i protegida su reti- 
rada. 

Los españoles al apercibirse de este movimiento repasaron 
rápidamente el Pampas. 

Los cuerpos republicanos acababan de llegar á Matará en 
la mañana del dos de diciembre, cuando el español se avistó 
sobre las alturas. Sucre, prescindiendo de la mala posición 
que ocupaba su ejército, presentó batalla al enemigo ; pero 
este la esquivó situándose en unas breñas no sólo inatacables, 
sino inaccesibles. 

El día tres hizo el enemigo un movimiento que indicaba 
disponerse al combate, i se le presentó nuevamente la bata- 
lla ; pero dirigiéndose sobre las inmensas alturas que tenía 
Sucre á su derecha, este temió que se pensase de nuevo en 
cortarle el camino de su retirada, lo que, ocupando aquel 
mal sitio, desprovisto de todo recurso, no era prudente tole- 
rar. Así, pues, Sucre ordenó continuar á todo trance la 
marcha hasta la aldea de Cangallo á la izquierda del 
Pampas. 

Para ejecutar esa marcha era necesario atravesar la di- 
fícil quebrada de Corpaguaico, que desagua en el río Pam- 
pas, antes de que llegase á ella algún cuerpo del ejército 
enemigo. La infantería de vanguardia al mando del general 
Córdova la pasó sin novedad alguna : de igual suerte lo hizo 
la infantería del centro que mandaba el general La Mar ; 
pero cuando iban á efectuarlo los batallones Vargas, Vence- 
do* i Rifles, que cubrían la retaguardia al mando del gene- 
ral Lara, fueron violentamente atacados por varios batallones 
i escuadrones realistas que llegaron á impedir el paso de dicha 
quebrada. Vargas i Vencedor se abrieron camino con sus armas 
cargándose á la derecha. Rifles tuvo que sufrir en posición suma- 
mente desventajosa, el choque de todas las fuerzas enemigas 
i de su artillería ; pero desplegada por este gloriosísimo 
cuerpo del ejército colombiano, su incontrastable intrepidez, 
pudo salvarse i pasar la terrible quebrada. La caballería re- 
publicana al mando del general Miller pasó por Chonta pro- 
tegida por los fuegos Vargas, aunque mui hostigada por la 
infantería enemiga. 



172 ETAPA SEXTA 

Más de trescientos hombres perdió allí el . ejército liberta- 
dor, gran parte de su parque i una de las piezas de artille- 
ría que llevaba. 

El día cuatro los enemigos engreídos por esa ventaja del 
día anterior, destacaron cinco batallones i seis escuadrones 
por las alturas á la izquierda de los patriotas, á descabezar 
la quebrada con ánimo, al parecer, de librar el ansiado combate; 
i aunque la barranca de Corpahuaico permitía una fuerte de- 
fensa, como el ejército deseaba á cualquier riesgo aventurar la 
batalla, dispuso Sucre abandonar la barranca é ir á acampar 
en medio de la gran llanura de Cangallo. 

Los españoles, después de subir la barranca marcharon ve- 
lozmente á los enormes cerros que quedaban á la derecha del 
campo independiente, dando con esta operación testimonio evi- 
dente de que solo querían maniobrar sin combatir. 

Descubierto tal propósito Sucre ordena en la noche del 
día cuatro la marcha de su ejército á la aldea de Guaichao, 
i el cíucd en la tarde se continuó la marcha hasta Acos-Vin- 
chos; llegando los enemigos á Tambillo á la vista de los re- 
publicanos. 

El seis llega Sucre i su ejército al pueblo de Quinúa. 
Los españoles ejecutando una fuerte marcha por su derecha, 
vinieron á colocarse á la espalda del ejército republicano en 
las formidables alturas de Pacaicasa: el siete siguieron por la 
impenetrable quebrada de Huamanguilla, i en la tarde del ocho 
tomaron posiciones en las alturas del Cundurcunca, á tiro de 
cañón del campamento patriota, que había estado en reposo 
los dos últimos días observando las evoluciones del ene- 
migo. 

Esa misma tarde del día ocho, disparos de artillería se cam- 
biaron de uno á otro campo; i algunas guerrillas que bajaron 
se batieron con otras que fueron á recibirlas. 

La aurora del día nueve de diciembre del año mil ocho- 
cientos veinte i cuatro, iluminó gloriosa aquellos dos ejércitos 
que se disponían á decidir por la suerte de las armas los desti- 
nos del Perú i de la América. 

La línea republicana se quebraba formando un ángulo; á 



bolívar 173 

su derecha estaban los batallones Bogotá, Voltigeaos, Pichin- 
cha i Caracas, que mandaba el intrépido Córdova; al centro los 
Granaderos i Húsares de Colombia al mando de Miller; i á la 
izquierda, los batallones primero, segundo i tercero de la Legión 
peruana al mando de La Mar. Los batallones Rifles, Vence- 
dor i Vargas, al mando de Lara, formaban la reserva. 

Aunque el campo republicano estaba dominado por el cam- 
po realista, tenía defendidos sus dos flancos por unos profun- 
dos barrancos; i por su frente, la caballería enemiga no podía 
maniobrar con la amplitud que esta arma necesita. 

Al recorrer el gran Sucre aquellos valientes cuerpos, yo i 
Colombia le acompañábamos invisibles, llenas de noble i justa 
satisfacción, i le inspirábamos á todos el mayor entusiasmo i 
el más arrogante orgullo marcial. 

Vivas á la patria i á tu nombre resuenan eu el campo 
patriota, en oposición á los que da á España el enemigo em- 
briagado de vanidad. ' 

La mayor parte de la mañana se empleó eu fuegos de ar- 
tillería i de cazadores. 

A las diez, Sucre recorría la línea de sus tiradores, i ob- 
servando que los enemigos situaban al pié de la altura cinco 
cañones al mismo tiempo que se arreglaban para cargar las 
diversas masas de su ejército, dio la orden de forzar la posi- 
ción en que colocaban su artillería, i esta fue la señal de dar 
principio á la batalla. 

Las columnas españolas descendieron velozmente la amplia 
cuesta como derrumbe desprendido de lo alto de la montaña. 
La izquierda republicana fue atacada con rudeza extrema por 
los batallones Cantabria, Centro, Castro i Primer Imperial, por 
dos escuadrones de húsares i seis cañones. 

Por el centro bajaban los batallones Bmgos, Infante, Vic- 
aria, Guías i Segundo del Primer Regimiento, apoyados con tres 
escuadrones de La Unión, el de San Carlos, los cuatro de los 
Granaderos de la Guardia, i las cinco piezas de ariillería ya 
situadas que dieron origen al comienzo del combate. 

De la altura de la izquierda descendían los batallones Pri- 
mero i Segundo de Geron , Segundo Imperial, Primo o del Pri- 



174 



KTAPA SEXTA 



mer Regimiento, Femandinos i el escuadrón Alabarderos de 
Reí. 

Viendo Sucre que el ataque por el centro tardaba en for- 
malizarse, mientras que su izquierda sufría una furiosa carga, 
ordena que Córdova ataque rápidamente con los cuerpos de su 
mando por aquella parte. Este bravo general ordena al punto 
á los suyos armas á discresión i paso de vencedores, i marcha so- 
bre el enemigo sin disparar, hasta cien varas distantes de sus 
columnas. Cargado entonces por los ocho escuadrones del cen- 
tro español que acudieron á defender su ala derecha, Córdova 
hace sobre ellos nutrido i mortífero fuego, al mismo tiempo 
que la soberbia caballería patriota los acomete, los repele, los 
dispersa i los despedaza. Córdova i sus infantes continúan 
inalterables su terrible carga i todo plega ó cae ante ella. 




¿¿rX?¡T7~- 



bolívar 175 

Entretanto los enemigos, penetrando en nuestro campo 
amenazaban la derecha del general La Mar i se interponían 
entre este i el general Córdova; pero el batallón Vargas los 
ataca de frente al mismo tiempo que los Húsares de Jíinín los 
cargan por los flancos i los disuelven. 

Los tres batallones de la Legión peruana i el Vencedor 
marchan audazmente sobre los otros cuerpos de la derecha 
enemiga que juntos, detrás de la barranca, presentan nuevas 
resistencias; pero reunidas todas las fuerzas de la izquierda 
patriota, atacan con admirable denuedo las del euemigo que 
al fin se declaran en completa derrota. 

Mientras Córdova con sus valientes trepa la formidable 
altura del Cundurcunca, donde cae herido i prisionero el virrei 
La Serna ; La Mar, pasada la quebrada de su flanco, persi- 
gue al enemigo ; i Lara, por el centro, asegura el glorioso 
triunfo. 

Viene después con La Mar el general Canterac á pedir 
á Sucre una capitulación ; i aunque la posición infeliz del 
enemigo podía reducirlo á sufrir una entrega á discreción 
del vencedor, creyó Sucre digno de la generosidad americana 
conceder algunos honores á los rendidos, que durante ca- 
torce años habían luchado victoriosos en el Perú. 

Sobre aquel campo de batalla se están ajustando ahora 
los términos de esa capitulación, por la cual será entregado 
todo el territorio del Perú ocupado por las armas españolas. 

Mil ochocientos cadáveres i setecientos heridos del ejér- 
cito español ; i trescientos diez muertos i seiscientos nueve 
heridos del ejército republicano, yacen tendidos en el campo 
de Ayacucho. 

Están en poder del ejército libertador los generales Can- 
terac, Valdéz, Carratalá, Mouet, Villalobos, Bedoya, Terráz, 
Camba, Somecurcio, Cacho, Laudqzuri, Vigil, Pardo i Tur, 
ochenta i cuatro coroneles, cuatrocientos cuareuta i cuatro ofi- 
ciales, más de dos mil soldados ; i cantidad inmensa de fusi- 
les i de municiones. 

Nueve mil hombres era el ejército español ; seis mil, el 
republicano. 



1 7 6 



ETAPA SKXTA 



Los españoles mismos han admirado el orden i la sangre 
fría del ejército patriota en su retirada desde Cusco hasta 
Huamanga ; i su intrepidez incontrastable en el campo de 
batalla. 

La independencia del Perú i la paz de América se han 
firmado hoi en el campo de Ayacucho. 

— ¡ Dios mío ! ¡ Cuan grande felicidad me das, exclama 
Bolívar, porque he podido ver cumplida la obra á que he 
consagrado todo el poder de mi amor i de mi voluntad! 
Eroclea, divina esposa mía ; Colombia, hija idolatrada, es esa 
la victoria más gloriosa de cuantas han obtenido las armas 
independientes en el Nuevo Mundo. Ayacucho, semejante 
al Chimborazo, levanta su cabeza erguida sobre todos nues- 
tros triunfos. 




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¿.C/AlCj. ; 



ET/ÍP^ jSEPJFIM^T 



SANTA MARTA 



Ha trascurrido eu el tiempo una olimpiada'. Son 
las doce de la noche del día veinte i cinco de se- 
tiembre del año mil ochocientos veinte i ocho. I,a 
luna llena brilla espléndida en un cielo sin' nubes. 



178 ETAPA SÉPTIMA 

Bolívar duerme en su palacio de Bogotá. Eroclea i Co- 
lombia, visibles, le despiertan i le obligan á que se descuel- 
gue por una ventana de su dormitorio que da á la calle, i 
huya con ellas. Caminan apresuradamente basta una ligera 
eminencia i allí reposan. 

— Decidme, qué va á suceder? pregunta Bolívar á sus 
acompañantes. 

— Contra tí, le dice Eroclea, estalla en este momento una 
horrible conjuración. Tu palacio va á ser asaltado por tus 
enemigos que te buscan para asesinarte. 

— Para asesinarme ! exclama Bolívar asombrado. ¿I así 
se olvidan mis compatriotas de mis servicios, cualquiera que 
sea el tamaño de mis errores ? 

— Sí, dice Eroclea : las pasiones enardecidas no racioci- 
nan. Ah ! Recuerda ahora las palabras de Sofía en el Ori- 
noco : "Si algún día aceptas de nuevo la dictadura, se mar- 
chitarán en tu amada Eroclea las rosas de sus mejillas, i se 
apagará la luz avasalladora de sus miradas." Vé cuan pá- 
lida i triste estoi : yo i nuestra hija vivimos en continua 
zozobra. 

Bolívar, pensativo, oye á Eroclea, quien continúa ani- 
mada hablando así : 

— Muchas veces te he advertido que Diconoa se está 
aprovechando de la índole perversa de algunos de tus compa- 
ñeros para perderte. Acuérdate ! El veinte i tres de enero 
del año mil ochocientos veinte i seis, capituló en el Callao 
él español Rodil, después de haber resistido más de un año 
con heroica tenacidad el estrecho sitio que le pusiste al man- 
do del incansable é íntegro Salóm : aquel era el último ba- 
luarte de España en América. — Tu grande obra está 5 7 a con- 
cluida, te dije aquel día: abandona las riendas del mando 
que ya empiezan á ser odiosas eu tus manos, i vamos á 
vivir apartados de las vanas pompas i de las amargas intri- 
gas del mundo, en la dulce soledad del bosque de laureles 
que has plantado. — Quisiste seguir mis consejos ; pero algo 
más fuerte que mi voz te detuvo. Malas pasiones se encien- 
den en el pecho de quienes gobiernan la gran república des- 



bolívar 179 

de Bogotá : celos, desconfianzas, envidias, soplan venenoso 
aliento en el alma de los magistrados. Se acusa á Páez en 
el Senado, i se le suspende de su empleo en Venezuela. Dis- 
turbios en Valencia, que se propagan sobre todo el inmenso 
departamento, son las primeras convulsiones de la anarquía, 
que luego desatará al viento todos los alaridos de su locura 
i todas las f uei zas de sus palpitantes músculos. El grito de 
reformas se hace clamor popular en Venezuela, i como eco 
de clarín en la montaña, repercute en Guayaquil i en 
Quito. 

En agosto del año mil ochocientos veinte i cinco las pro- 
vincias del Alto Perú constituyen la nueva república que lle- 
va tu nombre, i esta te pide, como pide la hija á su padre, ideas 
para su definitiva constitución política. El código que le das 
es mal recibido : Diconoa lo lleva entre sus manos abierto á 
todos los ojos que se deslumhran con tu gloria. 

Te han tentado tus principales tenientes, llenos de pa- 
vor al divisar la lejana polvareda que levanta el ciclón de la 
anarquía, te han tentado con la corona, que hubiera inun- 
dado mi alma de eterna tristeza. ¡Qué feliz fui cuando te 
oí exclamar entonces con la sublime arrogancia que admira- 
rán loa siglos: "Yo no soi Napoleón, ni quiero serlo ; tam- 
poco quiero imitar á César : tales ejemplos son indignos de 
mi gloria ; el título de Libertador es superior á todos los 
que ha recibido el orgullo humano." 

El día cuatro de setiembre de mil ochocientos veinte 
i seis abandonas por fin la encantadora ciudad de Lima, i 
el cuatro de noviembre llegas á~ Bogotá i te haces cargo de 
la presidencia de la gran república suramericana. 

Los disturbios de Venezuela te llaman á Caracas, i en el 
mes de diciembre marchas, camino de tu ciudad natal, por 
la vuelta de Maracaibo. Desde esta brillante hija del gran 
lago, invitas á los venezolanos á suspender los enojos que 
los dividen i perturban la tranquilidad de la patria ; i el úl- 
timo día de ese año arribas á las mansas aguas de Puerto- 
Cabello, decretas solemne amnistía por los trastornos ocurri- 
dos, i reconoces en Páez el título i la autoridad de Jefe Ci- 
vil i Militar de Venezuela. Con él entras á Caracas el diez 



18o ETAPA SÉPTIMA 

de enero del año mil ochocientos veinte i siete en medio de 
gigantesca ovación. 

Pero el triunfo de Páez era la derrota moral de San- 
tander, i Diconoa se hace la consejera de este para activar el 
fermento de sus pasiones. El día quince de febrero el ge- 
neral Gómez i muchos militares, en una exposición dirigida 
al Gobierno en Bogotá, estampan estas frases: "el pueblo no 
querrá un gobierno cuyas funciones se ejerzan por un indi- 
viduo á perpetuidad, ó se hereden por sucesión !" Pretestan- 
do iguales principios, Bustamante se subleva el veinte i seis 
de enero en Lima con la tercera división colombiana auxi- 
liar ; i Santander celebra aquel delito como una victoria. 
Acuérdate: yo te hice ver la tormenta que se condensaba 
para perderte : tú me oiste, i desde Caracas enviaste al Con- 
greso aquel mensaje glorioso : — "Las sospechas de una usur- 
pación tiránica, dijiste en él, rodean mi cabeza i turban los 
corazones colombianos. Los republicanos celosos no saben 
considerarme sin un secreto espanto, porque la historia les 
dice que todos mis semejantes han bido ambiciosos. En vano 
el ejemplo de Washington quiere defenderme : una ó pocas 
excepciones nada pueden contra toda la vida del mundo opri- 
mido por los poderosos. Con tales sentimientos renuncio una 
i mil veces la Presidencia de la República. El Congreso i 
el pueblo deben ver esta renuncia como irrevocable." — Acuér- 
date : un amorosísimo beso imprimieron mis labios sobre tu 
frente cuando firmaste esa renuncia. 

En el quinto Congreso, instalado el dos de mayo, se 
da cuenta de esa expresión sincera de tu alma : cincuenta vo- 
tos niegan la aceptación de tu renuncia : veinte i cuatro la 
aceptan. 

La anarquía cunde en Quito i Guayaquil. La repúbli- 
ca de Bolivia se constituye i nombra á Sucre presidente vi- 
talicio. El Perú adopta la constitución boliviana i te nom- 
bra también presidente vitalicio ; pero á peco, Santa Cruz reúne 
en Lima un Congreso constituyente que declara nula la consti- 
tución boliviana i vigente la de rail ochocientos veinte i tres, 
i nombra á La Mar presidente de la República, quien, como 



bolívar 181 

primer acto de su gobierno, sitúa tropas en las fronteras del 
Ecuador i de Bolivia. 

Para reorganizar la gran república convocas la convención de 
Ocafía ; i en la elección de sus miembros triunfan tus enemigos. 

El nueve de abril de mil ochocientos veinte i ocho, se 
instala la convención con escaso número de miembros, i anun- 
cia á los pueblos de la república su reunión con estas pa- 
labras que hirieron mi alma : — "Vuestro primer magistrado pro- 
clamó á la faz del mundo que la gran Convención era el 
grito de Colombia. Convocada por el Congreso, todos han 
aplaudido su llamamiento i vosotros habéis hecho elecciones de 
vuestra voluntad. Ninguna especie de coacción ha impe- 
dido el pronunciamiento de la opinión nacional. Los 
grandes hombres, dignos de eterna memoria, que echaron los 
primeros fundamentos de la libertad ; tantos ciudadanos ge- 
nerosos que rindieron la vida en el campo del honor ; un cre- 
cido número de patriotas virtuosos sacrificados en los patíbu- 
los: todos ellos no se inmolaron sino á la Patria, para legar- 
nos sus heroicos hechos como otros tantos títulos al establecimien- 
to de un gobierno que por su bondad fuese equivalente á tan 
inmensos sacrificios. L,a gran república suramericana, apenas 
naciente, tuvo una alta reputación debida á sus instituciones 
i á su marcha firme i magestuosa : era alto honor ser colom- 
biano ; pero sucesos desgraciados han eclipsado este nombre i 
obscurecido su fama : tristes i malhadados acontecimientos han 
abierto heridas al crédito nacional i turbado el orden. En el 
templo de la Patria no deben levantarse altares sino abrirse 
sepulcros á la discordia."- 

Eran aquellas voces el rugido lejano del desencadenado 
huracán. En el barómetro de tus glorias yo veía con horror 
descender la brillante columna. 

Sabes entonces que un motín militar en Chuquisaca ha 
roto un brazo al héroe de Ayacucho, i esta sangrienta noti- 
cia innunda de amargura tu corazón. 

Ea convención de Ocaña, presa de los furores de la más 
terrible anarquía, desaparece con ignominia ; i vienen ¡ai! como 
remedio á esra derrota, las tristes actas de pronunciamientos 



I 82 ETAPA SÉPTIMA 

para tu funesta dictadura, suscritas por los mismos que aca- 
baban de pedirte que convocases la Convención. Tú no oiste 
á tus aduladores ; tú bien sabías los móviles que los llevaban 
por el camino de tu deificación ; pero oiste á tu orgullo que 
quería conservar la obra de esta gran república, que se desha- 
ce en sus mal soldados fragmentos : «oiste á tu orgullo i no 
quisiste aparecer cobarde ante el último conflicto. — 

En este instante el trueno del cañón i descargas de fusi- 
lería estallan en la ciudad i despiertan con susto á todos sus 
moradores. Gritos de muerte contra -Bolívar se oyen en el re- 
cinto mismo de su palacio. 

— Hé ahí, dice Eroclea, los amarguísimos frutos de la dicta- 
dura. Por mis mejillas pálidas i por mis ojos tristes, te suplico 
que huyamos de este monstruo. ¿Quién puede llamar cobarde á 
quien, como tú, ha combatido durante cuatro lustros sin tregua, 
ni descauso ? ¡Que no se anide jamás en tu corazón el odio vulgar! 
Huye conmigo i con tu hija á vivir, retirados del mundo, tus últi- 
mos días : serás bendecido por todos los hombres. No quieras 
que caigan sobre tu gloria manchas que afeen su deslumbra- 
dor brillo. 

*** 

Trascurren dos años tristes después de esta tristísima 
noche. 

Esa. hermosa casa de campo rodeada de altos árboles es 
la quinta llamada de San Pedro Alejandrino, en las cercanías 
de Santa Marta. 

Es el diez de diciembre del año mil ochocientos treinta. 

En una de las salas de esa quinta está Bolívar sentado 
en ancho sillón, flaco, de amarillenta tez, ojos hundidos, la- 
bios blancos i con fatigosa respiración. A su lado están Ero- 
clea i Colombia. 

El Libertador habla como consigo mismo, con pausas 
prolongadas al fin de cada período del destrabado dis- 
curso. 

— "¡Maldita dictadura! ¡Sí, maldita mil veces! ¡Qué 
débil fui al aceptarla ! Olvidé por miserable orgullo los con- 



bolívar 183 

sejos de Sofía : desdeñé torpe i soberbio tus súplicas, Eroclea. 
¡ I cómo fui más débil todavía al oir los perniciosos conse- 
jos de los que ?e llamaban mis amigos, después de aquella 
noche terrible del veinte i cinco de setiembre ! — ¡ Qué horri- 
bles i dolorosos aquellos fusilamientos de Bogotá ! — ¡ Cómo ro- 
daba yo por una pendiente resbaladiza sin que me fuera dado 
subir de nuevo á la cumbre ! — ¡ La guerra civil ! ¡ La gue- 
rra civil ! ¡ Qué escándalo de América en el Mundo ! ¡ Qué 
vergüenza para los libertadores ! ¡ Qué oprobio para la Pa- 




184 ETAPA SÉPTIMA 

tria ! Pero La Mar ha sido culpable de la sangre hermana 
derramada en Tarqui. — Córdova, el gallardo adalid de Pi- 
chincha i de Ayacucho, cuan tristemente muere á los disparos 
de nuestros' fusiles ! — ¡ I tú, virtuoso Sucre, cómo caíste 
atravesado de inicuas balas sobre el fango del camino en la 
sombría . montaña de Berruecos ! ¡ Cómo dormiste el último 
sueño, solo, abandonado, una noche entera, en aquel lecho 
inmundo, vencedor egregio de Ayacucho ! — ¡ Qué urdimbre 
diabólica aquella que se tramaba para mi coronación ! ¡¡ Yo 
reiü ¡¡Locura espantosa!! Pero Venezuela ha sido cruel, 
mui cruel conmigo : ha visto en mí el origen de todos los 
males, i dice que tiembla todavía al considerar el riesgo que 
corrió de haber sido para siempre mi patrimonio ; i teme de 
mí mientras permanezca en territorio colombiano. He debido, 
sin duda, haber cometido gravísimas faltas para merecer este 
castigo infernal. — Quise traspasar los límites señalados á mi 
misión en el mundo, i caí en el escabroso terreno que aún 
no ha allanado la lima de los tiempos. Pero la independen- 
cia de América se ha logrado. " 

—I perdurará, Bolívar, dice Eroclea ; i tu nombre como 
Libertador de la Patria, será inmortal i venerado por todas 
las generaciones venideras. 

— Sí, amado padre mío, dice Colombia : tu nombre i tu 
historia vivirán mientras el sol ilumine la América sobre la 
haz del inundo. 

— Pocos días viviré ya, exclama Bolívar, dando una mano 
á Eroclea i otra á Colombia ; i agrega, viendo fijamente á esta 
última : 

— ¡ Pobre hija mía ! — Pero si mi muerte contribuye á que 
cesen los partidos i se consolide la unión yo bajaré tranquilo 
al sepulcro. 

Siete días pasan sin alivio para el augusto enfermo : 
los cuidados de un afectuoso médico apenas calman los do- 
lores i los fatales síntomas. 

Al amanecer el diez i siete de diciembre toda esperanza 



bolívar 185 

de vida se ha desvanecido : la respiración anhelosa, el pulso 
apenas sensible á la presión del dedo del facultativo, el hipo 
tenaz, la fisonomía singular del moribundo, todo anuncia que 
aquella lastimosa escena va á terminar en pocos instantes. 

A la una del día exhala el Libertador el último aliento 
de su vida. Rodean su lecho, silenciosos, llenos de lá- 
grimas los ojos, además del médico Reverand, los generales 
Mariano Montilla, José María Carreño i Laurencio Silva i los 
coroneles Belford Wilsou, José de la Cruz Paredes. Joaquín 
de Mier i Juan Glen. 

Al morir Bolívar, se hace v-isible sobre un sillón al lado 
del lecho, el cuerpo inanimado de Colombia. Eroclea, Sofía 
i Eleutera se hacen también visibles con asombro de los que 
allí están. 

— ¿Quién es esa preciosa dama que aparece muerta al 
lado del Libertador? pregunta Montilla. 

— Es la hija de Bolívar i la Gloria, contesta Sofía. 

— ¿Su nombre? 

— Colombia. 

Corren entonces todos los oficiales al patio interior de la 
casa, atraídos por voces que desde allá llaman á gritos á 
contemplar una estupenda maravilla. 

El cielo obscurecido como por próxima i gran borrasca, 
señala un punto de intensa luz. Pueblan el espacio las al- 
mas de los héroes i mártires en la guerra por la indepen- 
dencia, luminosas, visibles á los ojos humanos, en las formas 
que afectaron sus cuerpos cuando vivieron sobre la Tierra. 
Hacia el punto donde la gran luz resplandece, vuelan cinco 
águilas gigantescas que tiran de una carroza romana en que 
va sentado Bolívar con Washington á su derecha i Colombia á su 
izquierda. Detrás siguen á un lado, José María España i las vícti- 
mas de Caracas en mil setecientos noventa i nueve ; i al otro 
las víctimas de Quito en mil ochocientos nueve — Dos ma- 
gestuosas figuras se ven después : Miranda i Nariño. Ensan- 
grentados siguen Bernardo Bermúdez i Giraldot ; i como em- 
jambre luminoso, Aldao i sus mil compañeros. Juntos van 



I 86 ETAPA SÉPTIMA 

Rivas Dáviíá, Campo Elias i Villapol, gallardos en sus portes ; 
i, envuelto en obscura nube, donde brilla la roja luz de en- 
cendido leño, que sujeta su diestra, sigue Ricaurte de faz 
sonreída i gloriosa. Después Muñoz-Tébar, Meudiri, Jalón, 
García de Sena i las víctimas por la Patria en el sitio dos 
veces nefando de La Puerta. — En dilatado escuadrón que mar- 
cha en inmenso semicírculo, los millares de venezolanos in- 
molados en las batallas de Barcelona i Maturín ; i Freites 
en medio de los que fueron víctimas en la Casa Fuerte ; i 
majestuoso, Rivas, el terror de los tiranos. Después siguen 
los muertos en San Félix guiados por Chipia i por Laudaeta. 
Allí van Díaz i los heroicos marinos muertos en todos los 
combates, con los elegantes trajes que lucieron á bordo de 
sus célebres buques : i acá, agrupadas, las víctimas heroicas 
de la isla de Margarita. — Hacia este lado, Genaro Vásquez 
i los muertos en Semen i Ortiz ; i después Salcedo, Galindo, 
Prado i los muertos en el Rincón de los Toros. — Hacia aquel 
otro lado se contempla á la bella Policarpa, al sabio Caldas i 
álos patriotas sacrificados en los patíbulos. — Después Zea i 
Roscio. — Arrogante grupo aquel de los llaneros muertos en 
los combates apúrenos ; dolorido aquel otro de los que pe- 
recieron en la terrible marcha de Mantecal á Socha. — Siguen 
después, radiantes, Anzoátegui, Rondón i los muertos en Ga- 
meza, Vargas i Boyacá ; Cedeño, Plaza i los muertos por la 
Patria en el campo de Carabobo ; Pedro León Torres i los 
que sucumbieron denodados en Bombona ; Sucre, después, 
descollando en medio de aquellos que rindieron heroicos la 
vida en Pichincha, en Junín i en Ayacucho. 

América ha llevado dos héroes magníficos al panteón de 
la Historia : Washington i Bolívar. Al penetrar ellos al 
glorioso templo todos los antiguos héroes de Asia i Europa 
hasta Alejandro, César i Napoleón, han palidecido. 

Mientras los circunstantes extáticos contemplan aquella- 
apoteosis divina, aquella marcha solemne i triunfal de las 
almas de los héroes al cielo de la inmortalidad, las tres nin- 
fas, después de besar amorosas la yerta frente de Bolívar, 
cargan el rígido cuerpo de la bella hija de Etoclea, llévaulo 
fuera de la casa al inmediato campo i lo colocan allí sobre el 



bolívar 187 

lomo de inmenso cóndor que ha bajado de las alturas. 
Lleva el ave en su cuello; grueso anillo de oro, de donde 
parten cinco cintas, cada una de un color de los más vivos 
del iris, i cuyos extremos son llevados por cinco amazonas. 
Reluciente casco griego de acero cubre sus hermosas cabe- 
zas ; i sus pechos, bruñido peto del mismo metal, que lleva 
cada uno grabado un nombre. El que ostenta la del medio 
dice : Boyacd ; el de las demás : uno, Carabobo ; otro, Pichin- 
cha ; otro, Ju?iín ; otro, Ayacucho. 

Cóndor, amazonas i ninfas se levantan al mismo tiempo 
de la superficie del suelo, lijeras, como el humo que ascien- 
de á las nubes. 

De Santa Marta, la fúnebre aérea procesión se dirige 
al sur, i por mucho tiempo contempla bajo sus pies serpen- 
teando el majestuoso Magdalena. Cuando llega sobre el fa- 
moso campo de Boyacá, una lluvia de rosas cae de las ma- 
nos de las tres ninfas i de las cinco amazonas. Desde allí 
retroceden hasta pasar por sobre la ciudad de Pamplona, i 
luego doblan al -este, i van, por encima de la gran selva 
donde nacen el Nula i el Sarare, á volar sobre los llanos 
del Apure. Siguen después el curso del gran río Orinoco 
hasta Angostura, donde descienden al llano que comienza al 
sur de la histórica ciudad. Del lomo de la noble ave reco- 
jen las tres ninfas el yerto i precioso cuerpo de Colombia, 
i lo depositan sobre el campo. Cúbrenlo luego completamen- 
te : Sofía con ramas de laurel ; Eroclea, de mirtos ; Eleutera, 
de palmas. Las cinco hercúleas amazonas comienzan enton- 
ces una tarea de cíclopes : van i vienen trayendo sobre los 
hombros inmensas moles de granito que colocan en torno al 
cubierto cadáver, hasta formar sobre él una sólida cúpula, 
que siguen luego engrosando por todos lados i por encima 
con grandes rocas de la misma clase. Al cabo de algunas 
horas han levantado allí una colina, túmulo glorioso, que cu- 
bre i guarda los amados restos. 

Lanza el cóndor grito lastimero i agudísimo i se remonta 
hasta perderse en las nubes. Ninfas i amazonas desaparecen 
en un instante. Silenciosa i desierta queda la pirámide de 



i88 



ETAPA SÉPTIMA 



ennegrecido granito ; i sólo una linda mariposa de brillantes 
colores, vuela vagarosa por entre 1as grietas de aquellos aglo- 
merados i duros peñascos. 








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